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James Fallows cree que un anuncio perdurará de esta campaña electoral. Se trata de un mensaje de Citizens Against Government Waste, un think tank en principio bipartidista, que en esta campaña tiene una inclinación política muy clara.
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Las perspectivas del presidente Obama son malas, como suelen serlo para los presidentes de Estados Unidos, a esta altura del cuatrienio. Es casi una regla de su calendario político el que el Ejecutivo sea debilitado, dos años después de asumir el cargo. De hecho, solamente en dos ocasiones, el presidente se ha fortalecido en la elección intermedia. La excepcionalidad de las circunstancias justifican la norma: la primera fue durante la gran depresión; la segunda, tras los ataques terroristas del 2001. No extrañan, pues, las encuestas que anticipan la derrota de los demócratas. Bajo una crisis tan pronunciada, el gobierno no puede dejar de padecer un castigo. Lo que extraña es el tono de la campaña del 2010. Y no me refiero en particular a la polarización, ni a la vehemencia del antagonismo: hablo de la explanada que se ha abierto a los absurdos más inconcebibles, la miseria del debate electoral, la gratuidad de las chifladuras, la ausencia de asideros de la razonabilidad.
Piénsese que la mayor parte de los republicanos cree que Barack Obama simpatiza con el fundamentalismo islámico y estaría de acuerdo con que impusieran su ley en todo el mundo. No es que piensen que es débil ante los terroristas, indeciso o incompetente sino que creen es un aliado de los terroristas. Un porcentaje menor, pero nada despreciable de los republicanos, el 24% de ellos, está convencido de que Obama es… el Anticristo. Tras la elección del 2008, la decepción era casi inevitable. Pero lo asombroso es la manera en que el personaje se ha convertido en un collar de los horrores más inverosímiles. La pregunta es cómo se han podido diseminar las versiones más infundadas en ese país, cómo es posible que se haya perdido el marco elemental de sensatez que contiene el debate público.
Tengo la impresión de que el populismo de derecha ha encontrado una tecnología al servicio de sus manías. El populismo que ha tomado por asalto al Partido Republicano ha recurrido a todos los estereotipos del nacionalismo y del antielitisimo que forman parte de la larga tradición populista de ese país. Pero se ha servido de una transformación comunicativa relevante. Nadie duda que la política cuenta hoy con instrumentos poderosos de comunicación. Armas de la disidencia, vehículos de la denuncia, redes para la promoción de causas que pueden terminar con el aislamiento que tanto sirve al poder. No idealizo el activismo del clic. Malcolm Gladwell ha ubicado bien los límites de esa política dactilar. No le pidamos la revolución al timeline de twitter. Lo que parece innegable es que la forma de comunicación política se ha transformado sustancialmente. Se habla mucho de los aspectos nobles de la innovación tecnológica. Pero hay otra tendencia paralela al fin del periodismo tradicional: el angostamiento de los espacios comunes, la paradójica disminución de la esfera pública. El lector-elector de los Estados Unidos depende cada vez menos del diario hegemónico de su ciudad y del noticiero de la gran cadena por la noche. Se informa con un paquete de información hecho a su medida. Lee lo que quiere leer; ve lo que quiere ver; escucha lo que quiere escuchar. El periodismo deja de ser una ventana para convertirse en una cazuela de espejo. Información para confirmar lo que se piensa y para reforzar los prejuicios.
Hemos construido una portentosa tecnología del solipsismo: instrumentos del aislamiento y de la polarización que bien pueden escapar de la exigencia cardinal de un régimen democrático: ofrecer razones, ventilarlas públicamente. Así, una candidata puede ganar una elección para restaurar una constitución cuya santidad amenazan los comunistas de la Casa Blanca, sin tener la menor idea de lo que dice la constitución. Se puede comparar al presidente Obama con Hitler y con Stalin y hablar de la reforma de salud como un proyecto que pretende aniquilar a los ancianos sin dar la menor prueba de lo que se dice. El solipsisimo es la convicción extrema del subjetivismo: sólo existo yo. Pues bien, la tecnología contemporánea ofrece un mundo a la medida de uno mismo.
