
Nunca he entendido por qué podría tomarse en serio a Slavoj Žižek. A veces puede resultar chistoso y suele ser entretenido. Esta entrevista, por ejemplo, tiene su gracia. Su prosa parece una divertida parodia de la jerga posmodernista que entrelaza citas de Hegel con reflexiones sobre Matrix o Friends--pero no es parodia. Podría ser un talentoso performance artist, pero es leído como filósofo. Su cabeza es una prodigiosa licuadora que mezcla frenéticamente psiconálisis, Mayúsculas, marxismo, comillas y cultura popular para producir una mermelada de provocaciones y punch lines. Su jalea de contraintuición ha sido extraordinariamente exitosa. Žižek es una industria, una marca, un famoso que no solamente habla de cine sino que es protagonista en pantalla grande. Lo curioso es que algunos progres lo creen un visionario por su perorata antiliberal. La cantidad de idioteces que el hombre dispara son notables. Incluso para los parámetros de nuestros días. Žižek ha dicho, por ejemplo, que el peor terror estaliniano es preferible a la más liberal de las democracias; que el problema con Hitler no fue que haya sido violento sino que no fue "suficientemente violento," que su violencia no logró ser lo "esencial" que debía ser. Elogió a los terroristas que se estrellaron en las torres gemelas como encarnación del Bien: el espíritu que se dispone al sacrificio en nombre de una causa superior. La portada de su defensa de las causas perdidas presenta, pertinentemente, la imagen de una guillotina que resplandece en su filo recobrado.
Al comentar In Defense of Lost Causes
y Violence
, dos libros recientes de Žižek, Adam Kirsch ve lo que hay detrás del "Elvis Presley de la crítica cultural": una reivindicación del fascismo enamorado de la violencia, admirador del militarismo heróico y deseoso de una cortante Decisión. Rebecca Mead escribió un buen retrato de Žižek en el New Yorker hace algunos meses.