Hace unos años los estudiosos de las democracias enfatizaban la importancia decisiva de las instituciones. Discutían con vehemencia el efecto de tal o cual sistema electoral, de éste o aquél régimen de gobierno. En la definición de los alicientes y los castigos estaba la clave de la estabilidad y la eficacia de un gobierno. Se ofrecieron argumentos y pruebas para sostener que el régimen presidencial era prácticamente incompatible con el pluralismo. Otros salieron a la defensa de ese arreglo proponiendo una serie de variaciones. No era necesario mudarse definitivamente al edificio parlamentario sino hacer adaptaciones puntuales al mecanismo presidencial. No importan aquí las razones y las pruebas de este debate sino la solidez de aquella confianza: las instituciones definen el éxito o el fracaso de un sistema pluralista. El acierto en el diseño era la clave.
Hoy los mismos estudiosos se distancian de aquella fe. Las instituciones, por supuesto, importan. No puede pensarse que las reglas del juego sean irrelevantes. Pero parece construirse en estos tiempos una coincidencia académica producto de la experiencia internacional. Tras la última oleada democrática de fines de los años ochenta, no puede decirse que un paquete institucional sea inequívocamente superior a otro. Un mismo arreglo institucional puede tener efectos contrastantes en distintos países. Es interesante lo que ha escrito Phillippe Schmitter en la edición más reciente del Journal of Democracy. Hace un cuarto de siglo editó , junto con Guillermo O’Donnell el trabajo seminal sobre las transiciones a la democracia. Al reflexionar sobre lo que se ha aprendido desde entonces, se muestra escéptico sobre el efecto de las instituciones en el desempeño democrático. La historia reciente ha quebrantado la confianza ingenieril de hace unos años. No podemos pensar, en consecuencia, que existe una fórmula única para asegurar la eficacia democrática.
Vale la advertencia como prólogo al debate actual. El menú de propuestas debe ser analizado desde el escepticismo. En los días recientes los partidos de oposición han respondido a la iniciativa presidencial. El trazo de las propuestas dibuja regímenes contrastantes: el Ejecutivo dibuja un presidencialismo fortalecido, alentando la sintonía entre Congreso y Presidencia. El PRI y el PRD pretenden insertar mecanismos parlamentarios en la estructura constitucional. El gobierno busca fortalecer la presidencia, mientras que sus opositores buscan un Congreso con mayor peso en la formación y en la supervisión de la administración. A pesar de esto, existen coincidencias importantes. El gobierno y el PRI (por lo menos su bancada en el Senado) se han pronunciado por la reelección de los legisladores. El acuerdo no es poca cosa. Abre la posibilidad de una carrera parlamentaria que no cuelgue en exclusiva de la voluntad de los partidos sino de la evaluación de los electores. De concretarse la reforma institucional en este solo cambio, tendríamos, a mi entender, una transformación valiosa.
El gran debate parece estar en la conformación del congreso. Ningún partido coincide en este tema. Gobierno y PRI quieren un congreso más pequeño; anhelan una legislatura con mayoría clara, pero lo intentan por vías distintas. El PRD, por su parte, quiere una legislatura más receptivo de la diversidad política. La iniciativa presidencial busca fortalecer al partido que gane la presidencia. Ese es el propósito de elegir diputados y senadores una vez que se conozca el nombre del presidente electo o cuando se celebre la segunda vuelta. El candidato ganador previsiblemente arrastraría votos a favor de su partido. El PRI, conocedor de su poderío regional, alienta la formación de una mayoría en el Congreso debilitando la proporcionalidad.
Las tres iniciativas proponen cambiar los puentes entre los poderes. El Ejecutivo quiere fortalecer (modestamente) los poderes legislativos del presidente. No le otorga facultad para legislar sin el Congreso, pero lo faculta a definir (en parte) la agenda del Poder Legislativo. PRI y PRD sugieren darle al Congreso voz en la conformación del gabinete presidencial. En el caso de la propuesta de los senadores priistas, el presidente nombraría apenas con libertad a su equipo inmediato: no solamente secretarios de Estado, sino también titulares de organismos descentralizados, requerirían la ratificación del Senado. Mientras el gobierno panista advierte que padecemos una presidencia débil; el PRD y el PRI la quieren restringir más. Los senadores del PRI proponen un mecanismo de sustitución presidencial que termine con el peligrosísimo enredo constitucional actual. Un secretario de gobernación previamente ratificado por el Senado ocuparía la presidencia en caso de falta definitiva del presidente, en tanto el Congreso nombre al sustituto.