Por supuesto, la tecnología puede expandir horizontes, pero puede también recortarlos dramáticamente. Hoy puedo tapizar herméticamente mi universo con el repertorio de mis prejuicios. Y puedo convencerme, además, de que esa celda es el mundo. El potencial de este ostentoso aislamiento es inmenso. El populismo norteamericano no se sirve de grandes concentraciones (aunque ha tenido alguna vistosa) y no encuentra un caudillo (aunque tiene sus estrellas). Pero tiene un partidario novedoso. No es el hombre-masa, sino el hombre-cápsula. Sus oídos escuchan solo lo que ha decidido oír; sus ojos ven sólo lo que quiere ver. No sabe más que lo que ya sabía. Su ignorancia es orgullosa porque encuentra siempre legitimidad en la ignorancia común. La tecnología ha liberado a cierta clase política de un compromiso elemental: razonar en público.
Publicado el 05:33 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (10) | TrackBack (0)
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Publicado el 11:53 p.m. en Ciencia, Richard Dawkins | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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Vista aquí.
Publicado el 11:12 p.m. en Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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Alfred Brendel ha dejado los conciertos. Desde hace tiempo, el gran pianista no se pone traje de pingüino para tocar las grandes sonatas del repertorio clásico en las salas más famosas del mundo. Se ha concentrado en la literatura; ha publicado ensayos, libros de poesía
y dicta conferencias. Harold Pinter, al descubrirlo como poeta, dijo: “los mismos dedos creando un nuevo sonido.” Entre sus poemas aparece éste que me atrevo a traducir, a pesar de que ya ha brincado del alemán al inglés.
Somos el gallo y la gallina
Somos también los pollitos¿y qué hay del huevo?
¿quién es el huevo?
SOMOS EL HUEVO
la yema tanto como la claraMás aún:
somos el zorro
que se zampa a las gallinas.
¡Carajo!Somos todo!
Gallo, gallina, pollo, huevo y zorro. Todo eso somos.
Apartado de las salas de conciertos, Brendel empieza a frecuentar ahora las salas de conferencias. Tiene ya programada una buena serie de charlas en universidades de Estados Unidos en donde hablará sobre el humor en la música clásica. El lunes lo pude escuchar hablando de este tema en una pequeña sala de la Universidad de Nueva York. Un Brendel descorbatado se sienta al piano intercalando la lectura de un ensayo admirablemente compuesto con ejemplos al teclado. A decir verdad, la idea no es nueva en Brendel. Ya había publicado un ensayo sobre el tema en un volumen que se recogió para homenaje de su gran amigo Isaiah Berlin. Vale recordar que, en los funerales del gran biógrafo de las ideas tocó precisamente Brendel el andantino de la sonata en La Mayor, de Schubert.
Brendel, quien respondió un cuestionario declarando que su ocupación era reír, se pregunta en su conferencia: ¿tiene que ser enteramente seria la música clásica? Por supuesto que no, contesta Brendel y examina, frente al piano, distintas piezas que mueven a la risa. ¿Por qué nos llaman a reir? ¿Qué hace que un lenguaje sin palabras resulte gracioso? El pianista convertido en conferenciante se ha adentrado como pocos a la estructura de las piezas que interpeta. Sabe bien que, si el auditorio no se ríe al final de tal pieza, la ha interpretado mal o la sala está durmiendo. Trae a la conversación cartas y estudios sobre las sonatas de Haydn y toca fragmentos de las variaciones Diabelli de Beethoven.
Alfred Brendel, admirador del dadaísmo, coleccionista de máscaras antiguas y de erratas en los diarios, cita en su conferencia a Jean Paul Richter, para quien el humor es lo “sublime en reversa.” El pianista subraya en la interpetación y en la gesticulación, las líneas que tienen un claro efecto cómico. Rasguños al orden perfecto de una pieza. Giros de ironía sobre la monumentalidad músical. Cambios que rompen las expectativas del oyente con un cambio súbito de tonalidad. Exageraciones que transforman la música en caricatura. Burlas sonoras. Fraseos que contrastan personajes musicales. Hay piezas que no pueden empezar a tocarse con el seño fruncido, como si se estuviera tocando al solemne de Chopin, dice. Y hay piezas que no merecen al final la corona del aplauso sino la recompensa de la carcajada.
