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Aparecen hoy dos artículos de título casi idéntico. El primero es suscrito por Francisco J. Laporta, filósofo del derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y lleva por cabeza "El precio de los derechos." El segundo lo firma el Presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos con el título "¿Cuánto cuestan los derechos humanos?"
La reflexión de Laporta recoge el argumento de Stephen Holmes y Cass Sustein en un muy buen libro que publicaron hace unos años (The Costs of Rights. Why liberty depends on Taxes) donde desarrollan la obviedad hobbesiana de que los derechos cuestan. No se puede ser liberal, sin admitir la relevancia del Estado como garante de los derechos y, por lo tanto, sin valorar la fiscalidad. "Una retórica malsana y tosca ha impuesto entre la gente el lugar común de la "voracidad recaudatoria" de "los políticos". Un no menos tosco y simplista latiguillo se está imponiendo en el discurso electoral: que bajar los impuestos aumenta la libertad, incrementa la riqueza, o incluso que "es de izquierdas". A ver si conseguimos de una buena vez alcanzar un nivel digno en la discusión de estos temas cruciales. Para ello los electores no han de ser tratados como estúpidos ni los políticos como pícaros irredimibles. Dejemos semejante discurso para la demagogia y la información mercenaria y pongámonos a hablar en serio de nuestros impuestos, es decir, de nuestros derechos."
El segundo artículo es una defensa burocrática de la gestión del señor Soberanes: "Durante 2007 (la CNDH) desahogó 5 mil 244 quejas por presuntas violaciones a los derechos humanos; además brindó 39 mil servicios de atención al público en el Distrito Federal; y a otros 6 mil fuera de la capital." Ah.
Si el ensayo es el género de la cordialidad, Alfonso Reyes sigue siendo nuestro máximo ensayista. En sus paseos se encuentra esa hospitalidad que es el sello de la identidad ensayística. Sus artículos no dictan cátedra, no sermonean, tampoco riñen. Ofrendas de amistad. El conversador continúa la palabra de otros, acompaña, ayuda. Para el temperamento literario, escribió en algún lado, escribir es respirar. No es respiración por ser simple espontaneidad fisiológica, sino por ser un lavado del ánimo: la combustión de los rencores, transformación de la inquina venenosa en oxigenada divergencia.
El ensayo es el hijo caprichoso de una cultura abierta, dijo Reyes al describirlo memorablemente como “el centauro de los géneros.” Mestizaje del arte y la ciencia, en el ensayo hay de todo y cabe todo. Caben todos, agregaría. Si Montaigne abrió el espejo de sus cuadernos para que cupieran todos los Montaignes que él era, la prosa de Reyes es la calle por la que puede caminar todo mundo. Cuando el regiomontano ingresa al terreno de la polémica no incurre en la burla ni le tienta la posibilidad de descuartizar al otro con un párrafo intransigente. Por el contrario, rehuye el imán de simplificación y rechaza las incitaciones de los extremos. La honestidad del escritor le impide pensar como si las cosas tuvieran solamente una cara.
Los académicos insisten en verlo en falta: no aparece su obra cumbre, no publicó ese libro indispensable, no aportó el texto canónico. No era el especialista nutrido en las fuentes originales, no hablaba griego, escribía de oídas. Absurdas críticas para el ensayista. Lo importante de la prosa de Reyes es la carretilla, no el bulto de los ladrillos que transporta, ha respondido bien Gabriel Zaid: “Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar lo que quiere decir, antes de saberlo.”
Ya se ha dicho que la obra de Reyes ha encontrado enemigo en sus obras completas, kilos de papel tapiado. A su rescate ha venido una legión de antologías que dan muestra de su genio. La más reciente es la colección Capilla Alfonsina editada por el Fondo de Cultura y coordinada por Carlos Fuentes. Libritos que recogen el arco de sus curiosidades y pasiones. Hasta el momento han aparecido tres volúmenes: México, con un estupendo prólogo de Carlos Monsiváis, América, introducido por David Brading y Teoría literaria, comentado por Julio Ortega. Las tres pequeñas compilaciones rescatan la vivacidad de una pluma crucial de nuestro siglo XX. En su liviandad, cada libro acentúa el aire y la claridad de una escritura que no debe sepultarse en un mausoleo de pasta dura.
