Los desplantes de la barbarie se han
convertido en nuestra rutina. Cada día conocemos un tranco más de su imperio. A
diario nos despertamos con el anuncio de un salvajismo que no imaginábamos
posible. Los límites se borran cotidianamente. Una fiesta cívica es cimbrada
por una bomba; un candidato es asesinado por la mafia; un coche explota en la
mitad de una ciudad; se extorsiona a la prensa para imponerle mensajes. ¿Cómo
escapar de esa trivialización del salvajismo? ¿Cómo eludir el lugar común que
salivamos? Nombrando que nos acecha el infierno. Es cierto que la vida social
no puede ser paraíso pero puede ser ocupada por el infierno: ese lugar donde
reina el miedo, la soledad y el terror.
El infierno no son los otros, sino uno
mismo. El infierno es la prisión de uno mismo. La idea la suelta, como si nada,
T. S. Eliot en una obra de teatro
:
¿Qué es el
infierno? El infierno es uno mismo.
El infierno es uno solo; sus
otras figuras
son meras proyecciones. No hay
nada de qué escapar
y nada a dónde escapar.
Uno está siempre solo.
El infierno es presencia constante en
la poesía de Eliot. Su abismo no está en el ardor del fuego sino la tortura de
la incomunicación. Leyendo a Dante, dijo que el infierno es “un lugar donde
nada conecta con nada.” Un pueblo de piedras que no se rozan. Aquí no hay agua
dice en La tierra baldía. Sólo
piedra. Eliot sabía bien que el infierno no nos esperaba con paciencia en otro
mundo, sino que nos visitaba aquí y se quedaba entre nosotros. En la multitud
muerta de las calles se insinuaba su reinado: “cada quien con la vista delante
de sus pies.” En 1925 Eliot publicó un poema sobre los hombres “rellenos de
aserrín.” Los hombres huecos se
titula el poema. Deambulan por ahí hombres paralizados y sin ojos; sombras
incoloras que susurran sin encontrar palabra. Imaginan la tortura eterna como
un despertar a solas.
¿Es esto así
En el otro reino de la muerte
Despertar a solas
A la hora en que temblamos de ternura?
Labios que quisieran besar
Formulan oraciones a la piedra rota.
No hay ojos, ni palabras, ni cambio en
ese valle hueco. Ásperas rutinas sin sentido:
“damos
vueltas al nopal, al nopal, al nopal.”
Y el mundo acaba no con un tronido
sino con un lamento que ya nadie oye. No es un bang, es un ay al que
nadie presta atención.
México da vueltas al nopal, al nopal,
al nopal. Nuestra rotación alrededor del cactus es la espiral de una violencia
cuya barbarie parece no tener fin. El infierno se ha instalado aquí: está en
los teléfonos que trasmiten la amenaza; en los avisos de quienes empuñan la
vida ajena como pieza de trueque; en las visitas de la extorsión; en la ostentosa
exhibición de la crueldad; en los monstruosos ritos de la muerte. La violencia
más inhumana se establece entre nosotros. Ataca a todos, y cobra víctimas por
todas partes. Empieza a dominar a un país hueco. Hueco, como el hombre de
aserrín de T.S. Eliot, con la cabeza embutida en paja, sin ojos y sin forma. Un
país hueco que, a doscientos años de empezar el camino de su independencia, no ha
sido capaz de construir Estado ni nación; un país que no ha conseguido orden ni
fraternidad.
Siguiendo la pista de Eliot, podríamos
decir que el infierno mexicano radica en sus aislamientos. En ausencia de una legalidad
que cobije a todos, el país trunca los lazos perdurables de la comunicación. Vivimos
a la intemperie del Estado, sin un poder que procure el interés común, que
establezca reglas confiables y garantice paz. El Estado, el agente al que
corresponden las tres tareas, aparece a veces como promotor de intereses
parciales, a veces como endeble policía, a veces como cómplice de malhechores. El
Estado pues, no ha ganado sitio en nuestro entendimiento como la única
plataforma común. Todos taladramos la quilla del barco mientras se hunde. Discutamos
el rumbo del barco, el menú de la cena y el reparto de los camarotes, pero para
ir a cualquier lado, para comer cualquier cosa, para poder descansar
necesitamos dejar de perforar la madera de nuestra pervivencia.
