El contraste de estilos fue notable, aún para quien no sigue con atención los informes del Vaticano ni entiende la riqueza de sus símbolos. Tras un papa seductor de los medios, un predicador infatigable empeñado en recorrer todo el planeta, llegó un teólogo a sucederlo. No tiene el encanto ni el vigor de su antecesor. La sonrisa no le brota con naturalidad. Trajo consigo, sin embargo, extraordinarias credenciales intelectuales. Un auténtico filósofo, un teólogo erudito, un pianista notable: un intelectual que no ha rehuido el debate público. Hace unos años el Fondo de Cultura Económica publicó un librito que recoge el diálogo que sostuvo con Jürgen Habermas. El filósofo y el teólogo se reunieron en enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera para discutir sobre los cimientos prepolíticos de la sociedad. La ponencia de Ratzinger me parece admirable por su erudición y lucidez. Más áspero fue su intercambio con Paulo Flores D’Arcais sobre la existencia de Dios. No es lugar para pesar sus argumentos. Destaco tan sólo la solvencia intelectual del pontífice.
Las reflexiones del teólogo no son, sin embargo, meros argumentos en el tejido de una conversación. No son opiniones de un religioso, sino actos de poder. Durante casi un cuarto de siglo fue el vigía de la fe y hoy es la cabeza de una institución milenaria. Fue un severísimo cuidador de la ortodoxia, un duro censor de opiniones disidentes, un celosísimo custodio de la tradición. El centinela de la doctrina fue inflexible con quienes se apartaban de su ruta. Su teología instituía una rigidez implacable. Su sapiencia alimentaba una cruzada de intolerancia. Ratzinger fue, sin duda, un extraordinario censor. Ninguna idea le parece inofensiva. Si su encomienda era evitar la ventilación de la organización religiosa más grande y más longeva del mundo, cumplió cabalmente su cometido. Benedicto XVI está convencido de que los males del mundo contemporáneo derivan de la Ilustración y no quiere que esas luces entren en su templo. La guerra de las civilizaciones de la que hablaba Huntington no es para él la batalla entre el islam y el mundo occidental sino el enfrentamiento de la cultura religiosa contra la cultura sin dios. Por ello se ha empeñado en cerrar las puertas de la iglesia a cualquier perversión moderna. Cuidar que el pensamiento de la Iglesia no se desvíe, vigilar que su enseñanza no se contamine por la moda de estos siglos recientes.
Pero esta obsesión por las ideas, esta manía teológica contrasta con la permisividad frente a los crímenes cometidos por sacerdotes católicos. Se trata de una tolerancia cómplice, un caso claro de encubrimiento. En su iglesia no habrá lugar para algún párroco que piense distinto; pero sí para quien ha violado niños.
Los crímenes sexuales al interior de la Iglesia son vistos como pecados; no como delitos. Como escándalos que agreden la reputación de la Iglesia, no como crímenes que merecen castigo ejemplar. Para él, el escándalo ha sido el intento de desprestigiar a la Iglesia; no la larga lista de víctimas. Las acusaciones que han llegado hasta la cima de la Iglesia son para el papa “murmuraciones de la opinión dominante.”
La heterodoxia será imperdonable para él; pero la violación de niños debe recibir comprensión, si es que hay arrepentimiento del pecador. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger tuvo a su cargo investigar numerosas violaciones (no deben llamarse simplemente abusos sexuales) cometidas por sacerdotes católicos. Conoció de numerosos crímenes sexuales en Alemania y en Estados Unidos… y no hizo nada. El New York Times ha publicado trabajos periodísticos notables que detallan la responsabilidad directa del papa en la inacción y el encubrimiento. Como obispo de Munich, supo del caso del padre Hullerman quien obligó a un niño de 11 años a practicarle sexo oral. Ratzinger no dio aviso a la policía y estuvo de acuerdo con el traslado del sacerdote para recibir ayuda psicológica, manteniendo su trabajo eclesiástico y su contacto con niños—a los que, en poco tiempo, volvió a agredir sexualmente. También supo del caso del cura Murphy de Wisconsin, acusado de violar cerca de 200 niños sordos. No hizo nada. Le preocupaba, ante todo mantener el secreto. Más que la suerte de las víctimas, le ha importado proteger la reputación de la Iglesia. De su pluma salió, sí una amenaza: excomulgados quedarán quienes divulguen los hechos; no quienes hayan cometido los crímenes. No sé, preguntaba Andrew Sullivan hace unos días, si haya algo más repugnante moralmente, que colocar la imagen una institución por encima de la protección de niños que han sido sexualmente atacados. Pero esa ha sido la decisión del papa.
