El bien informado Osobruno califica de "infame" mi artículo.
Paradójicamente, si se rompiera el actual oligopolio sería mucho más viable llegar a acuerdos, ya que los duros e intransitables (e impresentables) de cada organización se irián por su lado y así influirían menos en la toma de decisiones. Imagínate que en lugar de las tres cosas que tenemos tuviéramos seis o siete partidos influyentes, tres o cuatro de los cuales fueran moderados y únicamente dos o tros estuvieran dirigidos por mesiánicos, fanáticos religiosos y fauna por el estilo. Sería mucho más fácil que los moderados arribaran a construir mayorías parlamentarias. Ahora, con tres partidos donde a los ultras se les permite influir de más, los acuerdos se hacen más difíciles.
Andrés Lajous me escribe un correo interesante en el que da buenas razones para seguirse oponiendo a la patridocracia:
Si las organizaciones más pequeñas, viejas y nuevas, son chatarra es justamente por las reglas del sistema de partidos. Los requisitos no sólo son altos, sino que obligan cierto comportamiento que convierten a cualquier organización en chatarra. La partidocracia permite cada vez menos competencia,y la que permite sólo la permite en forma de chatarra para que no sea en realidad competencia (el PSD ya decidió no competir). Por eso, hemos aprendido, que la mejor manera de denunciar a la partidocracia es no estar sometido a las mismas reglas.
Carlos Bravo me llama nostálgico de la disciplina priista y sugiere que estoy alentando la violencia doméstica en los partidos.
Necesitamos abrir la oferta política para sanear a los partidos: La clave en todo esto es ABRIR LA COMPETENCIA. Si un grupo decide abandonar las filas de su partido porque ya no encuentra cabida ahí, porque no hay manera de procesar internamente sus diferencias (hay violencia, hay fraude, no hay ideas en común, no se comparten estrategias, etc.), ¿porqué no darle a ese grupo, si está dispuesto a recomponerse como un partido aparte, la oportunidad de competir? Claro, que compita solo (nada de adherirse cual parásito al tronco de un partido grande), que se pruebe en las urnas. Si alcanza un porcentaje suficientemente alto del voto (más alto que el que tenemos hoy, por supuesto), que entonces pueda acceder a la representación legislativa. Dices en tu artículo que “La formación de un nuevo partido se ha vuelto una aventura prácticamente inalcanzable. De ahí que los matrimonios partidistas sean nefastos pero eternos. No lo lamento”. Caray, ¿no seria más sensato tener matrimonios mínimamente funcionales, conflictivos pero donde la convivencia todavía sea posible, matrimonios con un propósito menos sórdidos que el de aguantarlo todo con tal de no quedarse en la calle, o peor aún, el de no dejarle la casa al “enemigo íntimo”? Es posible que nuestros matrimonios partidistas sean tan nefastos, precisamente, porque las reglas les garantizan la eternidad. Es posible que la clausura del mercado político sea la causa de la decadencia de nuestros partidos.
Seguramente mi artículo es tosco y requiere muchos matices. Aceptándolo, insistiría en lo que digo en mi artículo y lo que he dicho en otros textos: necesitamos partidos fuertes. Sigo pensando que no hay democracia que funcione sin ellos. Por eso creo que es buena noticia que el PRD no se haya roto la semana pasada. Si habremos de mantener el sistema presidencial, necesitamos pocos partidos que sean estables referentes del debate político y de la competencia electoral. Pregunto: ¿sería bueno que las reglas electorales alentaran la escisión de la corriente de Encinas, que el PRD se rompiera y se formara de ahí un grupo de cuatro partidos de izquierda? ¿Sería ventajoso para la democracia que PRI se fracturara en diez pedazos y que cada grupo regional priista armara su propia base de apoyo? ¿funciona eso en un marco presidencial? El Osobruno sugiere que sí: que le daría mayor flexibilidad al país y que alentaría la moderación y los acuerdos. Yo sigo dudándolo.
Es cierto que la combinación electoral mexicana es perversa: enormes exigencias para formar un partido y el ofrecimiento de subvenciones oficiales en caso de lograr el registro. Bien podrían aligerarse los requisitos para formar un partido y elevarse simultáneamente los requisitos para entrar al Congreso y beneficiarse del subsidio público. Me quedo con una interrogante que parte de la reflexión del oso: ¿una posible multiplicación de partidos en el congreso alentaría la negociación o agravaría la parálisis? Habrá que estudiar el caso brasileño que hace unos años era modelo de una democracia atascada y ahora resulta ejemplo.