Mientras cada quien siga clavando la
vista en sus zapatos, los violentos continuarán imponiendo su reinado.
LA CULTURA PUEDE SER LA MÁS CRUEL DE LAS CIRCUNSTANCIAS...
elioteando
Professor:
Evito felicitarte. Haces la diferencia. No estás sembrando en el mar. Hundido en la tristeza de la realidad me congratulo de apreciar tu talento y de ocupar tiempo y esfuerzo en leerte y en intercambiar ideas—enviando torpes ensayos de mi parte.
He buscado encontrar herramientas para poder entender la realidad mexicana en autores que estén por encima de lo imaginario. Orwell, Huntington, Kaplan, Olson y Conrad (Nostromo nuestro = Apocalypse Now) me han ayudado. L. Frank Baum y su Mago de OZ también. Así como otras lecturas y las lecturas de historia.
Coincidencias. Por coincidencia hace unos meses tuve que indagar sobre Merton-Oxford. Encontré que entre sus glorias estaba el más británico de los americanos (en Oriel reina J. H. Elliot que con su miopía castellana causa dudas dado mi portugalismo).
Por casi 40 años no había vuelto a T. S. (excepto por una enamorada cita de unos renglones recibidos tiempo atrás), entonces me hice acreedor a una inmerecida F en English Literature, en mi único año de college en inglés. Mucho aprendí en el aprecio por este Eliot y otros muchos que aparecen en el tumbaburros de Lionel Trilling y en mis pocos libros.
Si bien la maestra con la que reprobé, cuyo nombre casi rima con bitch, aducía que yo no tenía el suficiente comando del idioma inglés: Creo que lo que no tenía tu servidor, a los 17 años, era el suficiente comando de la idea de la realidad, no tenía experiencias.
Remontada la inocencia, no puedo decir que afortunadamente, pero por aquellas y estas razones he revisitado últimamente a Eliot y a unos pocos otros. Lo que termina siendo una enorme coincidencia con tus lecturas y escrituras.
Ver remontar las etapas de edad y juventud hundiéndose en el remolino.
Girando atrapados alrededor del nopal. Si los australianos hicieran nuestra película se llamaría MadMex.
¿Qué va ser de México si lo abandonan los fenicios?
IV. MUERTE POR AGUA (no del remolino del Alex)
FLEBAS, el Fenicio, muerto dos semanas ha, se olvidó del llamado de las gaviotas, y de corrientes oceánicas
y de ganancias y pérdidas.
Una susurrante corriente submarina
sus huesos recogió. Como subió y cayó
remontó las etapas de su edad y juventud
hundiéndose en el remolino.
Gentil o judío
oh, tú, que vas al timón y miras a barlovento, piensa en Flebas, que otrora fuera bello y tan alto como tú.
Publicado por: FMGARZAM | 02/08/2010 en 11:00 a.m.
Creo que uno de los principales problemas del país (entre otros muchos) es un problema de educación y, sobre todo, un problema de ética. En muchos lugares (escuelas, campañas de televisión, etc...) se tratan de enseñar "valores" morales chafas y exhortaciones vacías sin que nadie se preocupe de enseñar algo que nos compete a todos como personas y como sociedad: la responsabilidad de nuestras decisiones y de nuestro trato con los demás. Sólo con responsabilidad sobre lo propio se pueden sentar las bases para exigir a los demás lo suyo y esos son dos de las carencias más importantes, la falta de responsabilidad y la falta de exigencia.
Publicado por: Alfonso Fierro | 02/08/2010 en 12:58 p.m.
“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”. (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)
Para que no sea un gemido.
Publicado por: sbc | 02/08/2010 en 09:18 p.m.
Saludos Jesús, soy Luis Alberto Herrera Álvarez, uno de tus lectores en la ciudad de Guadalajara a través de Público-Milenio. Tú artículo “México hueco” me llamó profundamente la atención, precisamente por centrarse en lo que tú llamas la “barbarie” o el “salvajismo” que estamos atestiguando en las luchas intestinas del crimen organizado y que, como bien dices, se está perdiendo del análisis en toda esta situación.
Si me permites, quisiera compartirte un escrito que, me parece, tiene ideas afines a las tuyas, y que me surgieron a partir de un video que me mostraron sobre una ejecución entre narcotraficantes.
