De Yoan Capote
De Yoan Capote
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De Cinthia Marcelle.
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Alain de Botton publicó recientemente un ensayo sobre los usos de la religión, una guía para ateos de los beneficios de la fe. El libro fue criticado severamente por Terry Eagleton como un proyecto impúdico de manipular las ideas de los otros en beneficio del orden. En congruencia con su tesis de que la religión puede enseñarle mucho a los incrédulos, de Botton, propone templos para ateos. ¿Por qué habrían de pertenecer a los religiosos los edificios más hermosos? Todo valor, sugiere el ensayista, merece un templo. El primero será un templo a la perspectiva. Una columna que representará la edad de la tierra. Cada centímetro equivaldrá a un millón de años. En la base de la estructura de 46 metros, un milímetro de oro representando la presencia del hombre en su planeta.
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En la edición de Vanity Fair que circula ahora, la que lleva fecha de febrero de 2012, puede encontrarse un artículo interesante firmado por David Kamp sobre el mundo de Lucian Freud. El ensayo retrata a un pintor que insistía no competir con su arte. El artista, decía, sólo debe aparecer en su obra, como Dios es visible sólo por la naturaleza. Es difícil tomarle la palabra. Freud no fue solamente un artista, fue un personaje, un hechicero, una fuerza magnética.
El crítico australiano Sebastian Smeee, un escritor que pertenecía al círculo de amistades de Freud, nunca dejó de sentir miedo al estar a solas con él. Había afecto pero nunca desapareció el temor a ser subyugado por sus ojos. Estar con él, dice, era sentir la carga de un vivo riesgo emocional. El peligro de caer de su gracia y ser expulsado de su reino. No es que fuera grosero o agresivo. De hecho, solía ser amable y afectuoso, pero la severidad de su mirada parecía darle un poder infinito. Un poder al mismo tiempo atractivo y repelente; seductor y abominable. La leyenda de Freud tiene un territorio: el estudio donde sentaba a sus modelos para ser examinados durante larguísimas horas, largas semanas, muchos meses.
David Hockney posó para él. La experiencia le resultó fascinante. Le sorprendió la lentitud del retratista. Lo pintó en un lienzo pequeño, pero tardó más de 120 horas en terminar el cuadro. Freud se tomaba su tiempo y hablaba. Durante todo ese tiempo, hablaron de todo, de sus vidas, de amigos comunes, de chismes. Le importaba que su modelo hablara para registrar los movimientos de su cara, capturar la expresión, la vida. Los ojos del pintor no se quedaban en su órbita, taladraban al modelo. Su mirada te atravesaba, dice Hockney. “Podías darte cuenta de que estaba trabajando en una parte de tu cara, en el cachete izquierdo u en otra parte porque sus ojos se clavaban en esa zona y te perforaban.”
Martin Gayford publicó un ensayo sobre la experiencia. La recuerda como una visita al dentista—pero mucho más intensa. Freud pintaba discutiendo consigo mismo. Murmuraba la riña de sus trazos: el retrato era el rastro de una batalla. Fricción de las facciones; las muchas expresiones de un rostro combatiendo entre el pincel y la tela. Cuando se concentraba, recuerda Gayford, se daba instrucciones a sí mismo: “Así” “No, no, no lo creo.” “Un poco más de amarillo” “Menos café.” Un proceso vigorosamente deliberativo, concluye.
Alexi Williams-Wynn, una estudiante de escultura, le envió en 2004 una carta de admiración. Freud le respondió de inmediato invitándola a tomarse un té. Posó luego para él y se volvieron amantes. Hay un retrato extraordinario que la pinta sentada desnuda, abrazando la pierna del viejo pintor en el estudio. El cuadro enmarcó el amor. Fueron amantes el tiempo que Freud tardó en pintar el cuadro. Cuando terminó el cuadro se acabó la relación. El egoísmo, entendió ella, es necesario para el arte verdadero. Jeremy King, un crítico que también posó para él, coincide. Freud me enseñó que el egoísmo es honestidad: “éste soy. Esto es lo que me gusta hacer. Si lo aceptas puedes entrar en mi vida pero no trates de convertirme en lo que no soy.”
El imperio de su egoísmo subordinó todo a la pintura. Sus catorce hijos sufrieron su distancia, su desapego. La única forma de no odiarlo era entenderlo y sólo lo entendieron, sólo lo conocieron y algunos lo llegaron a querer al posar para él.
