La entrada de México a la democracia fue el ingreso a un mundo encantado. Al cruzar la puerta entramos a un territorio de hadas, a una casa gobernada por espíritus: un universo de prohibiciones, de palabras impronunciables, de efigies intocables, de tabúes. Nuestra transición estuvo tal vez en el fondo de un armario, en la espalda de un espejo, en el retorno a un tiempo muy antiguo. El pluralismo hechizó nuestro mundo, lo fosilizó repentinamente. La aldea de nuestra democracia es de piedra: sólido, pesado, invariable. Y al mismo tiempo, las rocas parecen tener alma: actuar sobre ellas es lastimarlas y deshonrar el mundo. Todo nos ha sido legado con la encomienda de preservarlo tal y como nos fue heredado por los ancestros. Nuestra misión es cuidarlo para los siglos por venir. Las órdenes de este mundo son claras: no debemos tocar los árboles santos, no debemos acercarnos a la montaña sagrada, no debemos pronunciar una larga lista de nombres malditos. Nuestro deber es honrar y preservar las piedras que son los intereses, las instituciones, las costumbres. Las amenazas son terribles: si tocamos la hoja del árbol se secará la vida; si subimos la colina el pueblo se cubrirá de plagas; si mentamos al innombrable caerá la maldición eterna. Temerosos de nuestra iniciativa, debemos caminar sin levantar polvo. Se nos enseña a adorar lo que tenemos y a mantenernos limpios de la perversa tentación de la voluntad.
Nos arrullan con el cuento de que el equilibrio del mundo es delicadísimo. Si algo se altera, si permitimos que sople el viento, si nos atrevemos a mover una piedra caerá una terrible condena sobre nosotros, sobre nuestros hijos, sobre los hijos de nuestros hijos. ¡Ay de nosotros si alguien se atreve alterar lo imperturbable! Debemos reverenciar al mundo y cuidarlo frente a la amenaza del cambio. Vivimos por la gracia del río, por la generosidad de las grutas, por la simpatía de los cerros. A ellos les debemos la tranquilidad del suelo. Quien pretenda alborotar las aguas es un agente ingrato y peligroso: un desagradecido que olvida nuestra vulnerabilidad. El cuento nos dice que el soberbio que pretende algún cambio no se percata de su impotencia: quiere reacomodar la arena sin darse cuenta de que tarde o temprano regresará a su verdadera casa. El papel del hombre en el cuento es idéntico al del monte o el pasto. Acata su naturaleza, ocupa su sitio y se calla. No tiene por qué trastornar el orden encantado.
Los votos en México no han abierto su mundo: lo han cerrado. Han conducido a la alternancia, es cierto. Que los votos castigan y premian también es verdad. Pero debajo de ese flujo de recompensas y escarmientos, se solidifica un extensísimo territorio inmutable. Bajo la sociedad abierta de los votos, la sociedad cerrada de los intereses petrificados. La democratización mexicana no ha ensanchado las posibilidades de la política, las ha encogido sustancialmente hasta eliminar el nervio mismo de la voluntad. La democracia, en ese sentido, ha reencantado a México. Por todos lados podemos escuchar a los brujos que nos amenazan: si pretendes modificar este arreglo, caerá la catástrofe; si combates tal poder la plaga nos destruirá. El hechizo se origina en el nudo esencial de nuestro cambio político: una presidencia (panista) sin poder y un poder (priista) sin responsabilidad. Esta tensión se ha ido apretando poco a poco hasta cancelar la opción de actuar.
Es entendible que la ruta de la decisión bajo el pluralismo sea más trabajosa, más lenta, más resbaladiza de lo que es bajo el dictado unipersonal. No denuncio este hechizo de lo intocable pensando que puede encontrarse una varita de mago. Pero no hablamos en el caso de México de un ajuste realista de la política a su circunstancia. Lo que contemplamos es la consagración de la superchería y la consecuente abdicación de la política. El tabú se ha vuelto el domicilio de la democracia mexicana. Que no seamos ingenuos nos piden los brujos. Nos advierten que es imposible adelantar la salida del sol y absurdo querer colorear la luna de rojo. Por eso nos llaman a respetar lo sagrado: la vaca del petróleo; los pactos ancestrales; la coraza del ejército; los intereses monopólicos. Las reglas de nuestra convivencia han quedado bajo el hechizo de lo intocable. Cuidado, nos advierten, si buscamos un nuevo camino todo se desmoronará.
500 años de sincretismo gatopardiano centralista Professor.
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Publicado por: fmgarzam | 24/08/2009 en 08:24 a.m.
No podría estar más de acuerdo. Hay un nuevo conservadurismo, que no está dispuesto a reconocerse a sí mismo.
Publicado por: andres lajous | 24/08/2009 en 10:05 a.m.
La problematica nacional no debe apreciarse desde claroscuros, grandes cosas se han conseguido y muchas faltan por hacerse. O es acaso que tenemos que estar resignados?
Publicado por: Miguel H. Morales Lozano | 24/08/2009 en 11:55 a.m.
Más que hechizo, ¿cuál... qué democracia? Es muy claro que en unos casos deciden los -reales- votos. Pero para otros importantes casos ni hechizos, ni democracia ni votos.