Cazar disidentes, encubrir pederastas. Ahí está es la verdadera dictadura del relativismo: castigo implacable a quien se aparta de la doctrina; perdón y terapia a los curas que, por comprensible debilidad carnal, se meten en los pantalones de los niños.
Para obtener una visión, a mi juicio más, justa sobre como el Papa ha manejado los casos de pederastia, tanscribo este articulo.
El cardenal Levada pide al “New York Times” reconsiderar los ataques al Papa
Asegura que no son justos
Por el cardenal William J. Levada*
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 2 de abril de 2010 (ZENIT.org).- En nuestro crisol de pueblos, lenguas y orígenes, los estadounidenses no nos distinguimos como ejemplos de "alta" cultura. Pero podemos estar orgullosos por lo general en nuestra pasión por la justicia. En el Vaticano, donde actualmente trabajo, mis colegas - ya sea en las reuniones de cardenales o funcionarios de mi oficina - proceden de muy diversos países, continentes y culturas. En el momento de escribir esta respuesta de hoy (26 de marzo de 2010) he tenido que admitir ante ellos que no estoy orgulloso del periódico americano New York Times, como un modelo de justicia.
Digo esto porque el 30 de marzo el Times presenta por un lado un extenso artículo de Laurie Goodstein, una importante columnista, titulado Warned About Abuse, Vatican Failed to Defrock Priest (Advertido sobre los abusos, el Vaticano no suspendió a un sacerdote, n.d.t), y por otro un editorial adjunto titulado The Pope and the Pedophilia Scandal (El Papa y el escándalo de pedofilia, n.d.t.), en el que los editores consideran el artículo de Goodstein un informe preocupante (énfasis en el original) como base para sus propias acusaciones contra el Papa. Tanto el artículo como el editorial son deficientes en todos los estándares razonables de justicia, que los estadounidenses tienen todo el derecho - y la expectativa de encontrar – en la información de sus principales medios de comunicación.
En su párrafo inicial, Goodstein se basa en lo que ella describe como "archivos recién desenterrados" para señalar lo que el Vaticano (es decir, el entonces cardenal Ratzinger y su Congregación para la Doctrina de la Fe) no hizo – “expulsar del sacerdocio al padre Murphy”. Noticias impactantes, al parecer. Sólo después de ocho párrafos de prosa grandilocuente, Goodstein revela que el padre Murphy, que abusó criminalmente de casi 200 niños sordos, mientras trabajaba en una escuela en la archidiócesis de Milwaukee entre 1950 y 1974, "no sólo nunca fue procesado ni disciplinado por el sistema judicial eclesiástico, sino que también consiguió un 'pase' de la policía y los fiscales, que ignoraron los relatos de sus víctimas, según los documentos y entrevistas con éstas".
Pero en el párrafo 13, al comentar una declaración del padre Lombardi (el portavoz del Vaticano) de que la ley eclesiástica no prohíbe que cualquier persona denuncie los casos de abuso a las autoridades civiles, Goodstein escribe: "Él no explicó por qué nunca sucedió en este caso". ¿Acaso olvida, o que sus editores no leen , lo que ella misma escribió en el párrafo nueve sobre el hecho de que Murphy conseguió "un pase de la policía y los fiscales"? Según su proprio relato, parece claro que las autoridades penales habían sido informadas, muy probablemente por las víctimas y sus familias.