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Se anuncia la publicación de un libro póstumo de Tony Judt. Pensando el siglo XX, se titula. Cuando al historiador le diagnosticaron la terrible enfermedad que finalmente terminó con su vida, pensaba escribir una historia intelectual del siglo pasado. Al ir perdiendo la capacidad de teclear decidió redactarlo a través de una conversación con Timothy Snyder. De acuerdo a una nota en The Spectator, el libro tiene dos partes: la primera analiza las ideas, dedicando especial atención al debate en la izquierda y la segunda examina el sitio del intelectual en el debate público y promueve el proyecto socialdemócrata.
Amazon anuncia que el libro estará disponible el 2 de febrero.
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Confieso que vi el debate de los precandidatos panistas a la presidencia de la república. Sé que los minutos que dediqué a ver sus discursos hablan muy mal de mí. Tantas cosas que podía haber hecho, y yo con la computadora prendida viendo sonrisas tiesas, palabras gastadas y promesas. Concursos de lealtad, incompetencia vuelta orgullo, la vacuidad congelada en mueca. Tal vez escribo este artículo para no sentirme tan culpable de haber perdido sesenta minutos de mi vida.
El PAN fue un lujo de la vida política mexicana. No lo digo por sus ideas, sino por sus prácticas. Entre dos versiones del monólogo, el partido de la derecha mexicana discutía: discutía con el régimen, discutía con la alternativa de izquierda y, sobre todo, discutía consigo mismo. En el PAN había desacuerdos que se ventilaban. La penosa vida parlamentaria mexicana encontraba en la representación panista un manojo de voces que apostaba tercamente al argumento. Si un partido se empeñó en alimentar al Congreso con debates, fue el PAN. Lo hizo con algunos polemistas notables que se formaron resistiendo a una aplanadora. Una profunda tristeza deben haber sentido los panistas de antes al ver el encuentro de sus opciones para el 2012: ninguna de sus cartas para la elección presidencial encarna esa tradición parlamentaria que aún representa Felipe Calderón. Santiago Creel apela a su experiencia como si ésta fuera una carta de recomendación. Ernesto Cordero es un tecnócrata que, como tal, no recurre a la razón sino al argumento de autoridad y, sobre todo, a la cercanía con el Señorpresidente. Josefina Vázquez Mota sonríe.
Los panistas presentaban el encuentro como si fuera un debate pero no hubo nada que se acercara a la polémica. Cada uno caminando en su carril, sin voltear a ver al vecino. Ernesto Cordero intentó polemizar pero es obvio que carece de recursos para la esgrima intelectual. El actuario quiso cuestionar a la puntera pero no tiene idea de cómo hacerlo. Josefina Vázquez Mota, tan diestra para la polémica como Enrique Peña Nieto, escuchó la crítica de su adversario y siguió con su discurso sin cambiar de sonrisa. Es una desgracia para México que el partido de mayor tradición parlamentaria haya encallado de esa forma. El PAN terminó por reproducir la política cortesana del PRI y adoptar la futilidad de los pasquines de autoayuda. Escribo no solamente para quejarme de la peor hora de mi semana sino para registrar, por una parte, la debacle intelectual del PAN y por otra, la ausencia de una cultura de la polémica en el país.
El fastidioso espectáculo panista es, con todo, más de lo que sus adversarios pudieron hacer. El PAN será el único partido capaz de organizar una elección para definir a su candidato presidencial. Puedo quejarme del “debate” panista porque ellos, por lo menos, lo simularon. Los otros ni siquiera se arriesgaron a la ficción. El PRI reunió al par que buscaba la presidencia con el objetivo de demostrar Unidad. Los candidatos del PRD se habían comprometido a debatir para precisar sus diferencias pero finalmente decidieron no hacerlo. Creyeron que era peligroso. En eso parece que existe una coincidencia nacional: el debate es visto como una sustancia peligrosa: un material inflamable que puede ser muy difícil de apagar.
La aversión a la polémica no es, desde luego, un vicio exclusivo de la clase política. El repudio es nacional. Es infrecuente entre nosotros que el desacuerdo sea un juego de inteligencia, de razón y, por supuesto, de humor. Una partida que acepta y anticipa la jugada del otro, es decir, que reconoce su derecho a la réplica. Un juego que entiende que la discrepancia implica rivalidad pero no es una declaración de guerra. Discutir parece actividad de mal gusto, una agresión, una insolencia. Debatir es arruinar la fiesta de lugares comunes, vaguedades, evasivas y demás tributos a la falsa fraternidad. La aversión a la polémica nos lleva, así, de la etiqueta más barroca a la riña más pedestre. Complejísimas ceremonias para acolchonar la diferencia e improperios repetidos con imaginación de matraca. Vamos del abrazo al escupitajo. La saludable moderación de Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, no logró ubicarse el territorio de la razón polémica para instalarse en un espacio beatífico. De la política pendenciera a la prédica amorosa sin atravesar el espacio de la polémica democrática.