El ensayo de Reyes expresa una victoria sobre el odio. Un hombre que se recuerda mutilado tras el sacrificio de su padre (“una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”) se reconstituye a través de una escritura sin rabia ni codicia. Su ensayo puede leerse como el mejor contraveneno del odio que insisten en inyectarnos. No lo redacta ninguna manía, ninguna pose ostentosa, ninguna misión vengadora, ninguna cruzada de iluminado. No escribe contra otros: conversa con muchos. Su obra es una apuesta por la convivencia en un país desgarrado por la barbarie. “Tomar partido es lo peor que podemos hacer,” escribe en su “Discurso por Virgilio.” La discordia es el error.
Cioran escribió que el drama de Alemania era no haber tenido un Montaigne. El nuestro es mayor: lo tuvimos y no lo leemos.
Instalación de Michelangelo Pistoletto
Rafael Rojas reflexiona sobre el cambio en Cuba. La sucesión no implica transición, aunque el relevo pueda desencadenar un cambio de régimen. No parece probable las mejoras gerenciales que busca Raúl Castro, descrito extrañamente como "tecnócrata de nueva estirpe," sean suficientes para contener el malestar. Sea como sea, lo notable y lo promisorio ha sido el curso institucional que se ha seguido.
Para un país como Cuba, sometido durante medio siglo a la voluntad de una persona, ese cambio, por muy limitado que sea, es importante. Cuba comienza a ser gobernada por instituciones -el protagonismo de la Asamblea Nacional continuará reforzándose en los próximos meses- y la intervención de la clase política insular en la toma de decisiones es cada vez mayor. Quienes desean una transición a la democracia deberán aspirar a que las instituciones del régimen se abran al reconocimiento de la oposición y el exilio y a la comunicación con el verdadero malestar de la ciudadanía. Cuando ese contacto se produzca, dichas instituciones aprenderán a tolerar que la sociedad civil las rebase y a coexistir con nuevas asociaciones políticas, en condiciones de libertad. Sólo entonces nos acercaremos al fin del Estado socialista en la historia contemporánea de Cuba.
Héctor Aguilar Camín pregunta: "¿para qué querían los panistas el poder? ¿Para qué lo quieren, aparte de para negociarlo mal con quienes lo han perdido?"
Héctor Castillo Juárez me envía un mensaje y un artículo en relación al panzón y el internado
Fui miembro de Alternativa, partido que propusiera la iniciativa de ley para regular los espacios donde fumar. En esta ocasión temo disentir de su opinión relativa a fumar en los bares. El argumento está en sus propias líneas. Hacerlo afecta a terceros. En este caso los terceros no son la clientela, ya que ellos (sólo adultos) deciden acudir a un lugar donde pueden fumar pasivamente. En este caso, los terceros afectados son los empleados que no tienen opción. Estará de acuerdo que en México no es fácil conservar un empleo. En relación al tema le anexo un texto que escribí como respuesta a un desplegado firmado mayoritariamente por intelectuales tabaco dependientes.
Un curioso relato recuerda el semestre en que Barack Obama tomó un curso con Roberto Mangabeira Unger, filósofo del derecho, cabeza de los Critical Legal Studies y hoy flamante ministro de ideas de Lula. El profesor de Harvard daba una clase sobre la reinvención de la democracia. El autor de la nota fue compañero del candidato y recuerda el conato de una rebelión. El defensor de una democracia radical era tachado como profesor autoritario y prepotente. Tras un motín fugaz, el maestro se defendió; luego habló Obama. Fue brillante. ¿Qué dijo? El cronista no se acuerda.
