Especializados como nos hemos vuelto en malos diagnósticos, no es extraño que nuestras recetas cooperen al agravamiento de la enfermedad. El análisis instantáneo no se detiene en los pormenores, las raíces, las imbricaciones de la dolencia. Lo que cuenta es la idea rotunda y sencilla; el remedio inmediato y de bajo costo. Ante cualquier dolencia acudimos a los argumentos recibidos para decretar el mal y su remedio. Los lugares comunes se presentan primero como expresión de la opinión pública. Se transfiguran después en mensajes unívocos que la clase política asume como mandato. Con determinación, proclaman que han entendido las instrucciones de la sociedad y se disponen a actuar en consecuencia. La superficialidad ambiente termina en decreto. El remedio no roza el problema pero tiene el buen tino de iniciar uno nuevo. El ingenio nacional ataca así los problemas ancestrales para acompañarlos de fresquísimos problemas.
Corremos hoy el riesgo de repetir este cuento tras las elecciones de la semana pasada. Así nos pasó con el proceso de 2006. No entendimos qué pasó pero diagnosticamos de inmediato una cura. Aprobamos a toda velocidad una legislación expiatoria y el resultado fue la invención de nuevos problemas. Se asumió como válida la interpretación más sencilla que era, al mismo tiempo, la más vehemente: la elección había sido inequitativa; el debate había sido demasiado áspero; el dinero inclinó la balanza. A decir verdad, los hechos no correspondían al diagnóstico. La tensión postelectoral no se fundaba en esas deficiencias del régimen electoral sino en la terca conspiración de deslealtades de los protagonistas: un gobierno que intentó expulsar de la competencia a su adversario y una fuerza política que no admitió su derrota. El problema de 2006 no fue la ausencia de un debate programático y civilizado; no fue tampoco el desequilibrio en las condiciones de competencia. México se paseó en el precipicio después de la elección por la falta de compromiso democrático de los actores.
La tentación de repetir ese tropiezo de la interpretación es enorme. Vuelven a aflorar las interpretaciones urgentes que esquivan el núcleo de nuestro problema político. Se pretende seguir la pista del descontento como si éste envolviera la medicina. La fórmula del diagnóstico podrá ser absurda pero sigue siendo atractiva. La radiografía de la insatisfacción no es más que eso: testimonio de fastidios y resentimientos. Hacer el retrato de estas inquietudes es, por supuesto, valioso, necesario aún: es una forma de medir la incapacidad de un régimen para satisfacer exigencias colectivas. Pero no hagamos receta del quejido.
Eso es precisamente lo que se escucha ahora: la sublimación intelectual de las quejas. Trato de ser preciso: el descontento que se expresa de diversos modos no es caprichoso ni mucho menos infundado. Tiene causas y una larga cadena de agravios que lo explican. El régimen democrático en México atraviesa una crisis seria y delicada. No atender su origen es ahondarla; prescribir medicinas que esquivan el mal es empeorarla. La tentación del 2009 es pensar que nuestro problema anida en un deficiente de representatividad. El discurso de aires antipolíticos y de resonancias populistas que enfrenta ciudadanos contra partidos; la gente contra los políticos insiste en ese diagnóstico. Ellos no representan a los ciudadanos. De ese simple diagnóstico proviene una breve lista de propuestas vuelta moda: desaparecer o disminuir las franjas de la representación proporcional; empequeñecer el congreso; candidaturas “ciudadanas”; consultas, plebiscitos, revocaciones; reelección inmediata. Hay, desde luego, cosas atendibles en esta prescripción. Creo, sin embargo, que no tocan el tumor que se esparce.
El núcleo de nuestro problema político es la ineficacia de nuestro pluralismo; el encubrimiento de duros cotos de impunidad; la feudalización del autoritarismo; la debilidad del poder democrático; la pervivencia de una opciones anti o semiinstitucionales. Seguir en la pista de la representatividad es una distracción de la intervención que requerimos. Seguir enclaustrados en el debate de lo electoral implica seguir patrocinando las causas de nuestro actual descontento. De la elección reciente no brotará un congreso ilegítimo o un congreso que no representa a la sociedad mexicana. Pero surgirá una Cámara de Diputados con enormes dificultades para decidir y para conformar, junto con el Ejecutivo un gobierno eficaz. Ahí está nuestro entuerto básico. Este año el gran hoyo de la gobernación cumplirá doce años. Desde 1997 flotamos en el mundo sin una coalición gobernante. Tenemos gobierno pero no tenemos capacidad de gobernar. Si queremos curar al paciente habrá que hacer la tomografía antes de dejarnos sobornar por los quejidos.
No nos distraigamos: los cambios necesarios están en la órbita del régimen presidencial y del arreglo federal. Ahí está la reforma urgente.
Sí, decididamente votaste por el PRI
Publicado por: El Oso Bruno | 13/07/2009 en 11:59 a.m.
Hay una mezcla perversa en el análisis que, a mi juicio, han sido obviados por su comentario. Me refiero a la percepción que se tiene de la clase política, en buena medida ganada a pulso, es cierto, pero alimentada por los medios electrónicos de comunicación, particularmente la TV.
En su obsesión por echar atrás los rasgos contrarios a sus intereses que posee la reforma electoral, los dueños de las televisoras no han parado en mientes para establecer una imagen de la clase política mucho peor de lo que es.
La campaña del voto nulo, si bien no tuvo un origen identificable o asociable con esos poderes fácticos, fue inmediatamente alentada por ellos, a través de tres o cuatro notables de la tele...
Estoy absolutamente convencido que la reforma electoral pasó la prueba del ácido y la gente salió a votar con la regularidad que acostumbra (e incluso un poco más). También estoy convencido que esa reforma requiere adecuaciones. Una de ellas no deberá ser, por cierto, el retorno al enorme negocio de las televisoras. Al contrario, me parece que deben taparse los huecos que se dejaron para que se utilizaran esas formas antiéticas de "entrevistas" pagadas (gacetillas) y los spots camuflados de anuncios de revistas.
Publicado por: José Luis Cerdán | 16/07/2009 en 02:51 a.m.
Y la receta es...
Mucha critica de los quejumbrosos y silencio absoluto de propuesta.
Publicado por: AGF | 16/07/2009 en 09:45 a.m.
It’s hard to find knowledgeable people on this topic, but you sound like you know what you’re talking about! Thanks ..
Publicado por: ugg boots | 25/10/2010 en 12:29 a.m.