El relato de Goodstein salta adelanta y atrás, como si no hubiesen pasado más de 20 años entre los informes de los años 60 y 70 de la archidiócesis de Milwaukee y la policía local, y la petición de ayuda de monseñor Weakland al Vaticano en 1996. ¿Por qué? Porque el nudo del artículo no trata sobre los fracasos por parte de la Iglesia y las autoridades civiles para actuar en su momento. Yo, por ejemplo, mirando este informe, coincido en que el Padre. Murphy merecía ser expulsado del estado clerical por su atroz comportamiento criminal, lo que normalmente sería el resultado de un juicio canónico.
El nudo del artículo de Goodstein, en cambio, es atribuir el fracaso en llevar a cabo esta expulsión al Papa Benedicto XVI, en lugar de a las decisiones diocesanas del momento. Ella utiliza la técnica de repetir la ristra de cargos y acusaciones provenientes de diversas fuentes (y las de su propio periódico no son las menos importantes), y trata de utilizar estos "archivos recién descubiertos" como base para acusar al Papa de indulgencia e inacción en este caso y, presumiblemente, en otros.
Me parece, en cambio, que tenemos con el Papa Benedicto XVI una gran deuda de gratitud por la introducción de los procedimientos que han ayudado a la Iglesia a tomar medidas frente al escándalo por abuso sexual de menores por parte de sacerdotes . Estos esfuerzos se iniciaron cuando el Papa era cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y continuaron después de ser elegido Papa. Que el Times ha publicado una serie de artículos en los que se pasa por alto la importante contribución que ha hecho - especialmente en el desarrollo y aplicación de la Sacramentorum Sanctitatis Tutela, el Motu proprio expedido por el Papa Juan Pablo II en 2001 - me parece a mí suficiente para justificar la acusación de falta de la justicia que debería ser el sello distintivo de cualquier periódico de renombre.
Déjeme decirle lo que una lectura imparcial del caso Milwaukee parece indicar. Las razones por las que las autoridades eclesiásticas y civiles no actuaron en los años 60 y 70, aparentemente, no figuran en estos "archivos recién descubiertos." Tampoco el New York Times parece estar interesados en saber por qué. Pero lo que surge es lo siguiente: después de casi 20 años como arzobispo, Weakland escribió a la Congregación pidiendo ayuda para hacer frente a este terrible caso de abusos en serie. La Congregación aprobó su decisión de emprender un proceso canónico, ya que el caso se refiere a proposiciones durante la confesión - uno de los delicta graviora (delitos más graves) por los que la Congregación tenía la responsabilidad de investigar y tomar las medidas oportunas.
Sólo cuando se supo que Murphy se estaba muriendo, la Congregación sugirió a monseñor Weakland que se suspendiese el juicio canónico, ya que implicaría un largo proceso de toma de declaraciones a un buen número de víctimas sordas de décadas anteriores, así como del sacerdote acusado. No obstante, propuso medidas para garantizar que se impusiesen restricciones adecuadas sobre su ministerio. Goodstein infiere que esta acción implica "clemencia" hacia un sacerdote culpable de crímenes atroces. Mi interpretación sería que la Congregación se dio cuenta de que un proceso canónico complejo sería inútil si el sacerdote se estaba muriendo. De hecho, he recibido recientemente una carta no solicitada del vicario judicial que fue el presidente del tribunal en el juicio canónico, en la que me dice que nunca recibió ninguna comunicación sobre la suspensión del juicio, y que no habría estado de acuerdo a ella. Pero el Padre. Murphy había muerto en el ínterin. Como creyente, no tengo ninguna duda de que Murphy se enfrentará a Aquel que juzga a los vivos ya los muertos.
Goodstein también se refiere a lo que ella llama "otras acusaciones" sobre la reasignación de un sacerdote que había abusado de niños anteriormente a otra diócesis, por parte de la archidiócesis de Munich. Sin embargo, la Arquidiócesis ha explicado repetidas veces que el responsable, el Vicario General monseñor Gruber, admitió su error en la toma de esa decisión. Es anacrónico de Goodstein y el Times sostengan que el conocimiento sobre los abusos sexuales que tenemos en 2010 deberían de alguna manera haber sido intuidos por quienes detentaban la autoridad en 1980. No es difícil para mí pensar que el profesor Ratzinger, nombrado arzobispo de Munich en 1977, hiciera lo que la mayoría de los nuevos obispos suelen hacer: permitir quienes ya se encargaban de la administración de 400 o 500 personas sigan llevando a cabo la tarea que ya ejercían.