La polémica es la tierra baldía de México. Cosío Villegas pedía que la vida pública fuera, en verdad, pública. Yo quisiera que el debate público fuera, en verdad, debate.
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Havel regresando en 1990 a la celda donde estuvo preso. Fotografía de Tomki Němec en NYRB
Paul Wilson, quien tradujo prácticamente toda la obra de Vaclav Havel al inglés, estuvo en la república checa cuando murió el viejo disidente para percatarse del dolor público que causó su muerte. En un artículo en el New York Review of Books hace la crónica de los funerales y repasa la vida del dramaturgo que alcanzó la presidencia de su país. Wilson comenta el discurso que en su honor pronunció, Vaclav Klaus, su enemigo histórico: un texto correcto que, sin embargo deja en claro su antagonismo. El momento más conmovedor de las ceremonias, comenta Wilson, no fue el funeral de Estado sino el concierto que en su honor dio el Pueblo Plástico del Universo, el grupo del rock que Havel defendió contra el comunismo y que dio origen a la famosa Carta 77.
Dice Wilson de Havel:
Toda su vida, Havel vivió con la creencia de que si querías que algo pasara, debías hacer algo para que sucediera, independientemente de que la consecuencia fuera el arresto, la cárcel o la muerte. Hablando de los primeros tiempos del post-estalinismo, llegó a decir: "Mientras más hacíamos, más podíamos hacer, y mientras más podíamos hacer, más hacíamos." Es una buena síntesis de su actitud y, de alguna forma, de su legado. Havel estuvo empujando constantemente las fronteras de lo posible y al hacerlo, fue capaz de crear espacio para que otros lo siguieran."
Publicado el 10:51 a.m. en Havel | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Charles Simic publica otra postal de sus recuerdos para hablar del cine. Al poeta le parece extraño que los escritores hablen tan poco de las películas que vieron de niños si en el cine encontraron el mundo. En una sala de cine conocimos Nueva York y París, la guerra, el box. Por el cine bailamos como Fred Astaire y escapamos de orfanatos, fumamos opio y derrotamos a Napoleón. Simic recuerda el momento en que vio Ladrón de bicicletas:
El día que vi Ladrón de bicicletas me convertí en un esteta sin darme cuenta. Estaba más preocupado con la forma en que se hacía una película que con los giros de su argumento. De repente, me fascinó la manera en que la cámara se movía o la forma en que se cortaba una escena o el marco que envolvía cierta imagen. Podría estar horas tumbado en la cama repasando una escena una y otra vez, recreándola para hacerla más misteriosa, más erótica y, desde luego, más poética. Lo disfrutaba inmensamente. No me extraña que mis amigos empezaran a pensar que yo era un poco raro en cosas de cine. Tendría doce años, no tenía idea de nada pero ya tenía una cineteca en la cabeza (...) suficientemente grande como para entretenerme y enriquecerme la vida, cuando me despertaba en la noche.
Publicado el 12:15 p.m. en Cine, Simic | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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La democracia, dice Pierre Rosanvallon, descansa en una paradoja: exalta al pueblo pero repudia la palabra que deriva de él: populismo. "Del fundamento positivo de la vida democrática se deriva un término negativo. Se execra el populismo en tanto que se exalta el principio de la soberanía del pueblo. ¿Qué encubre sospechosamente esta paradoja?" El discípulo de Furet y de Lefort examina esa paradoja en un artículo interesante que David Pantoja ha traducido para Este país. La democracia es un mirador extraordinario para comprender la democracia. El populismo es una respuesta a las preguntas que la democracia plantea. De ahí su vigencia: "¿acaso el siglo xxi no está en vías de convertirse en la era de los populismos, como el siglo xx fue la de los totalitarismos?"
Para Rosanvallon, el populismo depende de tres simplificaciones:
Frente a estas simplificaciones, hay que abrazar la complejidad.
Publicado el 12:22 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Publicado el 01:46 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
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Josep Ramoneda publica hoy un artículo en El país recuperando las ideas de Claude Lefort. El voto se ha extendido en el mundo pero no ha cultivado la democracia: un régimen de incertidumbre en igualdad. Concluye Ramoneda:
Poco antes de morir, Claude Lefort decía: "Se puede temer un poder que adormece a la sociedad, un poder que no consulta y que reforma sin que haya movilización de los interesados. Se puede temer una sociedad que se deja modelar por una autoridad, lo que antes era impensable". Ya estamos en lo que Lefort temía, es el camino hacia el totalitarismo de la indiferencia.
