Un portafolio de la artista iraníamericana puede verse aquí.
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Un portafolio de la artista iraníamericana puede verse aquí.
Publicado el 10:36 p.m. en Arte, Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Se han publicado una serie de artículos y obituarios sobre Samuel Huntington. El New York Times publica una notita; el artículo del Washington Post es más amplio y cita con razón un buen ensayo de Kaplan publicado en 2001 en el Atlantic. En el Times de Londres se describe a Huntington como el hombre que será recordado por millones como quien anticipó la gran narrativa del siglo XXI. En el National Review, Mackubin Thomas subraya la vigencia de su primera obra, The Soldier and the State. Francis Fukuyama recuerda a su maestro y se concentra en sus aportes al estudio de la política comparada. En El país, Fernando Vallespín adelanta que su recuerdo estará atado al esfuerzo de teorizar una oposición existencial entre Occidente e islam. Para el Osobruno Huntington era, sencillamente, un antipático y falso gurú.
Aquí puede leerse el texto original del "Choque de civilizaciones." Entre las réplicas al texto, vale rescatar la de Edward Said: "Choque de ignorancias" y el libro de Amartya Sen, Identity and Violence. Ésta es la respuesta de Huntington a algunos de sus críticos en ese debate. Aquí una conversación interesante entre Huntington y Anthony Giddens. El ensayo que contiene la pulpa de su diatriba contra la amenaza mexicana se encuentra en el sitio de Foreign Policy. Y por acá una larga lista de reseñas a Who are We?
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Ha muerto Samuel Huntington, el politólogo más influyente de los Estados Unidos y, posiblemente del mundo. Su fama fue un caso extraño. Dentro de casa, en la academia, su trabajo era severamente cuestionado. Fuera, en la prensa, en los medios, en la tribuna política sus argumentos se volvían afluentes inevitables de la discusión mundial. Imposible caminar sin hacer referencia a sus pasos. Fue un investigador precoz que desde el principio estuvo envuelto en la polémica. Una reseña de su primer libro
lo comparaba con Mussolini—desfavorablemente. Según un reseñista de The Nation, la filosofía de ambos era idéntica pero el dictador tenía, cuando menos, mayor gracia. Huntington hablaba entonces de la necesidad de resguardar la sociedad norteamericana con un ejército profesional curtido no en las ingenuidades liberales sino en el realismo conservador. Los académicos norteamericanos, exigentes como pocos en el procesamiento de los datos, en la formulación de las hipótesis, en la paciente labor de la investigación, vieron siempre con alguna desconfianza al politólogo que se negó a la especialización. En efecto, se atrevió a estudiar todos los ámbitos del fenómeno político: el orden, los partidos, la democracia, el impacto de la cultura, la gobernación, la seguridad nacional, la institucionalización. Se aventuró también a hablar de todos los regímenes y opinar de todos los rincones del mundo. Con frecuencia lo hizo con herramientas pobres, barnizando prejuicios en lenguaje académico. En alguna ocasión, cuando se discutía su ingreso a la Academia Norteamericana de Ciencias, Serge Lang, un matemático puso el grito en el cielo: Huntington no es uno de nosotros, no podemos aceptarlo en este club. La irritación del matemático era comprensible. En el libro El orden político en sociedades en transformación
, publicado en 1968, argumentaba que la Sudáfrica del Apartheid era una “sociedad satisfecha.” Lang analizó los argumentos de Huntington, descubriendo en ellos una falsa metodología matemática. El discurso de Huntington, decía él, proviene de un “tipo de lenguaje que da la impresión de ser científico, sin ninguna de su sustancia.”
