Existe un solo ejemplar de Ensayos de la memoria, el libro de Jordi Boldó, pero puede leerse, íntegramente, en este blog.
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Existe un solo ejemplar de Ensayos de la memoria, el libro de Jordi Boldó, pero puede leerse, íntegramente, en este blog.
Publicado el 08:21 a.m. en Arte | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Robert Darnton
conoce todas las caras del libro. Ha vivido entre ellos y quizá para ellos. Ha escrito libros de libros; los ha exhumado del olvido; ha trabajado en empresas editoriales; ha cuidado libros como bibliotecario y ha explorado las nuevas tecnologías para su difusión. No es fácil encontrar una perspectiva tan rica como la suya para examinar la condición del libro. El lector atento conoce la larga historia de la página impresa; el académico entiende del negocio editorial; el custodio de la biblioteca aprecia las novedades de la técnica. Darnton sabe que en el libro hay mucho más que texto; que el cuidado de los libros no puede ser solamente un negocio; que no hay manera de detener el cambio y que debemos, ante todo, cuidar un patrimonio común.
El historiador acaba de publicar en Estados Unidos un nuevo libro sobre libros. Se trata de The Case for Books
. (Public Affairs, 2009) que podría traducirse como Una defensa del libro. El volumen recoge textos dispersos sobre los viejos y los nuevos libros. En un tiempo en donde la idealización tecnológica compite con la nostalgia, el alegato de Darnton destaca por su ecuanimidad: no es un fanático de la novedad ni enemigo del invento. Valora las maravillas tecnológicas y ha tratado de aprovecharlas en su trabajo académico y en su gestión como cabeza de la biblioteca de Harvard. Al mismo tiempo, disfruta, reconoce y cuida el vivo patrimonio del papel. La prisa por deshacerse de libros y periódicos antiguos le parece un crimen. El buzo de los archivos no puede más que escribir con cautela. No se deja arrastrar por la utopía digital ni se atranca en las obsesiones del anticuario. Darnton sabe mejor que nadie que el planeta del conocimiento que ofrece internet tiene precedentes: el siglo de las luces imaginó también una comunicación veloz e igualitaria en donde no intervendrían los censores. Si algo nos enseña el pasado es que los nuevos vehículos de la comunicación complementan a los anteriores, no los destruyen. Por eso anticipa la convivencia de las páginas y las pantallas.
El autor de Los bestsellers prohibidos en Francia antes de la Revolución ve con entusiasmo las posibilidades de la escritura electrónica, sobre todo en las publicaciones académicas. Los textos pueden ganar densidad. Una primera capa de escritura traza el argumento básico; debajo de esa corteza, capas de mayor profundidad en las que el lector puede adentrarse libremente; las notas pueden expandirse sin restricciones; las referencias pueden alimentar lecturas complementarias. Pero no todo es promisorio en el nuevo mundo de la lectura sin papel. Como siempre, el poder y el dinero siguen al acecho del conocimiento. El capítulo central del libro es su polémica con google. La ambición de su biblioteca universal es descomunal: ¡todos los libros a disposición de todo mundo! La idea ya no es un sueño de Borges. Desde hace años la empresa digitaliza millones de libros de las principales bibliotecas del mundo. Darnton apoyó en un primer momento la empresa: lo veía como un salto en la democratización del saber. Sin embargo, como director de la Biblioteca de Harvard, fue desencantándose poco a poco hasta convertirse en crítico de la tarea. Las bibliotecas no pueden subordinar su servicio a la explotación mercantil. Google, argumenta Darnton, no es la plataforma para la democratización del conocimiento sino el gancho de su comercialización monopólica.
Publicado el 05:53 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Publicado el 11:10 a.m. en Isaiah Berlin | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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La National Portrait Gallery de Londres abre una exposición de retratos de Irving Penn. Entre las fotografías expuestas, esta maravillosa imagen de Cecil Beaton con desnudo:
Publicado el 10:43 a.m. en Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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En el discurso que Manuel Gómez Morin pronunció en septiembre de 1939 para trazar el rumbo del partido naciente, adelantaba un retrato de los panistas. A diferencia de Vasconcelos, el fundador de Acción Nacional apostaba por una institución, un órgano permanente de ideas y labores. Quienes tendrían en sus manos la proeza democrática serían hombres entregados al compromiso democrático que no se zambullirían por completo al agua de la política. Así los imaginaba Gómez Morin: “un conjunto de hombres de trabajo que no han hecho, que no harán de la política su ocupación constante, que trabajarán en ella por el sentido de un deber que, aun siendo primordial y preferente, no las exime del cumplimiento de otras obligaciones.” Así marcaba el rechazo de la política profesional: para nosotros la política no será “ocupación constante,” advertía. Ingresaremos al territorio para cumplir nuestros deberes, pero retornaremos pronto a nuestras labores cotidianas. Gómez Morin hablaba con sus palabras y con su propia vida: la política como distracción sabática, como un paréntesis en la gestión del despacho, una pausa en la administración de la empresa, un veraneo patriótico.
