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Publicado el 12:02 p.m. en Slavoj Zizek | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack (0)
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Dice José Bergamín que lo que importa del aforismo no es que sea cierto. Lo que importa es que sea certero. Ese tino puede verse en sus flechazos al toreo. A propósito de la decisión de los catalanes, vale regresar al Arte de birlibirloque de José Bergamín (Ediciones Turner, 1994). También pueden pescarse algunos aforismos en su Obra esencial, publicada en 2005 por la misma editorial. Aquí algunos aforismos:
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La compañía holandesa Philips ha desarrollado una idea de diseño para reintegrar lo natural a lo doméstico: reincorporar las tonalidades del tiempo a la casa, recibir el exterior en las habitaciones, filtrar los ruidos:
Visto acá:
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A pesar de que en los créditos no aparezca la leyenda “una película de…”, la pluma de Arriaga es notoria desde el principio. Sus conocidos empeños narrativos son bien visibles: historias, lugares y tiempos que se entretejen para mostrar un complejo arco de emociones. Un cine repleto de alegorías, fascinado por nuestras sombras; nublados rompecabezas que indagan el tormento de la culpa y el anhelo de redención; perturbadores parentescos de sangre. Arriaga regresa al territorio que conoce. Vuelve a decir lo que ha dicho, y lo dice de la misma manera en que ya lo ha dicho. El amor prohibido, la animalidad humana, la insufrible sobrevivencia. La cinta muestra con gran elocuencia el peso de los dolores viejos. La estructura misma de la película enfatiza la cicatriz sobre la herida. Más que la tragedia, su perseverancia. Arriaga reconoce sus tics literarios y se escuda en una fórmula de Sábato: no somos nosotros quienes elegimos nuestras obsesiones, decía Sábato. Ellas nos escogen.
La fotografía es espléndida, las actuaciones magníficas, el libreto en general funciona (aunque tropieza en un par de ocasiones) y los relatos andan a su ritmo. Este llano en llamas (así se titula la película en inglés: The Burning Plain) es una película de hechura impecable. Pero lo que se extraña en esta cinta es osadía. El cazador no tuvo el valor para rechazar la comida congelada (aunque haya sido preparada por él mismo) y salir a la aventura de la caza. El talento del escritor se tumba en sus hábitos. Por supuesto, Guillermo Arriaga insiste en trasquilar la cronología y en desintegrar los mapas. El problema es que el acertijo no engancha emocionalmente como lo consigue 21 gramos, su obra maestra. Es que ahí la ruta enigmática de las narraciones no es meramente un crucigrama intelectual, sino una brutal exploración de intimidad. En fuego se repite el desafío al espectador que es llamado a acomodar las piezas de varias historias, pero el reto se vuelve superficial en lo emotivo y bobo en lo detectivesco. Los habitantes de esta “obra de cine” no alcanzan la complejidad que los haga entrañables. Los hilos de las historias se van enlazando poco a poco y se descubre finalmente el lazo entre el fuego en el desierto y la helada sexualidad, pero las vidas no conforman volumen. Después de coser los trozos en el lienzo de lo inteligible, aparece un melodrama extraordinariamente simple. La película vale la pena por las admirables actuaciones de Charlize Theron y de Kim Basinger, pero ni su maestría actoral logra insertar vida a los personajes. Este fuego, más que un llano ardiente, es fuego plano.
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Publicado el 08:04 a.m. en Andar y ver, Cine | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Publicado el 03:04 p.m. en Video | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Simon Schama visita la nueva exposición de Matisse que se presenta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Matisse es, quizá, el más amado de todos los maestros. ¿Hay alguien a quien no le guste Matisse? Será porque, como nadie, abrazó el sentido del placer.
Publicado el 11:52 a.m. en Arte, Simon Schama | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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A Chávez no le ha bastado montar la legitimidad de su régimen en la leyenda bolivariana; ha necesitado adueñarse físicamente de sus restos. La macabra apropiación tiene, por supuesto una intención política. Como ha apuntado Rafael Rojas, la exhumación busca aportar otra alegoría al chavismo: Simón Bolívar no murió de tuberculosis, sino que fue envenenado por el imperialismo. El héroe no pudo haber caído por azares de bacterias diminutas, sino por la perversidad de los enemigos de la patria. Revelar un asesinato de hace 180 años es atizar la guerra permanente; poner en guardia a la república contra esos criminales históricos que sólo cambian de traje pero no de propósito.