Pero si la relojería de su argumentación resulta suelta e imprecisa, el tino para elegir sus batallas y marcar su acento fue excepcional. Una aguda intuición y arrojo para lanzar hipótesis de grandes vuelos proyectó su trabajo más allá de las bibliotecas de Ciencia Política. Aquel libro publicado en el 68 era, en buena medida un libro contra el 68. Una afirmación del poder ante la bulla de la rebeldía. Para abrir boca, el libro dispara una sentencia atrevida y contundente: la distinción política más importante no es el tipo de gobierno sino el grado de gobierno. No importa tanto si se tiene una dictadura o una democracia; lo que cuenta es tener o carecer de gobierno; vivir en orden o sobrevivir la anarquía. Era un conservador que apostaba por la realidad por encima del ideal, por el orden como antídoto del caos.
Ese fue su primer empeño: la exploración del orden político como basamento indispensable. El hobbesiano dejaba atrás cualquier otra consideración. Lo esencial era la estabilidad, la eficacia de un gobierno que cobra impuestos, impone legalidad y castiga delincuentes; las libertades, el voto, los controles al poder eran accesorios. De ahí también su temor al exceso democrático. El conservador veía las sociedades contemporáneas como barcos en peligro. La amenaza era la democracia. El remedio, la desdemocratización. Se hunden los países ricos porque el peso de las exigencias sociales aumenta, los pasajeros olvidan sus responsabilidades y el capitán pierde poderes. La salvación del barco para Huntington exigía tirar el exceso democrático por la borda. Reinstaurar autoridad y alentar cierta apatía. El combatiente de la Guerra Fría era por ello, un curioso seguidor de Lenin y un abierto admirador del PRI como proveedores de estabilidad tras la conmoción revolucionaria.
La segunda obsesión de Huntington fue el peso de la cultura en la vida política y, en particular, la identidad. La economía cuenta, las instituciones importan, pero antes que cualquier otra cosa, pesan las costumbres. Por ahí llegó a la conclusión de que el nuevo eje de conflicto en el mundo sería cultural. Tras la desaparición de la Unión Soviética, el pleito no sería entre economías, ni entre ideologías políticas sino entre civilizaciones. El futuro estará marcado por el choque de civilizaciones
, como dejó asentado en su trabajo más comentado. Por ese camino llegó también a la conclusión de que el corazón de su país estaba amenazado por los invasores del sur, que hablaban español y que se resistían a fundirse en la cazuela americana de las mezclas. Cuando vino a México, a Huntington lo llamaron racista por su descripción de los mexicanos. No fue un racista sino algo muy parecido: un nacionalista. Sus últimas dos obras son las más inquietantes: anuncian guerras sanguinarias y entrevé la mortalidad de su país. Ambas estridencias cojean del mismo pie: su noción de cultura. Huntington habla de la civilización y de las culturas como si fueran rocas, como si fueran datos fijos. Así, la cultura propia es un jardín que hay proteger frente a la amenaza de los invasores y la cultura ajena es una amenaza al tuétano colectivo. Una virtud tiene el nacionalismo antimexicano de Huntington: exhibe la absurda genética de nuestro propio tribalismo.
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This Is Where We Live de 4th Estate, visto en Papercuts.
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Conor Cruise O'Brien, político, diplomático e intelectual irlandés murió el jueves pasado. Escribió una fascinante--y polémica biografía--de Edmund Burke, The Great Melody, en donde retrata, no al reaccionario de la caricatura, sino al pluralista liberal que odiaba cualquier autocracia. El Fondo de Cultura Económica tradujo Genio y pasión y otros ensayos, con textos sobre Yeats, Robespierre, Juan Pablo II y algunas reflexiones sobre el terrorismo. En un ensayo sobre la libertad de prensa escribe: "Hay una cosa que tienen en común la prensa libre y la prensa soviética: ambas deben quedar bien." El New Republic, The Guardian, el Times de Londres y el de Nueva York escriben de él.