Cuando miro hacia atrás mi propia historia personal como sacerdote y obispo, puedo decir que en 1980 nunca había oído hablar de ninguna acusación de abuso sexual de este tipo por parte de un sacerdote. Fue sólo en 1985, cuando asistí como obispo auxiliar a una reunión de nuestra Conferencia Episcopal de EE.UU. donde se presentaron datos sobre este asunto se presentó, cuando supe de estos hechos. En 1986, cuando fui nombrado arzobispo de Portland, comencé a afrontar personalmente acusaciones por el delito de abuso sexual, y aunque mi "curva de aprendizaje" fue rápida, aún estaba limitada por los casos particulares que se me presentaban.
Aquí están algunas cosas que he aprendido desde entonces: muchos niños víctimas son reacias a denunciar incidentes de abuso sexual por el clero. Al presentarse de adultos, el motivo más frecuente que aducen no es pedir el castigo del sacerdote, sino advertir al obispo y a los responsables de personal para que se pueda evitar a otros niños el trauma que ellos han experimentado.
Al tratar con los sacerdotes, he aprendido que muchos sacerdotes, cuando se enfrentan a acusaciones del pasado, admiten de manera espontánea su culpabilidad. Por otra parte, me he dado cuenta de que la negación no es infrecuente. Hay casos en los que ni siquiera los programas de tratamiento residencial han logrado romper su negativa. Incluso terapeutas profesionales no llegan a un diagnóstico claro en algunos de estos casos; a menudo sus recomendaciones son demasiado vagas para ser útiles. Por otro lado, los terapeutas han sido de gran ayuda a las víctimas para que afornten los efectos a largo plazo de los abusos en la infancia. Tanto en Portland como en San Francisco, donde tuve que lidiar con problemas de abuso sexual, las diócesis siempre pone fondos disponibles (a menudo a través de la cobertura del seguro diocesano) para la terapia de las víctimas de abuso sexual.
Desde el punto de vista de los procedimientos eclesiásticos, la explosión de la cuestión de los abusos sexuales en Estados Unidos llevó a la adopción, en una reunión de la Conferencia Episcopal en Dallas en 2002, de una Carta para la Protección de Menores contra el Abuso Sexual. Esta Carta establece las directrices uniformes sobre cómo denunciar los abusos sexuales, las estructuras de rendición de cuentas (Juntas que incluyen a miembros del clero, religiosos y laicos, incluidos expertos), informes a un Consejo Directivo nacional, y programas de educación para las parroquias y escuelas en la sensibilización y la prevención de la violencia y el abuso sexual a los niños. En varios países han sido adoptados por autoridades de la Iglesia otros programas similares: uno de las primeros fue adoptado por la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, en respuesta al Informe Nolan realizado por una comisión de alto nivel de expertos independientes en 2001.
Fue sólo en 2001, con la publicación del Motu proprio del papa Juan Pablo II Sacramentorum Sanctitatis Tutela (SST), cuando la responsabilidad de guiar la respuesta de la Iglesia Católica sobre el problema del abuso sexual de menores por parte de clérigos fue asignada a la Congregación para la Doctrina de la fe. Este documento papal fue preparado para el Papa Juan Pablo II, bajo la dirección del cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Contrariamente a algunas informaciones de prensa, la SST no quitaba la responsabilidad al obispo local para actuar en casos de denuncias de abuso sexual de menores por parte de clérigos. Tampoco se trataba, como algunos han teorizado, de parte de una conspiración desde lo alto para interferir en la jurisdicción civil en estos casos. En su lugar, SST exige a los obispos que informen sobre las acusaciones creíbles de abusos a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la puede prestar un servicio a los obispos para asegurar que los casos se manejan adecuadamente, de acuerdo con la ley eclesiástica vigente.
