Si atendemos el discurso electoral de la temporada parece que hemos regresado al país de hace veinte años. Hay un partido invencible y tramposo al que solamente puede derrotar una alianza de todos sus adversarios. El PRD y el PAN unidos para desbancar al PRI. No deja de ser curioso: uno de ellos ocupa la presidencia desde hace más de una década pero trasmite cotidianamente su nostalgia de la brega opositora. El otro estuvo a un pelo de ganar la presidencia pero hoy parece aterrado por la posibilidad de ser barrido en las elecciones. Y el PRI, sin haber dado un solo paso en su renovación, es hoy el partido más popular y el menos aborrecido.
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Debe ser muy desesperante tener una receta para curar los males de un hombre enfermo y que el paciente no siga los consejos del médico. El doctor que bien conoce su ciencia ha hecho ya el diagnóstico y ha detallado el tratamiento, las medicinas y las dosis. Pero el paciente no hace caso. Sigue comiendo lo que le hace daño y escuchando consejos de los farsantes. Es una desgracia que la salud dependa de la voluntad de quienes no saben. Cierta política padece esa impaciencia. La mentalidad tecnocrática se desespera ante los obstáculos del pluralismo. Ha hecho el diagnóstico de los padecimientos nacionales y tiene una fórmula para resolverlos. Al ver que la estructura política no abraza con entusiasmo sus proyectos, ha llegado a la conclusión de que el problema está en la pluralidad.
La negociación se ubica como el núcleo de los problemas nacionales. Cuando se negocia, la fórmula correcta se ensucia; el pizarrón se contamina de vocabulario indocto y las decisiones enérgicas que necesitamos se diluyen en debilidad e incoherencia. Desde luego, quienes entienden la negociación como un fastidio se refugian en otras cosas: lamentan la existencia de un gobierno dividido; denuncian el abuso de las minorías y cuestionan (con razón) su representatividad. Pero los circunloquios académicos y políticos expresan, en realidad, reproches a la negociación. Se ha colado en el ánimo nacional un hartazgo de la negociación que bosqueja la ilusión de que el país sería mejor si no fueran necesarios los pactos.
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