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La revista Time hizo lo predecible: colocó a Barack Obama, presidente electo de los Estados Unidos en la portada de su edición más reciente, nombrándolo algo así como el ente del año. No es el hombre del año porque eso sería sexista. No es meramente el humano del año porque la revista ha colocado también en ese sitio a la computadora o al planeta Tierra. El demócrata no solamente desbancó a otros políticos sino también a algunos cuerpos celestes, otras especies y a un par de inventos. El hecho es que, siguiendo una larga tradición, la revista ha hecho del triunfador de la elección presidencial en los Estados Unidos, el ganador de ese cambiante e indefinible título. La imagen de la revista es una adaptación del famoso cartel de campaña, un guiño para celebrar el reencuentro de la creatividad artística y la política norteamericana. El semanario invitó a Shepard Fairey, el diseñador de la pancarta oficial para reinterpretar la estampa para su portada. El hecho tiene significado porque esa imagen elemental que parece marcada por la vieja técnica del esténcil, incorporando una expresividad callejera y contestataria con un aire novedoso y, al mismo tiempo arcaico, refleja la capacidad de la campaña de Obama para hacerse de buenos símbolos, rodearse de grandes talentos e inspirar a otros.
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Es asombrosa la vitalidad póstuma de Octavio Paz. A diez años de su muerte siguen apareciendo documentos desconocidos, revisiones críticas, cartas, diversas miradas retrospectivas. Hallazgos y relecturas que celebran a nuestro clásico más fresco. Yvon Grenier seleccionó los mejores ensayos políticos del poeta. Guillermo Sheridan reconstruyó cada uno de los árboles de su infancia. Fabienne Bradu ha estudiado los trabajos del traductor. En los años recientes hemos podido asomarnos también a su correspondencia. Sus cartas a Pere Gimferrer, a Tomás Segovia y muy recientemente a Jean-Clarence Lambert han sido publicadas. Pero nadie había tenido el atrevimiento de intentar una antología general, una ventana a esa civilización que fue Octavio Paz. Ahora aparece la primera antología que cubre todo el arco de su producción ensayística y poética. Se trata de Las palabras y los días. Una antología introductoria, que preparó Ricardo Cayuela y publican el Consejo para Cultura y las Artes y el Fondo de Cultura Económica.
El prólogo de Ricardo Cayuela es discreto y esclarecedor. No obstaculiza la inteligencia ni la sensibilidad de Paz con empedrados académicos. Subraya, ante todo, la vida de un hombre que no fue monumento. Cayuela evoca la pasión crítica de una inteligencia lúcida y vehemente. Un crítico que encontró admiradores en México, pero también un hombre que fue ignorado, temido, insultado. Siempre, un personaje incómodo. Paz nunca fue un intelectual decorativo. Después lo han tratado de volver monumento, calle, premio. Su perfil quedó sellado en una moneda. Pero su figura no embonaba bien en la rueda de veinte pesos. Después de todo, el anarquista que fue, había denigrado los “números huecos” y “rebaño de espectros” del dinero. Ese es el insumiso, el intelectual combativo que revive en estas páginas. El pensador indefinible, tachado de reaccionario por los dogmáticos y de romántico por los liberales.
Toda antología es insolente. El antologador se equipa de tijeras y cercena lo que no le pertenece. ¿Con qué derecho extirpa un capítulo y lo aísla de su contexto? ¿Es válido el tijeretazo? Cuenta Milan Kundera que en el momento en que un director quiso recortar una sinfonía suya respondió enfático: amigo, no está usted en su casa. El comedimiento de Cayuela frente a los tesoros de esa casa es encomiable. Ha usado pinzas, no tijeras para componer esta antología vital. Apenas un par de textos que forman parte de una obra mayor, el resto de las piezas son ensayos y poemas de vuelo independiente.
Toda antología es también polémica. El antologador enfatiza temas, elige piezas, opta por un poema, relega otros. Las palabras y los días recorre en buena medida el inmenso arco de las mirada paciana: México y sus formas; el arte y sus evocaciones; la libertad y sus amenazas; el amor y el erotismo; la expresión poética; Oriente. Una separación me parece artificial al recorrer todas estas estaciones: la división de prosa y poesía. Es cierto que el propio Paz acató esa frontera al publicar sus trabajos y al agruparlos para sus obras completas. Poemas por un lado, ensayos por el otro. Pero, más allá de la disposición de las líneas o la densidad de los párrafos, la tinta es la misma: es el poeta del pensamiento, aquel que, como bien dijo Enrico Mario Santí, reivindicó para nuestro tiempo, los derechos de la poesía. Por eso intuyo una nueva antología de Paz que rompa con esa muralla del género para resaltar la perfecta comunicación de su caligrafía.