Publicado por: Omar Alí Silva Alvarez | 24/08/2009 en 06:17 p.m.
Evidentemente la discusión sobre la democracia en México es algo importante. Cuando tratamos de democracia tendemos a creer que por el hecho que haya instituciones que funcionen bajo normalidad democrática se nos resuelve el problema tan acucioso a veces de la democracia. No lo creo. No es así. Tenemos serios problemas de institucionalidad y legalidad. Las instituciones electorales en México están cooptadas y están haciendo un papel muy errático frente a los poderes fácticos, particularmente ante las televisoras que demeritan -dicho sea de paso- en contenidos interesadamente. El poder en México está tutelado no por la sombra de la ciudadanía. La presidencia sigue siendo ganada no por los votos sino por los intereses en turno. Y creo que todo esto se debe a que nuestros gobernantes no han sabido explicar a la ciudadanía el sentido o rumbo de país que quieren ellos y la ciudadanía en México también es pobre. Creo que se confunde gimnasia con magnesia en este caso de la ciudadanía específico, se le ve con cierto y acentuado recelo su desarrollo, pensando que de alguna manera llegará a interferir en el concatenamiento digamos geopolítico del país, cuando es bastante natural que el desarrollo de ella lleve a identificarnos con los derechos civiles estadounidense y a sus conquistas libertarias (por poner ese ejemplo). El país no avanza en ecología, en administración, en tecnología, en educación, etc., porque no se nos dice hacia dónde vamos o se nos está llevando a empeñones a un lugar sin salida, éste lugar es visto sólo por la propia política, porque la gente sí sabe en su acontecer muy próximo a dónde va. ¿Por qué sucede esto? Porque ese modelo de desarrollo particularizado en México, de progreso, de mercado, no es siquiera ni equivale en sí al modelo imperante; es más bien un modelo ultrarentario (cfr. Denise Dresser), ultra corrompido y muy simulado. Saca exorbitantes rentas de todo, sea sector público o privado, y con las más altos costos para el desarrollo o paso social mismos, no se equipara con la sociedad en sentido alguno, no es solidario, socialmente resulta en extremo irresponsable, no retribuye al propio sector de contexto. Hay que volver a la idea de la reforma política y a la gradual y ponderada reforma económica, que el estado regule muy bien también, que no haya impunidad de clase, que los votantes decidan quien los gobierna en todos niveles y no temer que ye o equis partido llegue al poder en la presidencia. Por lo menos (por la presidencia), no debemos perder lo más (la institucionalidad de la buena política, la convivencia social, el reconocimiento y el reconocernos en el otro): la complejidad de nuestro ser país, ser social y ser individuos... individuos que de cierta o incierta manera necesitamos unos de otros.
Publicado por: Omar Alí Silva Alvarez | 26/08/2009 en 12:58 a.m.
ME PARECE QUE LA IDOLATRIA EN EL CASO CONCRETO DE LA DEMOCRACIA FORMAL, COMO LA FORMA PROCEDIMENTAL DE ELEGIR A SERVIDORES PÚBLICOS, A LLEVADO A NUESTRA SIEMPRE INCIPIENTE DEMOCRACIA A LOS ABSURDOS Y A LAS HIPOCRECIAS MAS GROTESTA DE LEGITIMAR AL PODER, POR MEDIO DE UN MODELO QUE SE DEGENERA ASI MISMO... YA QUE, LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA VA MÁS ALLÁ QUE SÓLO SEGÚN EL SLOGAN "UNA CABEZA UN VOTO" LA PARTICIPACIÓN EL DÍA DE ELECCIONES... CÓMO JUSTIFICAMOS POR EJEMPLO, AQUI EN OAXACA UN ABSTENCIONISMO DE MÁS DEL 70 % EN LA PASADA ELECCIÓN DEL CONGRESO LOCAL... DE QUÉ NOS SIRVE ADORAR A LAS INSTITUCIONES QUE EMPAQUETAN LA LEGITIMIDAD SOCIAL EN UN MECANISMO FORMAL DE VOTACION, QUE ES PRECISAMENTE UN MEDIO Y JAMAS UN FIN EN SI MISMO COMO LO ES LA DEMOCRACIA FORMAL, ES DECIR PROCEDIMIENTOS Y VOTOS PERIODICAMENTE
DON JESUS... VENGA ADARSE UNA VUELTA PARA OAXACA... ES UN LINDO CUENTO DE HADAS EL ESTADO... Y DE DEMONIOS SUELTOS...
Publicado por: José Luis S. Canseco | 26/08/2009 en 06:26 p.m.
José Luis, sin restar importancia a las razones que motiven por ejemplo un abstencionismo como el que usted supone en Oaxaca, una cosa es que cuenten los votos -en todos sentidos- y otra que el abstencionismo per se demerite la representación popular. No minimizo el abstencionismo. Es sí, un síntoma o una resultante porque algo falló o falla, algo se ha hecho muy mal a la hora de trabajar, de gobernar. Pero es discutible que la representación mengüe o la legitimidad se apoque al menos cuando los votos realmenta sí cuentan, sea cual fuere el abstencionismo electoral.
Publicado por: Omar Alí Silva Alvarez | 28/08/2009 en 12:46 a.m.