Otras notas sobre Lefort en el blog...
Publicado el 10:14 a.m. en Lefort | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Podría pensarse que las imágenes que vimos no tienen ninguna relevancia social. Un hombre furioso pierde el control y descarga su ira contra otro. Agrede con las palabras más hirientes, insulta y golpea a una persona que no se atreve a defenderse. Sus compañeros, sintiéndose en condición de desventaja, contemplan la agresión sin hacer nada. Nadie confronta al pendenciero. Desde luego, en todas partes hay violentos que se encienden con cualquier desventura, por pequeña que sea. Si les sirven el café frío o demasiado caliente, le avientan la taza al que tienen en frente. En cualquier lugar puede aparecer el tipo que golpea a quien lo contradice o que insulta a quien lo mira. Es cierto: de un loco no podemos extraer lecciones de sociología. Pero, ¿no hay algo más que una patología personal en la breve cinta que se difundió recientemente? ¿Podría capturar algo más que una simple perturbación individual? ¿Dice algo de nosotros? Creo que sí.
Vivimos en una sociedad de la humillación. Humillación cotidiana, socialmente avalada, tan patente como invisible. El hombre acaudalado no ocupa entre nosotros simplemente una posición ventajosa para adquirir cosas, para darse lujos, para viajar, para disfrutar de su tiempo. El potentado se siente en una categoría superior que le asigna el derecho de tratar al otro como su vasallo, su esclavo, su trapo. La ventaja económica se convierte en un permiso para el atropello. El agresor capturado por la cámara está convencido de que los otros viven para servirle: existen para él y los suyos, no tienen más propósito que complacer sus caprichos. Cualquier reparo es la insubordinación inaceptable de un infrahumano. Lo más notable del video, lo más perturbador de la cinta que se conoció esta semana es la reacción de quienes contemplan el atropello. No hacen nada. No defienden al agredido, no contienen al agresor. Miran la escena y se alejan del rabioso. Con su respuesta parece que consienten de algún modo el atropello: lo padecen silenciosamente, resignados a una especie de régimen imbatible. Eso es lo que a mi juicio insinúa el video: se ha establecido entre nosotros un régimen de humillación que convierte en normal el atropello del rico, el insulto del acaudalado, el maltrato de quien tiene más. Uno ejerce el derecho a vejar, los otros tienen el deber de aguantar la descarga de odio, de desprecio.
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El New York Times comenta la aparición de Los hambrientos ojos de Penélope, un libro de Abe Frajndlich en el que recoge las fotografías que, a lo largo de dos décadas, ha tomado de grandes fotógrafos. Aquí puede verse su retrato de Koudelka:
Publicado el 09:07 a.m. en Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Roger Bartra escribe sobre el regreso del PRI. La alternancia ha provocado un cambio sustancial en ese partido, sostiene: convirtió la agencia gubernamental en un partido auténtico. El PRI se refugió en los estados donde gozó de un inmenso poder y siguió ejerciendo la arbitrariedad. El viejo partido aprovechó, sobre todo, que la atmósfera cultural no cambió. Se modificaron las reglas de la política y la dinámica de interacción entre poderes pero el aire fue el mismo.
Estamos ante una muy precaria y fragmentada cultura democrática. No se ha expandido impetuosamente una nueva civilidad que obligue a los partidos políticos a adoptar un comportamiento tolerante y responsable. No se ha desarrollado con suficiente vigor una cultura de la dignidad ni un orgullo democrático. En contraste, nos oprime todavía el enorme peso de la vieja cultura política autoritaria, que se halla profundamente inscrita en la sociedad mexicana. Es la rancia cultura priista que, aunque ha retrocedido en muchos ámbitos, se ha extendido fuera del partido que la alimenta y ha invadido al PAN, al PRD y a las élites políticas.
Bartra niega que el regreso del PRI pudiera significar la restauración completa del antiguo régimen pero se pregunta si su auge no refleja el síndrome de abstinencia de una sociedad que requiere una vieja droga para mantenerse tranquila.
Publicado el 01:33 p.m. en Roger Bartra | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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Steven Pinker, el autor de Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, escribe sobre el teórico de nuestros peores demonios. En un programa de la BBC se acerta a la vida de Thomas Hobbes. Aquí puede escucharse el podcast.
Publicado el 11:43 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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El museo Guggenheim ha trepado a la red 65 catálogos de sus exposiciones históricas. Por ahí se puede uno asomar a la obra de Alexander Calder, Edvard Munch, Francis Bacon, Gustav Klimt & Egon Schiele, y Kandinsky.
Publicado el 08:12 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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