Publicado el 11:40 a.m. en Andar y ver, Libros, Octavio Paz | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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La Iglesia católica entiende los usos de lo que le repugna. Por eso reconocen sus textos sagrados la necesidad de que haya herejías. El infiel desafía a la comunidad, la pone a prueba y permite, según su cuento, el triunfo de la fe. Para la Iglesia el hereje peca al negar lo que debe ser creído. Por ello merece castigo. El hereje es un loco que piensa y vive como si no existiera Dios ni hubiera infierno. Pero de esa necedad emergen bienes valiosísimos. En La ciudad de Dios, Agustín de Hipona escribe: “Hay muchos puntos tocantes a la fe católica que, al ser puestos sobre el tapete por la astuta inquietud de los herejes, para poder hacerles frente son considerados con más detenimiento, entendidos con más claridad y predicados con más insistencia. Y así, la cuestión suscitada por el adversario brinda la ocasión para aprender.” Resulta así que el ‘error’ tiene sus provechos: ayuda al esclarecimiento de la verdad y pone a prueba la virtud. Los malos nos son útiles, dice San Agustín. Su desafío nos fortifica.
No es que el error esconda verdades antes ignoradas o que alumbre algún nuevo conocimiento. Los servicios de la herejía son otros y muy distintos a los que aprecia el liberal en el debate pluralista. La herejía lanza pruebas el temple del creyente y colabora para reforzar lo ya sabido. Por ello no puede haber tolerancia de esa locura: combate tenaz para que no se extienda. Tras la prueba, la fe saldrá tonificada. Oportet et haereses esse: es necesario que haya herejes. Lo mismo podríamos decir de los escándalos: Oportet et scandalum esse: conviene que haya escándalo.
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El Scientific American publica deslumbrantes retratos de vida microscópica.
Publicado el 10:47 a.m. en Ciencia, Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Publicado el 10:56 a.m. en Humor | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, ha desatado una polémica sobre la pena de muerte. Quiere que en su estado se pueda ejecutar a ciertos delincuentes. Así se hace en Estados Unidos cuya constitución deja a las entidades la libertad de imponer ese castigo. El promotor del debate se adelante, presuroso, a marcar con claridad los contornos de la polémica. "La discusión en Coahuila no es la pena de muerte, la discusión es cómo los vamos a matar: si los vamos a fusilar, los vamos a degollar o los vamos a ahorcar, o algo light que puede ser la inyección letal". El gobernador se deleita con las variedades del aniquilacion: fusilamiento, degüello, ahorcamiento e introduce su peculiar humor: debemos considerar también la ejecución light a través de la inyección letal. Tras el listado, el gobernador comunica su preferencia por el mexicano método del pelotón frente al fusilado. Además de ser una tradición patria, resulta ser un método económico. De acuerdo a los cálculos del gobernador es más barata una bala que una inyección de veneno mortal.
Las declaraciones del gobernador Moreira son repulsivas pero no son sorprendentes. El caldo de la desesperación prepara la sopa del populismo penal. El gobernador de Coahuila no es el único que promueve el castigo irreversible. Los oportunistas del Partido Verde han visto también este tema como el pasaporte para la elección del año que viene. Hace unos años los verdes pedían el voto para los ecologistas, no para los políticos. Ahora ofrecen la pena de muerte como solución a la crisis de inseguridad. El tucán promueve la muerte de los asesinos y violadores. ¿Qué más da la incoherencia de una formación ambientalista convocando ejecuciones? ¿Qué importancia tiene el hecho de que los dirigentes de ese negocio hayan votado muy recientemente para prohibir esa pena en la Constitución? El lema embona con las emociones del momento y eso es lo que cuenta. Es redituable electoralmente y eso es lo único que importa.