Anthony Giddens, uno de los sociólogos más influyente en el mundo, ha puesto el ojo desde hace mucho tiempo en las complejas conexiones entre el poder y la intimidad. El tiempo de la modernidad ha transfigurado la vida personal, la familia, los patrones de consumo, el uso del ocio. Los problemas que enfrentamos hoy sugieren una transformación importante en la acción del gobierno. Antes el Estado—Giddens habla del Estado de bienestar—se podía considerar como un artefacto reparatorio: los problemas sociales son resueltos o, por lo menos, atendidos por el poder público. Si alguien se enferma, el Estado provee la atención del doctor y la medicina; si un padre no puede pagar la educación de su hijo, el Estado ofrece la escuela y el libro gratis. Hoy parece que esa función correctiva resulta insuficiente. El Estado debe actuar antes de que el problema estalle. Necesitamos cambiar nuestra forma de vivir, de comer, de consumir, de viajar. En un artículo publicado recientemente por El país, “Cambiar el estilo de vida,” el sociólogo inglés apunta que los problemas que enfrentamos hoy serán imposibles de ser resueltos si los agentes políticos no logran convencer a la sociedad de que viva de manera distinta. No se trata simplemente de que cumpla la ley. Se requiere estimular nuevas formas de vida y convivencia.
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Penultimosdias.com pide colaboración para recoger las 10 mayores estupideces que se han escrito sobre Fidel Castro en fechas recientes. Una advertencia pertinente: no se admiten declaraciones de Ramonet.
La prensa está llena de artículos sobre el anuncio del comandante. Entre la carretada de textos, valdría detenerse en este apunte de Eliseo Alberto sobre un largo entierro, la idea de Jorge G Castañeda de que una tercera vía es posible y esta ensalada de opiniones recogida por penultimosdias.com
El comandante suelta la jefatura pero anuncia que, como "soldado de las ideas," seguirá siendo colaborador de La jornada. Para descifrar las implicaciones del mensaje y las reacciones que provoque el anuncio habrá que estar pegado a penúltimos días, el blog que escribe la novela cubana en tiempo real.
a un blog interesantísimo del Washington Post. Amar C. Bakshi ha viajado por el mundo con una pregunta ¿cómo ve el mundo a los Estados Unidos? Su blog recupera respuestas pescadas en Caracas, Seúl, Estambul, Calcuta y México.
Ebay lleva la libertad a nuevos territorios.
¿Quién da más?
Los siniestros efectos de la simplificación han terminado por identificar el realismo con el conservadurismo. Ser realista se ha convertido en resumen de una pasiva aceptación de lo que existe. Es extraño que así haya resultado porque la tradición política realista es de muy distinta cepa y de inclinaciones abiertas revolucionarias. Adentrarse en la realidad para transfigurarla. El nombre lo sugiere: el realismo político es compromiso con la “realidad efectiva”que implica un rechazo a las ilusiones que se desentienden de los hechos incómodos. Pero no supone, en lo más mínimo, una abdicación a intervenir en ellos. La realidad que aquilata el realista es el inescapable punto de partida pero nunca es el destino. El conservador ve la realidad como un compacto mundo de hechos inalterables que el político tiene el deber de custodiar, amorosamente. El reformista reconoce que las ilusiones no cambian el mundo. Acepta que cerrar los ojos a lo desagradable no lo hace desaparecer. Pero entiende perfectamente bien la naturaleza plástica de la realidad política y sabe que la acción provoca consecuencias. La política se vuelve así fabricación de lo ideal. El ‘realismo’ del conservador parte de una abdicación: está convencido de la infecundidad del actuar político y, en consecuencia, supone que no hay más misión para el gobierno que resguardar el patrimonio heredado. El realismo reformista rechaza la visión mágica del mundo (la varita de la voluntad que reinventa el mundo) para afirmar una perspectiva propiamente política: una decisión certera rehace la realidad.
Para leerlo completo...
Alberto Manguel intenta una respuesta:
Con azoramiento, con regocijo, con gratitud, leemos de pronto en cierto párrafo, en cierta línea, la confesión de nuestros secretos más guardados, de nuestros deseos más ocultos, de nuestras intuiciones más indecibles. Allí, entre las cubiertas de ese volumen que el azar (por así llamar a ese bibliotecario sagaz y perseverante) ha puesto en nuestras manos, estamos nosotros, singularmente, retratados en letras de fuego. Clásico, best seller, volumen desconocido hallado por casualidad, olvidado compañero de infancia o amigo de un amigo que pensó que nos gustaría leerlo, el libro bueno, el buen libro, en el sentido más profundo que podemos dar al término, es aquel que es bueno para ese lector único que todos somos, en medio de otros lectores únicos que comparten nuestra misteriosa devoción.
El artículo del Economist por aquí.
