A la luz de los libros
George Steiner comienza su reflexión sobre el lector infrecuente describiendo el retrato de la lectura que pintara Chardin en 1734. Un hombre vestido solemnemente se sumerge en un libro. En su descripción del lienzo, Steiner resalta la ceremonia de leer. Un lector, un libro inmenso, el visible silencio, un reloj que computa dos tiempos: el vuelo fugaz de la vida, la permanencia sólida del papel impreso. Si este óleo captura la visión clásica de la lectura, ¿qué pasa en nuestros días? El libro mismo ha cambiado. No es ya el sedentario tablón de la biblioteca, sino un objeto ligero, portátil que frecuentemente cabe en el bolsillo. Hay quienes apuestan a la desaparición de esta pieza maestra de la tecnología. El magnate de amazon, que hace unas semanas lanzó al mercado una especie de ipod de lectura, se adelantaba para tachar al libro como el último reducto de lo analógico.
Fernando Escalante, en su admirable ensayo A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, (El Colegio de México, 2007) sigue la pista de aquella interrogante: ¿qué significa la lectura en nuestro tiempo? Por supuesto, no se une a los apresurados que lloran a la anunciada muerte del libro. Tampoco canta a los dones curativos del libro. Sabe muy bien que leer no nos hace buenos, ni resulta particularmente útil. Lo que Escalante explora es la atmósfera que envuelve ese objeto hecho de papel y tinta, el medio que rodea la traducción de sus símbolos, las conversaciones que desata. En pocos años ese aire y ese acto se han transformado radicalmente en todo el mundo. Tal vez no nos hemos percatado, pero en las décadas recientes hemos vivido un extraordinario sacudimiento en la ecología del libro, una conmoción que está alterando severamente nuestro espacio público.
Ese terremoto silencioso ha tocado las raíces de una cultura. La concentración económica de las grandes editoriales sofoca los esfuerzos de las casas independientes. Los pulpos mediáticos convierten en telenovela todo lo que tocan. La cultura del espectáculo se impone, estimulando una ‘literatura industrial’ en donde saber escribir es irrelevante para poder publicar. Las librerías se desfondan para desplegar la exuberante producción de novedades que deben dejar espacio pronto para las nuevas novedades. La crítica, los premios, las ferias se vuelven instrumentos de la publicidad. No es casualidad que del autor no se revele nada en las ropas del libro. Nada, más que las diez sílabas de su nombre. Ni una fotografía con la mano en el mentón, ni un listado de sus diplomas académicos ni la cronología detallada de sus estancias en universidades prestigiosas. El libro de Escalante no necesita muletas: caminando encuentra sus lectores.
Fernando Escalante dice ser ajeno a los lamentos de la decadencia porque sabe bien que estos quejidos nostálgicos descansan en el invento de un inverosímil tiempo dorado. No estoy seguro de que su ensayo se ajuste a su propósito. La sombra de los libros de la que habla es contraste con su resplandor antiguo, aquel momento anterior al monopolio, anterior al espectáculo y a la corruptora fama. Su libro es una inteligente y apacible añoranza, pero añoranza al fin. Difícilmente podría haberse liberado de este signo un libro tan cálidamente cobijado por el genio de Flaubert.
Pero a la vez que el ensayo de Escalante muestra las muchas sombras del libro, pondera, sobre todo, su luz. No es la luminosidad que nos liberará por fin de la superstición y la ignorancia, sino una luz más suave, mejor templada, más afectuosa. Es la luz que proviene de la conversación que vive en cada libro, la luz que cada libro despierta. Es la luz de una civilización o, lo que es lo mismo, de la amistad.
También han escrito sobre el libro Claudio Lomnitz, Christopher Domínguez, Rafael Segovia.




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