En esos mismos momentos se insinuaba otra veta de la psicología de Acción Nacional: la idea del compromiso político como hidalguía, antes que como responsabilidad pública. El primero orador que tomó la palabra en aquella convención fue el delegado por el estado de Veracruz, Manuel Zamora. El abogado e integrante del Club Rotario de Veracruz tuvo a bien referirse a sus compañeros de causa sin emplear la vulgaridad mexicana del “ustedes.” Vosotros os habéis echado una honda labor en vuestros hombros, decía. En buena hora evocaba las glorias de los reyes católicos. Los misioneros del PAN tendrían que purificar el alma mexicana. “Yo recuerdo (…) las palabras aquellas del más escéptico de los poetas, aquél que no creía en muchas cosas y que ante la niña de los ojos azules, como dos estrellas azules, después de afirmar que sí creía en el Padre y en el Hijo, agregaba que también creía en el Espíritu Santo, porque yo sé que el Espíritu Santo ha lanzado a la faz de la tierra, un grupo de caballeros que llevan una coraza infranqueable y que van con todas las armas propias para combatir la deslealtad y deshonor, la hipocresía, la concupiscencia, van armados con esas armas capaces de vencer y de destruir a los enemigos del género humano.” El Espíritu Santo germinando en México a un grupo de caballeros destinados a combatir la deslealtad y la concupiscencia. Benditos panistas cubiertos por una coraza de nobleza.
Publicado el 08:57 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (7) | TrackBack (0)
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Intrigado por la demencia del mercado del arte, el crítico australiano Robert Hughes encaró al coleccionista Alberto Mugrabi. ¿Cómo era posible que pudiera gastar tantos millones de dólares en piezas horribles, de nulo valor estético, cuyo único mérito que era costar millones de dólares? El padre de Mugrabi juntó una de las mayores colecciones de Warhol en el mundo. No puedo imaginarme algo tan abominable: despertar rodeado de las estampas de Marilyn Monroe, latas de sopa Campbells y cajas de detergente. La gran ventaja que encontraba en la onerosa afición era que los cuadros se clausuraban a los museos y al ojo público y se encerraban en algún palacete del mal gusto. El refunfuñante crítico afirmaba que el mercado del arte se ha convertido en un torneo para la autoglorificación de los ricos e ignorantes. Algo verdaderamente desagradable y vulgar marca el coleccionismo contemporáneo: un torneo de chequeras.
En ese medio raptado por el exhibicionismo monetario despuntan los coleccionistas más improbables: Herb y Dorothy Vogel. Él no terminó la secundaria, trabajó toda su vida en la oficina de correos de Nueva York; ella trabajó en una biblioteca. Viven un apartamentito y han dedicado su vida a coleccionar arte. Su arreglo financiero es sencillo: ella paga los gastos de la casa; el salario de él se destina íntegramente a la colección. Así, en un apartamento diminuto habitado por gatos, tortugas y peces, se fue almacenando una de las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo. Megumi Sasaki ha dirigido un documental fascinante sobre su historia titulado precisamente Herb & Dorothy . Buena parte de la cinta transcurre en una cocina donde apenas caben un par de sillas y una mesita. Todo el departamento está repleto de piezas de arte. Las paredes tapizadas de cuadros, esculturas y trazos; el baño vestido con un mural y una inscripción. Debajo de la cama se acumulan capas de cuadros, telas, dibujos. Los coleccionistas no acumulan: guarecen. Sábanas cubren algunas piezas para impedir que la luz los maltrate.
La magia de la película proviene de un par de personajes encantadores: bajitos y encorvados gnomos que recorren un bosque intrincado en busca de joyas. No son particularmente elocuentes. Herb, en particular, no es un hombre de muchas palabras. Pero en sus ojos está todo su entusiasmo. Apenas dice: “esto me gusta,” “¡qué bonito!” No fue a la universidad ni discurre sobre la noción de la muerte en el arte conceptual. Se acerca al arte reconociéndolo misterioso, inefable. En unas cuantas frases articulan su filosofía como coleccionistas: comprar lo que les gusta y lo que cabe en su casa. Las piezas tienen que caber en un taxi. No son sirvientes de la moda. Lo notable de su colección es que siguen el impulso de su olfato. Su colección se fue formando en el trato con artistas jóvenes y desconocidos que después serían afamados. Cuidándole el gato a Christo, se hizo de una pieza suya; del taller de Chuck Close pescaron una foto tirada en el piso. Durante horas examinan la producción de un artista para seleccionar una muestra. Coinciden los artistas que en su opción hay siempre un tino que detecta la pieza emblemática.