Eso sugieren el impulso de los recientes triunfos de Obama, su ventaja monetaria sobre Hillary, su capacidad de arrebatarle votos en territorios que antes le eran adversos; su ventaja en el careo con McCain... Pero hay quienes ven razones para no darla por muerta. John Dickerson, Matt Yglesias y John Zogby creen que la campaña demócrata no ha terminado. ¿Será?
Por fortuna, gracias a la reforma electoral, en México no veremos parodias tan denigrantes como ésta:
que incivilmente ridiculizan videos como éste:
El último capítulo del recorrido de Simon Schama alrededor de los poderes del arte examina a Rothko. En los documentales que preparó para la BBC recoge la primera impresión que tuvo al ver los cuadros que iban a colgar de las paredes del restorán del Four Seasons. Con una narración envolvente, con precisión, profundidad y soltura cuenta en ese extraordinario documental que es The Power of Art, la historia de su búsqueda y sus hallazgos y el peso de sus angustias.
"El silencio es tan preciso," decía Rothko. Y quienes visitan su capilla oyen música. Conozco dos reacciones musicales al templo de Houston. La primera es una pieza de Morton Feldman, discípulo de John Cage. El quinto movimiento es bellísimo:
Morton Feldman – Rothko Chapel 5
La otra lectura musical de la capilla es la canción de Peter Gabriel "Catorce pinturas negras." Tras los lamentos de un instrumento armenio, la voz evoca el dolor, el sueño y el cambio.
El camino a la capilla de Rothko es una preparación para el encuentro. Hay que dejar atrás las carreteras y despojarse del coche; abandonar esa ciudad sin cuidad que es Houston y llegar al apacible barrio de Montrose donde aparecen el pasto y los árboles. Un estanque presidido por el obelisco roto de Barnett Newman acoge al visitante y lo prepara para el ingreso. El edificio originalmente pensado por Philip Johnson anticipa el templo con gravedad románica. Se ha bordado así el recogimiento para acceder al refugio meditativo.
En 1964 Rothko recibió el encargo de John y Dominique de Menil para pintar los cuadros que se instalarían en una capilla de Houston. Rothko celebró la invitación: tendría finalmente un espacio plenamente suyo para alojar sus enormes lienzos. Sus cuadros no serían ornato en un restorán ni alhaja de coleccionista. Su pintura sería la protagonista de un templo—no: su pintura sería el templo. Total control para el obsesivo artista. Dominio sobre el edificio que alojaría las pinturas (por lo cual terminaría peleado con Johnson); mando sobre las luces y la colocación de los cuadros, sobre la materia de las paredes y la textura del piso. El encargo le ofrecía algo más importante para él. En la capilla alcanzaría su deseo: abrazar al espectador, absorberlo, atraparlo. El pintor que devora al espectador. Quince años antes de emprender el proyecto de la capilla, Rothko había dicho que “un cuadro vive de la compañía, expandiéndose y estimulándose en los ojos del observador sensible. Muere de igual modo (…) Cuán a menudo debe verse perjudicado por la mirada del insensible y por la crueldad del impotente.”
Rothko vio en la capilla la culminación de su obra. Un espacio octogonal ocupado por enormes cuadros negros. Negro sobre negro, púrpuras ennegrecidos, grises quemados, negrísimos negros. Variaciones sobre la monocromía. Dispuestos en solitario o en trípticos, los lienzos son iluminados por luz tenue y silencio. El peregrinaje artístico de Rothko concluye en una tragedia. La capilla se anuncia como un templo para cualquier culto. Yo la sentí como el oratorio de un mundo sin Dios. El espacio hechiza porque esculpe el sufrimiento, la soledad o, más bien, el abandono. Si hay un santo al que se consagra esta capilla es al místico que los ateos veneramos: Blas Pascal. Una casa para el silencio, la oscuridad, las tinieblas. Éste no es el domicilio de la esperanza. La angustia por “el eterno silencio de los espacios infinitos” se vuelve carga física ante el pasmo. La tristeza que la capilla comunica es la de Pascal: el hombre es una paja perdida en el universo mientras el creador de esta miseria se esconde y calla. Absorto por la eternidad de los negros, el espectador se palpa insignificante y se abisma, como apunta el filósofo en algún párrafo, “en la infinita inmensidad de espacios que ignora y que lo ignoran.”