Ninguna iniciativa propone acortar el (larguísimo) periodo presidencial mexicano.
JS-HM dice con respecto a la reelección de los legisladores: “De concretarse la reforma institucional en este solo cambio, tendríamos, a mi entender, una transformación valiosa. (Reforma 01mar10)” Opino que esta afirmación es un error, está equivocada, está mal, debe analizarse más a fondo.
No/no sería valiosa la reelección de los legisladores, debido a que falta la democratización de los medios de comunicación en México. Es condición previa necesaria la democratización de los medios de comunicación en México, para que muchas de las “transformaciones [sean] valiosas”.
PRIMERO LA DEMOCRATIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN MÉXICO.
Publicado por: RCM | 01/03/2010 en 12:19 p.m.
El descontento parece generalizado. Hace unos días, Evan Bayh (“Why I’m Leaving the Senate?”) decía que las instituciones legislativas en su país han fracasado y que el Congreso necesita reformarse. Varios de los síntomas que enlista no nos resultan ajenos: http://www.nytimes.com/2010/02/21/opinion/21bayh.html?emc=eta1&pagewanted=all. También los británicos padecen lo propio. Claire Fox, la directora del Institute for Ideas, lamenta el estado del debate político en su país: http://www.instituteofideas.com/newsletters/the_battle_for_politics_2010.html
En ningún caso podemos alegar precocidad democrática. ¿No debemos, más bien, impulsar un giro copernicano en el diseño de nuestras instituciones?
Publicado por: sbc | 01/03/2010 en 06:39 p.m.
Herzog-Márquez, inicia el debate sobre las propuestas de reformas al diseño institucional de los pesos y contrapesos entre el poder ejcutivo y el legislativo, a partir de una mirada sobre la investigación realizada en la ciencia política. El comparativista Schmitter es lúcido al respecto y traerlo al debate, como lo hace Herzog-Márquez, enriquece los puntos de vista sobre el tema. Una teoría más integral sobre el diseño institucional es la teoría de jugadores con veto de Tsebelis. He ahí lo interesante de las reflexiones de Herzog-Márquez: invita a la reflexión sobre el diseño de nuestras instituciones desde la ciencia política.
Noé Hernández Cortez.
Publicado por: Noé Hernández Cortez | 02/03/2010 en 02:16 p.m.
aChucho:
Empiezas por subrayar el justificado esceptisismo de los comparativistas respecto a la ingeniería institucional y después afirmas que a mera aprobación de la reelección legislativa sería muy sana. La realidad es que la experiencia internacional demuestra que la pretendida "profesionalización" no se da en las dimensiones en los que nos anuncian los panigiristas de dichas reelección y que la supuesta "rendición de cuentas" es sumamente relativa. Te pregunto por ejemplo, ahora que vienen los comicios británicos, ¿Qué motiva más al elector, votar para que el gobierno nacional sea encabezado por Cameron o Brown o "premiar" o "castigar" al diputado de su distrito? me parece que la respuesta es obvia.
Es completamente cierto eso de que hay demasiados cliches en estos de sobrevalorar ciertas instituciones.Por favor tú no caigas en la tampa
Publicado por: El Oso Bruno | 03/03/2010 en 07:33 a.m.
sobre la largueza del periodo presidencial, la teoría es que se busca una continuidad en el proyecto propuesto por el Presidente para el país.
El supuesto es que se tenga el tiempo necesario para desarrollarlo. Ése es el argumento con el que países como Venezuela aumentaron el periodo de 5 a 6 años en la constitución reformada en 1999.
Una propuesta interesante sería el caso de EUA, donde si 6 años le parecen largos, sr. Silva - Herzog Márquez ¿qué opina entonces de los periodos de 8 años cuando son reelectos los Presidentes allá? Lo interesante del caso sería que es producto de una reelección.
Publicado por: Marina | 03/03/2010 en 11:31 p.m.