El respaldo de los cadáveres es una de las formas primigenias de la legitimidad. Los muertos suelen ser más dóciles que los vivos y pueden llegar a decir lo que los poderosos quieren escuchar de ellos. Todo régimen político, sea democrático o autocrático, levanta su prestigio en algún cementerio. Cualquier política pretende instalarse en el tiempo y por eso busca rehacer los recuerdos para usarlos en su beneficio. Pero las autocracias suelen tener mayor obsesión por el pasado. La arrogancia del déspota le impide medirse con sus contemporáneos: sólo los hombres de bronce, los inmortalizados en piedra y en poesía son sus camaradas. El déspota no está sujeto a leyes, no se detiene ante la advertencia de las instituciones, pero se convence de que es fiel a un llamado de la historia. Los muertos lo llaman y lo cuidan.
Publicado el 08:28 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (6) | TrackBack (0)
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De Harold Edgerton, el fotógrafo de la velocidad, visto por acá.
Publicado el 10:23 a.m. en Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (6) | TrackBack (0)
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Parece, en efecto, un argumento de Dan Brown: durante milenios una obra a la vista de generaciones, encierra un secreto que es, finalmente, descifrado. Pero no es novela sino documento académico, al parecer, bien fundado. Jay Kennedy, un historiador de la ciencia ha releído la obra de Platón y ha encontrado un mensaje que no está en las metáforas ni en los argumentos sino en la métrica. Resulta que, según las investigaciones del detective, los diálogos se integran por líneas de 35 caracteres y cada obra se conforma con múltiplos de 12. La conjetura es, por supuesto, que no se trata de una casualidad sino de un mensaje oculto. El número 12 evoca musicalidad, según Kennedy, recordando la notación de los pitagóricos. Consonancias y disonancias agrupadas matemáticamente. A Leo Strauss, autor de Persecution and the Art of Writing
, la idea le habría resultado fascinante: el sabio oculta su mensaje verdadero a sus contemporáneos para que la posteridad la descubra.
El mensaje habría estado cifrado por su carácter subversivo: en la música de las matemáticas está la clave del universo, no en las órdenes del Olimpo.
Publicado el 09:23 p.m. en Filosofía, Música | Enlace permanente | Comentarios (8) | TrackBack (0)
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Publicado el 11:31 a.m. en Isaiah Berlin, Teoría política | Enlace permanente | Comentarios (10) | TrackBack (0)
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Manuel Gómez Morin entendió que la política era una batalla contra el arrebato. Hacer política era remar contra la precipitación y aún contra el instinto. Domar la bestia con paciencia; resistir sus carnadas con razón. A eso dedica cartas a Vasconcelos que bien se pueden leer como uno de los argumentos más coherentes de nuestra tradición contra la tentación personalista. El admirador del maestro no creyó nunca en su Llamado. El entusiasmo es un cerillo corto. Ni al mejor de los hombres debe entregarse toda la esperanza: un proyecto auténtico de renovación exige tiempo, ideas, estructura. Necesitamos, decía Gómez Morin, una “organización bien orientada.” Eso quería: una organización bien orientada y selecta, con entereza e ideas claras.
El producto está desorientado y bien desorientado tras la desgracia del éxito. Su dirigente nacional se muestra orondo, palabra que el diccionario vincula a la satisfacción presuntuosa pero también a la hinchazón hueca. El éxito de su estrategia reciente lo mantiene en su puesto pero, en realidad, es síndrome de un extravío o, más bien, de varios. A diez años de haber ocupado la presidencia de la república, el Partido Acción Nacional no tiene más eje que sus antipatías primitivas. El PAN no encuentra otra propuesta, no halla otro mensaje que su antagonismo inicial. Incapaz de hacer acopio de éxitos recientes y promesas atractivas, se ha puesto en renta: un simple vehículo del antipriismo. Después de décadas de oposición y diez años de gobierno, el PAN es una mala copia del partido opositor que fue. Es un partido desdibujado, marcado por la inseguridad, el miedo y el resentimiento.