En 1992, los Vogel trasladaron su inmensa colección a la National Gallery de Washington. Formaron también paquetes de arte: cincuenta obras para cincuenta estados. De una cueva diminuta salieron camiones y camiones repletos de arte. El documental no solamente es el retrato de un amor de pareja y la historia de sus cariños. También es el reporte de una adicción.
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Publicado el 08:29 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Un rabioso movimiento político se activa en los Estados Unidos con llamados a la revolución. Su radicalismo verbal es inquietante. Hablan de una segunda guerra civil; citan al demócrata que llamaba a regar periódicamente la libertad con sangre de tiranos y patriotas; describen a su enemigo como un extranjero peligroso. Le pintan bigotito hitleriano; lo llaman socialista europeo, lo retratan como un psicópata criminal. Obama—si vale la expresión—es su blanco favorito, pero su furia se dirige a toda la clase política. Washington es el lugar maldito: la capital de las élites, el lugar distante que se empeña en confiscar libertades, elevar impuestos y entregar a la patria a sus enemigos. En los argumentos y en los reflejos del movimiento toma cauce una vieja tradición norteamericana que sospecha de la centralización y la fiscalidad, pero se expresa con nitidez la condición de cualquier populismo. Sea de izquierda o de derecha; de trópico o boreal, socialista o adorador del mercado, el populismo tiene rasgos comunes que brincan a la vista.
El primero es el tono de su política. El activismo conservador que ha despertado en los Estados Unidos no convoca a una causa cualquiera. Sus voceros en el radio y la televisión se desgañitan gritando alarma por la pérdida de las libertades y de la patria. El país está deslizándose al comunismo. Un presidente, en alianza con la élite izquierdista, pretende arrebatarle el alma a los Estados Unidos, dicen. A Obama lo retratan como un musulmán marxista que pone en riesgo la sobrevivencia de una nación cristiana y libre. Todos los enemigos de la nación se asocian para convertir a la nación elegida en lo que Dios no quiso nunca que fuera. Frente a la magnitud de estas amenazas, su política no puede ser ordinaria. No enfrentan simplemente a una administración extraviada o a un gobierno con ideas perjudiciales. Su batalla es contra quienes quieren destruir la esencia nacional. Por ello se llama a una movilización que no es simplemente acudir a depositar un papelito cuando sea el día de las elecciones. Se convoca a una movilización intensa, a la participación y aún al sacrificio. Se llama a recuperar el gobierno. Ahí está su gran atractivo y su enorme fuerza. El populismo despierta a la política a muchos para los que la cosa pública resultaba indiferente. El populismo involucra intensamente al ciudadano, lo entusiasma y, en alguna medida, lo posee. El discurso populista transforma toda controversia en épica histórica, si no es que en una misión religiosa. La desmesura es su característica saliente. ¿La ideología de Barack Obama? Afroleninismo, gritó alguien en una de las concentraciones recientes. Al populista, el afán de ponderación le parece preocupación de señorito.
La segunda nota del populismo es la claridad de su identidad: el pueblo finalmente se encuentra para defenderse de las élites. Ellas se han asociado desde hace tiempo para arruinarlo. Gobernantes, banqueros, lobistas, políticos de todos los partidos, unidos en la promoción de sus intereses. Ahora el pueblo ha cobrado conciencia de su condición y se presta a recuperar lo que le pertenece. Por ello la política populista es binaria y, en última instancia, conspiratoria. Su cuento es sencillo: nosotros contra ellos; los patriotas contra los traidores; el pueblo contra los de arriba. Una separación tan tajante conduce fácilmente a la desconfianza de todo lo que provenga del campo enemigo. Lo que digan el gobierno o ‘sus’ medios será inevitablemente una farsa. Los políticos profesionales serán siempre sospechosos. Sólo es confiable el pueblo y los órganos del movimiento. Será de ahí que nace la propensión del populismo a vivir en el mundo del conspiratismo: todo lo que sucede se explicará por los encuentros secretos de los poderosos que juegan a las cartas con el mundo. La razón, por supuesto, queda pisoteada por la certeza de la teología conspirativa. El populista se envuelve en sus prejuicios: toda información que contradice su visión del mundo es instrumento del enemigo para lavarle el cerebro a los otros.
Las reglas suelen ser también una incomodidad para los populistas. Si lo que la gente quiere es tan claro; si los intereses del pueblo son evidentes, para qué perder el tiempo con rodeos y procedimientos. Sarah Palin, unas estrellas del movimiento conservador, reiteraba hace un par de días la molestia de que los malos tuvieran derechos y que el presidente exigiera respeto por ellos. Necesitamos un comandante en jefe, dijo Sarah Palin, no un profesor de Derecho. La línea es elocuente. Recoge el fastidio que le causan las reglas y el antiintelectualismo del temperamento populista. Ahí están los ingredientes del caldo populista: incendio de la pasión política que modela a un pueblo que no tiene por qué atender las inoportunas restricciones legales.