Éstos son algunos de los avances de esta nueva legislación de la Iglesia (SST). Ha permitido un proceso de simplificación administrativa para llegar a una sentencia, conservando así el proceso más formal de un juicio canónico para los casos más complejos. Esto ha sido una ventaja sobre todo en las diócesis misioneras y pequeñas, que no cuentan con un equipo fuerte de canonistas bien preparado. Se prevé erigir tribunales interdiocesanos para ayudar a las diócesis pequeñas. La Congregación tiene la facultad de establecer excepciones a la prescripción de un delito (estatuto de limitaciones) a fin de permitir que se haga justicia, incluso en "casos históricos". Por otra parte, la SSM ha modificado la ley canónica en casos de abuso sexual, ajustando la edad de un menor a 18 para que corresponda con la ley civil actual en muchos países. Proporciona un punto de referencia para los obispos y superiores religiosos para obtener asesoramiento sobre el manejo uniforme de los casos de los sacerdotes. Tal vez lo más importante de todo, ha designado los casos de abuso sexual de menores por clérigos como delicta graviora: delitos más graves, como los crímenes contra los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, perennemente asignados a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esto en sí mismo ha puesto de manifiesto la seriedad con que hoy la Iglesia lleva a cabo su responsabilidad de ayudar a los obispos y superiores religiosos para evitar que estos crímenes se repitan en el futuro, y para castigarlos cuando se producen. Este es un legado del Papa Benedicto XVI que facilita enormemente la labor de la Congregación, que ahora tengo el privilegio de dirigir, en beneficio de toda la Iglesia.
Después de la Carta de Dallas de 2002, fui nombrado (entonces era arzobispo de San Francisco) para formar parte de un equipo de cuatro obispos que debía obtener la aprobación de la Santa Sede para las Normas Esenciales que los obispos de América habíamos desarrollado para permitirnos hacer frente a las acusaciones de abusos. Debido a que estas normas interfieren con el Derecho Canónico vigente, que requiere la aprobación antes de ser aplicadas como ley particular para nuestro país. Bajo la presidencia del cardenal Francis George, arzobispo de Chicago y actualmente Presidente de la Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos, nuestro equipo trabajó con expertos del Vaticano canónica en varias reuniones. Encontramos en el cardenal Ratzinger, y en los expertos que él asignó a reunirse con nosotros, una cordial comprensión de los problemas que afrontábamos como obispos americanos. En gran medida gracias a su orientación, pudimos llevar nuestro trabajo a una conclusión exitosa.
El editorial del Times se pregunta "cómo los funcionarios vaticanos no sacaron lecciones del enorme escándalo en los Estados Unidos, donde más de 700 sacerdotes fueron expulsados en un periodo de tres años". Puedo asegurar al Times que el Vaticano, en realidad, no ignoraba ni ahora ni entonces estas lecciones. Pero el editorial del Times continúa mostrando la tendencia de siempre: "Pero luego leemos informe preocupante de Laurie Goodstein. . . Acerca de cómo el Papa, cuando todavía era cardenal, fue personalmente advertido sobre un cura ... Pero los líderes de la Iglesia eligieron proteger a la iglesia en vez de a los niños. En el informe se ilumina el tipo de conducta de la Iglesia estaba dispuesto a mantener para evitar el escándalo”. Disculpenme, editores. Incluso el artículo d Goodstein, basado en los "archivos recién desenterrados”, pone las palabras sobre la protección de la Iglesia del escándalo en los labios del arzobispo Weakland, no en los del Papa. Es precisamente este tipo de fusión anacrónica que creo que merece mi acusación de que el Times, precipitándose en emitir un veredicto de culpabilidad, carece de imparcialidad en sus informaciones sobre el Papa Benedicto.
Como miembro a tiempo completo de la Curia romana, la estructura de gobierno que lleva a cabo las tareas de la Santa Sede, no tengo tiempo para lidiar con los artículos casi diarios de Rachel Donadio y otros, y mucho menos con las ridículas repeticiones de loro de Maureen Dowd sobre el "inquietante informe de Goodstein". Pero cuando se trata de un hombre con y para quien tengo el privilegio de trabajar, como su “sucesor” como prefecto, un Papa cuya encíclicas sobre el amor y la esperanza y la virtud económicas tanto nos sorprendieron y nos hicieron pensar, cuya semanales catequesis y homilías Semana Santa nos inspiran, y sí, cuya dinámica de trabajo para ayudar a la Iglesia hacer frente con eficacia con el abuso sexual de menores sigue ayudándonos hoy en día, pido al Times que reconsidere su forma de atacar al Papa Benedicto XVI y que de al mundo una visión más equilibrada de un líder con el que se puede y se debe contar.