En este video, se puede observar a un hombre sentado en una silla al centro de la imagen, sin camisa y encapuchado, según recuerdo, con las manos atadas. A sus costados hay cuatro hombres (dos por cada lado) cargando rifles de asalto que lo custodian. Frente a él, un hombre de pie lo interroga sobre sus actividades que lo confirman de un grupo contrario.
Es la estética imperfecta, oscura, casera y perturbadora de los videos de los movimientos fundamentalistas islámicos. La misma. También mezcla un poco de los interrogatorios que en ocasiones podemos conocer a través de los medios de comunicación, en los que los elementos de una corporación de seguridad lanzan una serie de preguntas al detenido sobre sus delitos. En ese sentido, es también una representación teatral muy efectiva.
Luego de las preguntas el interrogador saca una daga muy pequeña que hunde en el cuello del hombre en la silla, y empieza a cercenar muy poco a poco. El momento más escalofriante se presenta segundos antes de que el cuchillo toque el cuello, justo cuando le levantan ligeramente la cabeza para exponer el área donde harán el corte y el hombre reacciona con unos gemidos que apenas surgen de terror: sabe lo que le depara y entonces implora. Al final el verdugo toma la cabeza separada y la acerca a la lente, la muestra como su trofeo.
La violencia más devastadora en un anticlímax sostenido. Una crueldad tan desnuda, tan distinta cuando no se encuentra bajo las luces y el maquillaje hollywoodesco, que resulta a la vez cercana, trivial, tan simple y por ello mismo, aterradora.
Salvo el inicio, será la daga que corta la única trama que lo ocupa todo hasta el desenlace. El video es tan poderoso que difunde al mismo tiempo la muerte más irrelevante con el testimonio más acabado de la oquedad de la que hablas en tu artículo.
No lo entiendo. ¿Qué nos llevó a esto? ¿Qué enseñanzas? ¿Qué creencias? ¿Qué ideologías? ¿Qué valores o la carencia de cuáles? ¿Es esto una especie de fundamentalismo? Yo creo que sí, que en lo esencial, lo es.
Criticamos el sistema educativo mexicano. ¿Son estos sus resultados?
Entiendo Jesús cuando se intenta aplicar las leyes del mercado al narcotráfico, eso lo vuelve más simple: Mientras haya demanda habrá oferta, las organizaciones criminales son, por lo tanto, sólo piezas dentro de este juego con reglas que lo hacen prácticamente mecánico y que buscan básicamente la generación de ganancias económicas. Sí, pero ¿cómo se explica desde ahí una decapitación como ésta? ¿Dónde encaja el verdugo y su víctima?
¿Cuáles son los caminos que vinieron recorriendo la barbarie o el salvajismo mexicano? ¿Qué tiene que ver con la religiosidad del ‘pueblo mexicano ‘”? ¿Esta violencia es producto de una alta religiosidad que todavía se presume, o más bien de una concepción de lo religioso y lo místico en realidad insignificante, carente de sentido, hueca, sin canales y alternativas claras para llevarse a la práctica y ejercitarse? Incluso, sin un arquetipo de moralidad vigente y coherente.
¿Quién nos está enseñando a decapitar hombres mientras están vivos? ¿Se aprende en la casa, en la escuela o en la oficina? ¿Cómo aprendimos la técnica para cegar nuestros sentimientos mientras la sangre corre?
¿Se habrá vuelto, Jesús, la sociedad mexicana un ‘horno’ para la generación de movimientos fundamentalistas de esta gravedad? ¿Estarán dejando de ser narcotraficantes para convertirse en fundamentalistas mexicanos, convencidos al extremo de un sistema de ideas que nos resulta por completo extraño, incomprensible pero no por ello menos presente, o es, por el contrario, la ausencia toda, el vacío, el deseo simple de lo más inmediato –banal- lo que los mueve a tales actos de crueldad?
Es decir, ¿En qué creen? ¿Qué los motiva? ¿Es posible reducir todo en pragmatismo? Y aquí pretendo llegar a mi argumento. Me cuesta creer que lo que está sucediendo pueda explicarse desde la teoría económica, desde la disputa de los territorios para controlarlos y vender su mercancía y obtener ganancias. No me basta con emparentar a estas organizaciones criminales con empresas de tinte monopólico, ya no. Percibo una base ideológica, quizá axiológica, que sostiene su actuación, que los nutre de razones y motivaciones, una desde la cual interpretan y que da luz a su camino; les brinda un sentido. Este elemento es el que estamos perdiendo de vista al limitarnos al simple ámbito de los dineros.