Publicado el 10:24 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (7) | TrackBack (0)
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Publicado el 05:01 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Tony Judt regresa a la Mente cautiva
, el extraordinario ensayo de Czeslaw Milosz publicado en 1953 que analiza la seducción intelectual del estalinismo. Cuando en los años setenta Judt usaba el libro en algún curso universitario, tenía que explicar la desilusión marxista; treinta años después se veía forzado a justificar la ilusión misma. Hoy resulta difícil entender la entrega a una fantasía intelectual como la utopía marxista. Pero Judt descubre otro tipo de captura que atrapa la inteligencia occidental: la hegemonía liberal, la fe en el mercado, el miedo al islam son los nuevos barrotes de la vieja cárcel descrita por Milosz. La prueba de la esclavitud ideológica, dice Judt, es la incapacidad de imaginar alternativas. Concluye con comillas de Milosz: la esclavitud intelectual es "el miedo a pensar por uno mismo."
Publicado el 08:52 a.m. en Milosz, Tony Judt | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Es una pena, pero su nombre terminará adornando edificios públicos. El odiador de la pompa parlamentaria, inmortalizado en letras de oro. Más temprano que tarde su apellido se asentará en mármol. Monsiváis, el iconoclasta, es fundador de la nueva cultura oficial. Habría que hacerle honor a su ironía: estatua ecuestre para Monsiváis. Su mirada (no lo aplaudo) se volvió hegemónica. Tal vez no nos hemos percatado de la manera en que la idea México fue transformada por la tenacidad de sus párrafos. México se observa hoy, en buena medida, desde sus anteojos.
Valdría la pena hablar de la ambición intelectual de Carlos Monsiváis y, sobre todo, de su poder. Podría pensarse que una obra tan abundante y tan despeinada tiene vida de papel periódico: crónicas hechas para la lectura apresurada y el envoltorio del pescado. Desparramada en miles de publicaciones, brincando de tema en tema, enlazando lo sublime con lo trivial, su escritura esconde el hilo. Se trata de una imponente labor de curaduría nacional: hospedar ficciones y acontecimientos; imágenes y melodías; héroes y villanos; eruditos y vedettes en el mosaico de la cultura mexicana. Una cuidada edición de su obra revelerá el impacto que ha tenido entre nosotros su manera de ver. Sus retratos de poetas y galanes de cines son certificados de pertenencia. Sus crónicas los aloja en el paisaje nacional con plenos derechos. La cultura mexicana se espesa con esa prodigiosa diversidad que Monsiváis documentó como nadie. Nuestra cultura no es, no puede ser el patrimonio de los eruditos y los inspirados: es nuestro vocabulario común.
Por eso no creo exagerado ubicarlo en el linaje de Alfonso Reyes y Octavio Paz. Como ellos, escribió convencido de que escritor y escritura son arcilla de la comunidad. Monsiváis está lejos, por supuesto, del ceremonial literario de estos poetas que incurrieron en la diplomacia. Pero, como ellos, honra aquella convicción de que la cultura es la verdadera formadora de comunidad. El intelectual como minero de riquezas desconocidas, y guardián del patrimonio común. El intelectual como el responsable de hacer habitable la nación. Reyes, Paz, Monsiváis representan tres búsquedas de nuestro albergue.
Leyendo a Reyes, el helenista, Carlos Monsiváis escribe que la inteligencia fabrica ciudades. La suya, como la de sus dos predecesores, ha forjado nuestra aldea. Reyes, buscaba enseñanzas en la antigüedad clásica. Pedía, para las izquierdas, el latín. Para las derechas, también. No aceptaba la condena a lo extranjero y lo remoto: lo mejor está siempre vivo y es nuestro. Paz escudriñó los símbolos de México para darle al país un espejo de mitos poéticos. Quiso encontrar nuestra cara en las metáforas de la memoria. Ambos pretendieron, con la persuasiva seducción de su elogio, moldear el lenguaje y la imaginación de México. No es distinto el propósito de Monsiváis el cronista, el crítico, el activista. El coleccionista no va en busca de lecciones ahí donde brotó la civilización occidental. Tampoco paladea las insinuaciones de la soledad mexicana o los emblemas de la conquista. Nos invita a conocer las carpas, los sonetos, las telenovelas, las fiestas, los chistes, las organizaciones de la gente. México no necesita ser instruido por la filosofía ateniense ni ser inventado por la poesía: merece ser visto. A verlo y a mostrárnoslo, se dedicó Carlos Monsiváis.
Publicado el 11:14 a.m. en Alfonso Reyes, Andar y ver, Octavio Paz | Enlace permanente | Comentarios (8) | TrackBack (0)
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