A diferencia del resto de sus pinturas, los cuadros de la capilla no esbozan horizonte. Las abstracciones que hicieron tan famoso a Rothko no dejaban de hacerle guiños al mundo: un ventanal, una columna, el cielo. Sí: creía que las formas acentuaban la banalización y estorbaban la expresión de nuestra tragedia. Pero en sus colores soplaba el viento, se insinuaba la vida. Aquí, en los negros de su capilla, el neoyorkino cancela cualquier evocación de fraternidades. Aquí no hay tiempo: es el helado abrazo de la nada.
Rothko no asistió a la inauguración de la capilla. Un año antes de que las obras concluyeran, se hinchó de pastillas y se cortó las venas en su departamento de Nueva York.
¿Cuál ha sido el efecto de Bill en la campaña de Hillary?
Andrew Sullivan aventura una explicación psicológica: el marido busca ayudar a su mujer y al mismo tiempo la boicotea. Otra razón, dice Sullivan, para rechazar una presidencia familiar. Habría que aprender de los Bush. Nunca hay que subestimar las rivalidades familiares.
Hillary Clinton conoce y entiende los engranajes del poder. Durante años vio su complejo movimiento desde un mirador de privilegio e intentó (sin mucho éxito, por cierto), manejar sus hilos. Se ha curtido en el pleito, padeciendo y sobreviviendo los ataques más feroces de la política norteamericana. Realista, sabe bien que el camino del poder está repleto de espinas, trampas y traiciones. Conoce los mil y un obstáculos que asaltan cualquier propósito político. Comprende los vericuetos de la gestión administrativa y puede disertar durante horas sobre los detalles más técnicos de sus propuestas. Su cerebro despliega con orden números y anécdotas; opciones internacionales y experiencias históricas. Clinton tiene ideas, esas ideas desembocan en propuestas y éstas esbozan un cuadro de acciones, calendarios, prioridades. Esa es su plataforma: sé qué hacer desde el primer día. No soy una improvisada. Represento la experiencia.
El problema es que la experiencia parece una virtud fuera de tiempo. La maestría administrativa, la destreza en el manejo de los instrumentos del poder no son particularmente atractivos en un país y, sobre todo, dentro de un partido urgidos de cambio. Cuando ese ánimo de renovación se impone en la atmósfera, la inexperiencia resulta un costo que la gente está bien dispuesta a pagar.
Para leer el artículo completo...
Se han anunciado los premios de fotoperiodismo World Press Photo de este año. Una fotografía de Tim Hetherington, publicada en Vanity Fair ganó el primer lugar. El reportaje original se puede ver aquí.
Aquí se encuentran otros reconocimientos del año. Y por acá un registro de ganadores de años pasados.
El tríptico de Francis Bacon "1974-77" se vendió en 46 millones de dólares. Aquí es gratis:
Savater aborda hoy la moda intelectual de abordarlo todo desde la biología evolutiva. De acuerdo a esta perspectiva, sólo tiene sentido el abordar asuntos éticos desde sus fundamentos biológicos o sus principios neurológicos. Responde Savater:
Aquí como en otras ocasiones, vuelve a comprobarse que el mayor peligro de las vanguardias es adelantarse tanto a su propio bando que acaban pasándose al enemigo. Porque nada contribuye tanto a reforzar la creciente marea oscurantista de quienes sostienen que sin religión no puede haber moral como descalificar cualquier reflexión ética por suponerla un subproducto inconfeso de la mentalidad religiosa. (...)