Jesús, no será que estamos evadiendo el análisis de este andamiaje de significados y representaciones que pudiera ser fundamental en el entendimiento de esta violencia entre grupos. Constreñirnos a la lógica económica para interpretar esta guerra de cárteles ya no es suficiente.
Un ejemplo, qué diríamos del que asegure que el hombre de la yihad que se vistió de explosivos y se hizo estallar en la plaza pública lo hizo solamente para salir en el noticiario de las 9 pm. En México, actualmente, deducimos que el hombre que degüella a otro mientras sigue vivo, en realidad, sólo tiene como fines vender un mayor volumen de mercancía y expandir su número de clientes.
Recientemente leí un libro de Alain Finkielkraut que se llama “La Humanidad Perdida”, donde el autor expone la peculiaridad de las personas para decidir quién o qué grupos merecen ser reconocidos con el “pleno derecho a la humanidad”, sus semejantes, y quienes, en contraparte, son extraños, ejemplares de una especie desconocida y, por ende, peligrosa.
Déjame citarte esto:
“La idea de que todos los pueblos del mundo forman una humanidad única no es, ciertamente, consustancial al género humano. Es más, lo que ha distinguido durante mucho tiempo a los hombres de las demás especies animales es precisamente que no se reconocían unos a otros. Un gato, para un gato, siempre ha sido un gato. Por el contrario, un hombre tenía que cumplir unas condiciones draconianas para no ser borrado, sin apelación posible, del mundo de los humanos. Lo propio del hombre era, en los inicios, reservar celosamente el título de hombre exclusivamente para su comunidad“.
Me parece que hemos explorado muy poco el elemento antropológico que se encuentra en la capacidad de los sicarios para desnaturalizar, deshumanizar al otro. Recuerdo una columna de Diódoro Carrasco, también en Milenio, en la que, citando a una especialista en seguridad, señalaba que resultaba por demás extraño tal grado violencia entre organizaciones criminales que terminaba por afectar a su mismo negocio, pues al llegar a esos niveles obligaba a la intervención del Estado mexicano.
Es decir, si una parte de la esencia de estos grupos se basa en la búsqueda de consensos y acuerdos para la obtención de beneficios mutuos, pues los de México parecen haber olvidado desde hace tiempo este aspecto de sus actividades.
Después, Finkielkraut cita a Claude Lévi-Strauss, en una conferencia impartida en la UNESCO: “La noción de humanidad que engloba, sin distinción de raza o de civilización, todas las formas de la especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión limitada. Allí donde parece haber alcanzado su más elevado desarrollo, no existe ninguna seguridad –así lo demuestra la historia reciente- de que esté a salvo de los equívocos y de las regresiones. Pero para amplias fracciones de la especie humana, y durante decenas de milenios, esta noción parece estar totalmente ausente. La humanidad se acaba en las fronteras de la tribu, del grupo lingüístico, a veces incluso del poblado: hasta tal punto que muchas poblaciones llamadas primitivas se designan a sí mismas con un nombre que significa “los hombres” (o a veces -¿quizá eufemísticamente?- los “buenos”, los “excelentes”, los “completos”), lo que implica que la demás tribus, grupos o poblados no participan de las virtudes o incluso e la naturaleza humanas, sino que a lo sumo están compuestas de “malos”, de “malvados”, de “monos” o de “huevos de piojo”. A menudo se llega incluso a desposeer al forastero de este último grado de realidad, convirtiéndolo en un “fantasma” o en una “aparición”. De esta manera llegan a producirse unas extrañas situaciones en las que dos interlocutores se oponen agresivamente”.
Bueno, pues básicamente era esto lo que te quería exponer. Saludos.
Publicado por: Luis Alberto Herrera Álvarez | 05/08/2010 en 01:51 a.m.
La violencia más inhumana se establece entre nosotros.
Publicado por: Gucci Watches, Rado Watches, Bvlgari Watches, replica Gucci Watches | 12/08/2010 en 03:39 a.m.