Tragedia, farsa, bufonada
No recuerdo quién decía que la historia sucede siempre dos veces. Sí me acuerdo de quién agregaba que la segunda ocasión, se aparecía como farsa. Tras la tragedia, una imitación grotesca. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, su mejor ensayo político, Marx sentenciaba que los hombres hacen su historia pero que no la hacen a voluntad, bajo circunstancias producidas por su deseo, sino bajo las condiciones impuestas por la historia. Así, los agentes de la historia tienen el cerebro enmarañado por fantasmas del pasado. Tradiciones de los muertos convertidas en pesadillas sobre el cerebro de los vivos. Así, sin percatarse siquiera de lo que hacen, los agentes de la historia toman prestados otros nombres, antiguas consignas, ropas y disfraces. El pasado secuestra al presente. El seco economista se convertía, al escribir El 18 Brumario, en un dramaturgo extraordinario. Es que su libreto de la historia encontraba en la coyuntura francesa un desafío que un pensador escrupuloso no podía ignorar. Marx deja atrás las grandes categorías sobre la estructura, escapa de las gruesas sentencias sobre la mecánica del tiempo social, y deja a un lado la estricta crítica del capitalismo. Para entender eso que juzgaba como una anomalía, el filósofo de la historia deviene artista: apreciar las formas de la sociedad en movimiento; colorear la atmósfera del presente; capturar el perfil de los protagonistas. El sabio desmenuza aquí la complejidad del presente; retrata a los personajes del momento, analiza las decisiones, siente el flujo de la historia. Apuntaba Marx: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa del pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido.”
Lejos de ser una vía de ferrocarril, la historia para Marx se vuelve una feria de absurdos y sorpresas. Absurdos que, por cierto, tenían dimensión cómica. Los tíos suelen tener sobrinos ridículos. El presente francés que tanto le intrigaba es visto por él como una mezcla de contradicciones: agentes constitucionales que conspiran contra la constitución; revolucionarios que se presentan como defensores de la ley. “En nombre de la calma una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución los más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos, un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para embotarse y decaer, sin poder resolverse. El economista también se vuelve aquí pintor de plomo: “si hay un pasaje de historia pintado en gris sobre gris, es éste.” Hombres y acontecimientos no son más que “sombras que han perdido sus cuerpos.” Sombríos personajes y ridículos en tiempos cuyo único impulso es el calendario.
No recomiendo este artículo, pero sí esta joya.


Esta joya, como bien la llamas, contradice de hecho todo el pensamiento marxista, o más bien, la interpretación ortodoxa y equivocada que se ha dado a su pensamiento (con desastrozos resultados para la humanidad). La historia no es la inexorable fórmula de causas y efectos que pregona el materialismo dialecto, sino una eterna comedia del absurdo llena de equívocos y sandeces. Ya habíamos hablado por aqui del eterno retono de lo idéntico, de la imposibilidad del progreso. "History repeat itself, historians repeat each other", dijo Cioran.
Publicado por: El Oso Bruno | 12 de mayo de 2008 a las 10:33