El artículo completo...
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(según varios colaboradores del Guardian y según algunos artistas y políticos.)
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(según el Economist.)
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(según el Financial Times)
Publicado el 11:48 a.m. en Libros | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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La previa gira de Madonna a México recibió la bendición del escándalo. La iglesia se ofendía por sus imágenes y algún político pedía censura: la juventud mexicana podía ser pervertida por esa exhibición de licencias. Era la Madonna que Camille Paglia celebraba como ejemplo de un nuevo feminismo: un llamado a las mujeres a ejercer el poder de su sexualidad. En 1990 la policía amenazaba con apresarla durante sus conciertos si se atrevía a profanar los símbolos de la fe. Steven Meisel la había retratado poco después en Sex, un libro que combinaba pornografía y moda para la mesita del café. Ahora llega a México como representante de una industria musculosa, profesional, vibrante e inofensiva. La presencia sacrílega de antes se ha vuelto signo de autoridad, con todo y trono. La insolente jovialidad transformada en perseverancia por la tenacidad del gimnasio y las efectivas enmiendas del quirófano.
Antes los poderes se sentían intimidados por la iconoclasta que mancillaba signos, que rompía roles, que subvertía el pudoroso orden de las vestimentas. Ahora, el auditorio que la recibía en México parecía una reunión de la república. ¿Llegó Monseñor Rivera al concierto? Un evento social del establishment. Sus conciertos fueron alguna vez pinchazos de brasieres expuestos; cáusticas profanaciones envueltas en tonadas fáciles. Su concierto reciente advertía desde el título que sería pegajoso y dulce. El espectáculo que se presentó hace unos días en el Foro sol fue, como ya han dicho otros, más aeróbico que erótico. El nuevo concierto de Madonna, decían en el New York Times, es una especie de entrenamiento con música de fondo y pantallas en movimiento. La artista convertida en atleta. El concierto glorifica la resistencia de una mujer que ha cruzado el medio siglo. La fuerza de Madonna parece intacta. Madonna despliega sus músculos, brinca la cuerda, baila, corre, sube y baja mil veces. No se cansa, no tropieza, no jadea. A veces desentona, pero no importa mucho. Nadie fue al Foro Sol a ver a una cantante. Fue a vivir la experiencia de un concierto de Madonna. A decir: yo fui a un concierto de Madonna. En efecto, el espectáculo es memorable no solamente por la fama y la leyenda de la protagonista sino porque funciona en lo básico: logra engullir al auditorio y fundar un tiempo en sus ritmos. Un espectáculo de factura impecable que revela una disciplina de látigo, una obsesión por lo perfecto.
La dispersión de evocaciones es desconcertante: un fallido misticismo, personajes de Keith Harring, un tubo de table-dance, rayos laser, flamenco, ritmos gitanos, algo de tango y mucho hip hop. El homenaje a la juventud que resiste las décadas, la celebración del profesionalismo no encuentran en el concierto aquel poderoso complemento de la herejía. No puede dejar de sentirse cierta nostalgia por aquella sacrílega, por aquel pop tan eficazmente provocador de las buenas conciencias. Los intentos están ahí pero no muerden. Madonna quiere seguir pellizcando convenciones pero simplemente produce un gran espectáculo en donde la tecnología visual es, quizá, lo que más embruja: pantallas cilíndricas que proyectan agua, enormes estelas en movimiento para danzarines virtuales. El concierto se politiza toscamente al desplegar inmensas imágenes de buenos que salvarán al mundo: Oprah y Bono, Mahatma Gandhi y Barack Obama. Hace unos meses, en sus conciertos preelectorales, su punzada fue tan sutil que contrastaba este equipo de héroes con la banda de los malos: Hitler y John McCain. La uña ya no raspa piel viva.
Publicado el 05:58 a.m. en Andar y ver | Enlace permanente | Comentarios (7) | TrackBack (0)
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