Los descubrimientos científicos de la psicología evolutiva, la neurología o la antropología nos ayudan sin lugar a dudas a mejorar nuestra comprensión de la conducta humana y su motivación, pero no pueden monopolizar ni mucho menos sustituir la reflexión propiamente ética sobre valores e ideales. Lo que cuenta hoy para nosotros al intentar responder a la pregunta "¿cómo vivir?" no es rememorar con fatalismo las estrategias evolutivas que nos ayudaron a sobrevivir en la Edad de Piedra sino precisar y potenciar aquellas otras que nos permitieron salir de ella. En dos palabras: es preciso no confundir lo racional con lo razonable. Lo racional busca conocer las cosas para saber como podemos arreglárnoslas mejor con ellas, mientras que lo razonable intenta comunicarse con los sujetos para arbitrar junto con ellos el mejor modo de convivir humanamente. Todo lo racional es científico, pero la mayor parte de lo razonable ni es ni puede serlo: no es lo mismo tratar con aquello que sólo tiene propiedades que con quienes tienen proyectos e intenciones. El discurso reflexivo de lo razonable se basa en lo estricta y científicamente racional, pero también en lo que aportan de razonable las tradiciones religiosas, poéticas, filosóficas, jurídicas, políticas, estéticas, etcétera. Sólo los bárbaros, es decir los profetas integristas, pretenden darlas por nulas y no avenidas en nombre de alguna verdad incontrovertible y aplastante, revelada por Dios o por la ciencia. Y ese discurso razonable, por el que abogaron John Rawls y el mejor Habermas entre tantos otros, sigue siendo hoy en la era posmoderna más imprescindible que nunca para valorar las nuevas realidades de la genética, de la tecnología, de la sociedad de la hiperinformación, así como las más recientes demandas sociales y los derechos individuales hasta ahora inéditos.
El fin de semana Confabulario publicó un estupendo ensayo de Armando González Torres, autor de una amable invitación al exterminio de los intelectuales, sobre la imposible crítica en México. De ahí:
La politización de la literatura generó durante buena parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir los debates literarios en controversias políticas y a construir un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como géneros edificantes, que debían aportar a la patria no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno, para que después del 68 la escena literaria y cultural se polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México, Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs. literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban una escisión estética y política más amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la consolidación de cuadros especializados, en los últimos años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los intereses comerciales.
En semanas y meses recientes se han publicado tres contribuciones importantes para examinar lo que pasó entre el año 2000 y el 2006. Tres testimonios, tres alegatos, tres crónicas que tratan de desentrañar lo sucedido: un relato firmado por el propio presidente Fox; el recuento de sus principales batallas, según el registro de dos colaboradores cercanos, y la crónica de esos años a partir de una revisión meticulosa de información periodística. La triple reseña está en hojaporhoja. De ahí tijereteo mi comentario sobre el libro "de" Fox:
Nadie que haya vivido en México puede sentirse decepcionado de La revolución de la esperanza, pero resulta difícil no sentirse ofendido. En el recuento de sus años como presidente de México, Vicente Fox no tuvo el cuidado de dirigirse al país que gobernó para reflexionar sobre su gestión, sobre aquellos que considera sus éxitos y los desafíos que ve hacia adelante. Fox firma un libro perceptiblemente tecleado por otro sin buscar siquiera la adaptación a México. Como ha recordado Fernando Escalante en su estupendo libro sobre los libros, en la nueva industria editorial se puede ser autor sin saber escribir. Es el caso de Fox. Su ghostwriter ha maquilado un texto con todas las fórmulas de los libros de famosos, sean políticos cantantes, o adolescentes con problemas de adicción: enternecedores recuerdos de infancia; anécdotas de sus encuentros con otros famosos; confesiones sentimentales y un aderezo de frases citables. El libro es insultante. Fox tuvo una voz en el discurso público mexicano. Hoy está de moda menospreciarlo hasta la burla. Pero era su voz, su tono, su estilo. Era desparpajado y ocurrente, muchas veces pendenciero. Pero también era auténtico, sencillo y, sobre todo, antisolemne. Esa voz no se escucha en este libro dizque escrito por Fox.
De ahí que nos enteremos, gracias a una atenta aclaración, que Los Pinos es “La Casa Blanca de México” y que pretenda vincular en cada párrafo lo que sucede en México con alguna película de Hollywood, con algún político de Washington o algún fragmento de la historia estadounidense. La mala traducción del libro original tiene resultados desastrosos: las muletillas y frases hechas que son comunes en Estados Unidos viajan muy mal al español. Repleto de anglicismos y referido abiertamente al público estadounidense, el libro muestra a un Fox que pretende retratarse como un revolucionario en la liga de Havel, Mandela o Martin Luther King. Describe al México previo a su esperanzada revolución como un típico país latinoamericano, gobernado por el típico dictador latinoamericano y saqueado por los típicos ladrones latinoamericanos. Fox se hace describir como un americano que ha querido vivir el sueño de América. .