Publicado el 08:27 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (6) | TrackBack (0)
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Otra puntada de Zizek. En una entrevista reciente, sugiere que Gandhi fue más violento que Hitler.
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Actualización:. Carlos Bravo me envía una nota que disiente de la transcripción de la entrevista. A juicio de un testigo de la entrevista Zizek dijo exactamente lo contrario a lo que el periodista reporta...
Publicado el 10:34 a.m. en Slavoj Zizek | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack (0)
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No hay peor pecado que arremeter contra la madre naturaleza. Nada más aberrante que desviarse de su cauce o maldecir sus instrucciones. Nadie tan soberbio como quien pretende corregirle la ortografía. Se nos dice que ir contra la naturaleza es propósito absurdo. En algo tienen razón: el mar se reirá de quien lo quiera quieto. Pero los que desean sujetarnos al imperio natural no lo hacen para advertirnos de su fuerza sino para sermonearnos con su sabiduría y su misteriosa bondad. Pontifican que la naturaleza es sabia, pretendiendo que olvidemos su crueldad. Preconizan que la naturaleza perfila siempre la virtud, como si no conociéramos su impiedad. Un hombre que nunca se vio los pezones llegó a decir que la naturaleza no hace nada en vano. La teología se apropió después de esa confianza para subordinarla a una inteligencia suprema, bondadosa e infalible. Será entonces que la creación es aleccionadora: de ella aprendemos no sólo causas y efectos, sino también moralejas.
dicen que nuestras instituciones existen para rendir homenaje a una inteligencia sobrehumana. Nos advierten que el límite de nuestra voluntad está en los preceptos naturales. Por ello las reglas han de escribirse con reverencia, con humildad: traducir para los hombres aquello que la infalible naturaleza ha redactado para los planetas, las hormigas y las familias. Si no somos capaces de alterar la órbita de la luna, no toquemos las instituciones naturales. Se sabe que nunca la letra humana alcanzará la belleza de la caligrafía original pero debe tenerla siempre como modelo. Sólo un monstruo como Oscar Wilde pudo ofender a la naturaleza comparándola desventajosamente con el arte. ¡Qué pasados de moda están los atardeceres!—decía en La decadencia de la mentira. Ya nadie puede interesarse en ellos. ¡Sólo el sentimentalismo provinciano puede conmoverse con una puesta de sol! Uno de sus personajes relata la invitación a contemplar la gloria del cielo. Al asomarse a la ventana no pudo ver más que un Turner de segunda categoría. Una pésima imitadora del arte resulta la naturaleza. Una puesta de sol es un cuadro de Turner en su peor época, con todas las fallas de su pintura exageradas de manera grotesca.
La política no puede seguir la insolencia de Wilde ni los pincelazos de Turner. Por eso jamás podría darle lecciones de color a la naturaleza. Su sitio es subordinado. La ley de los hombres no tiene permiso para enmendar la naturaleza. Pero para serle fiel ha de confiar en sus transcriptores, en aquellos que han logrado comprender su mandato. Quienes hablan en nombre de la naturaleza están convencidos de la unidad de sus preceptos. A pesar de que el mundo parece regodearse en la variedad; a pesar de que el clima, la vegetación y las culturas cambian con el tiempo y en la geografía, los descifradores del código natural se empeñan en trazar una única vía de convivencia, un solo camino del bien, un solo modelo de convivencia. Para ser adoradores de lo natural no son muy atentos a su variedad y muy poco perceptivos de sus caprichos.
Los comisarios de la naturaleza odian tanto lo artificial como lo diverso. Su paladar es incapaz de saborear las inconstancias. Se han convencido de que al bien se llega solamente por un camino. Están seguros de que la naturaleza ha querido para nosotros un uniforme. Por eso creen que no hay más familia que la suya; que no hay más moral que la suya; que no hay comunidad si no es idéntica a la propia. Desde luego, no es la suya, es la auténtica, la natural, la verdadera. El miedo a lo distinto se esconde en mandamientos sobrehumano. Lamentablemente, su dictamen no empata con el mundo que aparece a quien abre los ojos. Por eso se empeñan en negar lo diferente. Así, estos ejecutores de la voluntad natural se sienten circundados por anormales a los que se empeñan en curar. Para el conservador, la naturaleza es una inapelable carta de legitimación: si es natural es necesario; si es artificial resulta sospechoso o, de plano, maligno.
He tratado de decir que la naturaleza no es ordenanza ética y mucho menos recomendación política. Bienvenidas las instituciones contra natura; las alianzas contra natura; las prácticas contra natura; los deseos contra natura. Que a la naturaleza se subordinen las moscas y los beatos.
Publicado el 05:54 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (48) | TrackBack (0)
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