* El cardenal Levada es Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
El texto fue publicado en la edición on-line del Catholic San Francisco
Publicado por: Jose Luis Robles | 05/04/2010 en 11:04 a.m.
Yo sólo quiero saber por qué sómos incongruentes en nuestras exigencias. Exigimos un estado laico, pero pedimos justicia civil a la iglesia. Si los sacerdotes incurren en un delito "civil", ¿por qué pedimos que la iglesia los castigue? Debería no importarnos qué sanción le pueda o no aplicar la iglesia al cura violador o pederasta. Lo único que deberíamos exigir es que las autoridades civiles le apliquen la ley civil. Es entendible que este argumento no lo oponga la iglesia en su defensa, porque no quiere ponerse en las manos de las autoridades civiles. Pero ¿tenemos que pedirle permiso para denunciar penalmente a un sacerdote? Si alguien es responsable de que un cura violador o pederasta no reciba el castigo de la ley civil (no canónica ni divina) es la autoridad civil.
Publicado por: Francisco Sánchez | 05/04/2010 en 01:54 p.m.
A ver señor Silva Herzog: usted que es serio para muchos temas, da flojera con su anticatolicismo. Lea bien las noticias. Lo que publicó el NYT ni siquiera coincide con los documentos que ellos mismos exhibieron. Precisamente este Papa le está entrando al toro por los cuernos. Le recuerdo que el Papa no es la PGR y que en diversos documentos, como la carta de Irlanda, muestra palabras muy duras en lo teológico -que a usted le da lo mismo- y en lo civil, porque dice que los encubridores darán cuenta ante las autoridades eclesiásticas y civiles. Pero a usted eso le parece poco ¿no? ¿qué quiere? no se olvide que los delincuentes mostraron dos caras siempre y engañaron, como ocurre con los abusadores civiles, que son los más. Muy mal intencionado y decepcionante su artículo. Un juicio sumario sin pruebas. Lástima, ojalá rectifique, es de hombres de bien y de verdaderos intelectuales.
Publicado por: María José de Fonseca | 05/04/2010 en 02:26 p.m.
Silva Herzog, te equivocas en lo mas elemental: el sujeto de tu crítica. Si de personas se tratara, el mayor encubridor de pederastas fué sin duda Juan Pablo II, fué durante su papado que los casos que hoy salen a la luz se encubrieron por mandato directo del Vaticano. Lo políticamente correcto -como haces tu- es atacar a un papa que no tiene carisma, y que -en ello tienes razón- es una intelectual. Ratzinger, como pensador, se ha ocupado siempre de la búsqueda de la verdad -en sus términos teológicos-, y no ha sido un político, un buen político. Contrario, Wojtyla fué un buen político, un excelente político diría yo: manejó a las masas, a los medios y a otros líderes con su carisma. Pero eso no lo indulta de su extremado conservadurismo: siempre se pronunció severamente contra el aborto y el uso de los anticonceptivos a pesar de su necesidad en países de África y América Latina, estuvo en contra de la mujeres sacerdotes, en contra de la eliminación del celibato. Y por supuesto, fué el gran encubridor de Marcial Maciel.
Ahora bien, siendo tu un seudo-intelectual orgánico -en términos gramscianos- obvio que no dirigirías tus baterías contra un hombre al cual la gente quiere santificar por el simple hecho de que era extremadamente carísmático. No, te vas contra un papa que no tiene nada de carisma y que casi no tiene seguidores. Pero más aún, desconoces -o no quieres hacer ver- que en éstos casos, son las autoridades eclesiáticas locales las que encubren, incluso en varios casos con la anuencia de sus comunidades, con tal de no 'dañar' moralmente a su iglesia. Ello ya es tema de otra discusión. Que pena por tu opinión.
Publicado por: Criticacida.wordpress.com | 05/04/2010 en 03:16 p.m.
Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger
“La dictadura del relativista”, artículo que publica hoy Silva Herzog Márquez en el periódico REFORMA, es una reflexión crítica que contrasta los criterios filosóficos que sustenta Ratzinger con su postura frente a los hechos de pederastia en que han incurrido ciertos sacerdotes católicos. Una exposición del "relativismo" de Ratzinger se encuentra en su debate con el filósofo de la razón comunicativa Jürgen Habermas, publicado por Letras Libres en junio del 2005, aquí el link
http://letraslibres.com/pdf/7925.pdf
Noé Hernández Cortez
Publicado por: Noé Hernández Cortez | 05/04/2010 en 03:28 p.m.
Muy buen articulo Jesus.
No entiendo por qué te reclaman que no cuestiones a Juan Pablo II. Ése no es elntema ahora. Si fue más conservador o más encubridor que Benedicto no importa ya. Lo relevante es saber si Ratzinger es responsable de encubrimiento. Me gusta el contraste que haces entre el inquisidor y el permisivo.
Publicado por: Gabriel Hinojosa | 05/04/2010 en 04:17 p.m.
Jsh: no citas la conclusión de Sullivan en su blog: cualquier autoridad civil envuelta en un escándalo de este tipo habría ya renunciado. Eso debe hacer Benedicto en esta crisis histórica como la llamo Barranco: que renuncie si quiere cuidar la autoridad moral de la Iglesia.
Publicado por: raspungis | 05/04/2010 en 04:25 p.m.
Creo que la centralidad que ha tomado el tópico de los abusos de parte de sacerdotes no hace más que manifestar una transformación en el acomodo de las relaciones de poder en las sociedades contemporáneas, que se expresa como un cambio en la percepción general de la frontera entre lo público y lo privado.
Repentinamente las víctimas comienzan a reconocerse como tales y encuentran un apoyo en los medios masivos de comunicación. El vaticano no ha reparado en que muchas de sus políticas y campañas publicitarias, como su postura contra el aborto y la anticoncepción, están ancladas en un modelo inadecuado para pensar y regular las nuevas maneras en que los sujetos se relacionan con los demás y consigo mismos. Todo esto es especialmente manifiesto en prácticas relacionadas con la sexualidad.
El problema no es, como plantea hoy en su artículo Francisco Ugarte, que la sociedad moderna ofrezca "más tentaciones" a los curas que en el pasado. El problema es que quieren seguir ejerciendo el poder desde la tenebra, ejerciendo un fuero político que todavía podían ejercer durante la guerra fría. Tampoco tiene mucho sentido elucubrar quién es más culpable, si este papa o el anterior. Lo que urge es atender la arquitectura institucional del vaticano, de corte absolutista y machista. La cual no carece de vínculos con sus tradiciones, sus prácticas y su doctrina. Que sirva como ejemplo la renuencia a la ordenación sacerdotal femenina.
El papa se muestra como un déspota ilustrado, asfixiado por una corte que no dejará de ponerlo de cabezas. Su bagaje teológico lo tiene atado y su biografía lo inculpa más que a nadie. Más le valdría pedir licencia.
Publicado por: Carlos | 05/04/2010 en 07:08 p.m.
Le recomiendo leer la carta del Papa a los católicos de Irlanda. Ahí el Papa para nada se parece a un encubridor ni tampoco matiza los delitos tan sólo como pecados. Benedicto XVI deja claro que los sacerdotes pederastas:
- han traicionado la confianza depositada en ustedes por jóvenes inocentes y sus padres
- deben responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos
- admitan abiertamente su culpa y sométanse a las exigencias de a justicia
Me parece que como analista y comentador debiera ser menos parcial y buscar ser más objetivo. Le recomiendo la agencide noticias Zenit.org. Ahí puede enterarse de las posturas del Papa, obispos y sacerdotes ante toda esta lamentable situación.
Publicado por: Juan Pablo Lagunas | 05/04/2010 en 08:49 p.m.