Publicado el 06:57 a.m. en Andar y ver, Música | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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Gracias a la recomendación de Ernesto Diezmartínez, acabo de ver el maravilloso ¿documental? Las playas de Agnes, poético autorretrato de la cineasta belga Agnes Varda. Aquí los primero minutos: arena, mar, espejos y recuerdos:
Publicado el 03:09 p.m. en Cine | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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El castigo es el peor atajo frente a la expresión ofensiva. El recurso más fácil frente a la agresión verbal, la burla hiriente es recurrir al castigo. Darle una nalgada al insolente. Acudir a papá para que regañe al niño, a la maestra para que expulse al malportado, al Estado para que castigue al irrespetuoso. A eso estamos tentados ahora que tenemos una ley que castiga la ofensa de palabras y órganos de la decencia que regulan el qué decir. Este atajo, como muchos otros, es falso: aparenta alivio pero deja las cosas en su sitio. Vedar palabras no mejora la convivencia: cambia de tema. Me parece que la ofensa es consustancial a la libertad y que el debate es, inevitablemente, rasposo. Más aún, creo, con Ayaan Hirsi Ali, que la libertad implica el derecho a ofender. Por eso, al gobernador de Jalisco no hay que castigarlo: hay que discutir con él. No hay que pedirle una disculpa, hay que exigirle razones.
Me temo que no las tiene porque ha recurrido a los reflejos sensoriales para fundamentar sus convicciones. El comentario del gobernador panista es una perla que no debe perderse en los expedientes de nuestro Instituto de la Corrección Política. Don Emilio González Márquez ha declarado que las uniones homosexuales le dan "asquito." “Matrimonio sí es un hombre y una mujer, porque, ¿qué quieren? Uno es a la antigüita y el otro todavía, como dicen, no le he perdido el asquito a aquello.” Al pintoresco gobernante, la homosexualidad provoca una reacción que seguramente le causa la cercanía de la caca, la pus, los mocos, algunos insectos peludos, la comida podrida, la basura maloliente. Entidades repugnantes. En ese universo coloca a los homosexuales: en el sitio de las secreciones corporales, las emanaciones pestilentes y los cuerpos en proceso de descomposición.
Fundar una convicción en el asco es un monstruoso retroceso moral. Es abdicar de la racionalidad para fundar el criterio del bien y del mal; es llevar el desprecio al otro a su expresión más baja, más inhumana, más bestial. Es, en una palabra, la más anticristiana de las actitudes: expulsar a una categoría de personas de la familia de lo humano. La falta de respeto a la vida del otro llega al punto de desposeer, en la imaginación, de cualquier atributo humano para convertirlo en esa sustancia viscosa, hedionda y amenazante que provoca asco.
Martha Nussbaum ha publicado recientemente un libro sobre este tema. From Disgust to Humanity (Oxford University Press, 2010). Para la filósofa, tan atenta al mensaje de la emoción y la metáfora, la política del asco es el polo opuesto a la política de la humanidad—de ahí el título de su trabajo. Describir al otro como asqueroso ha sido un recurso común de la intolerancia y, frecuentemente, el prólogo de la persecución. Hay que protegerse del extraño nos dicen. Hay que taparse la nariz para entrar en contacto con la otra tribu, hay que usar guantes si no hay más remedio que tocar al de la otra raza; hay que tapar a la mujer, hay que encerrarla para que no muestre su indecencia. De preferencia, hay que evitar cualquier contacto físico con los otros porque los repugnantes son contagiosos. No hay que usar los mismos cubiertos, tocarles la mano, respirar su aire. Son orgánicamente inferiores, huelen mal, son insalubres, sucios... y nos pueden invadir. El asco se fundamenta en una doble fantasía: la extrema suciedad del otro y la pureza propia. El otro es una cucaracha, la lepra, un gusano. Yo soy una nube angelical. Los nazis no ahorraron calificativos para describir a los judíos en términos repulsivos: larvas escondidas en un cuerpo que se pudre. El discurso del asco, en efecto, sueña con la profilaxis de lo aséptico, es decir, la perfecta higiene del prejuicio.
El asco, sostiene Nussbaum, no es una sabiduría precognitiva. No es el depósito instintivo de la moral. Es el prejuicio más vulgar, la intolerancia más pedestre, la más afectada inseguridad. Es el pozo donde se acumulan las preconcepciones sociales más estancadas, ésas que no han recibido el aire de la discusión, la sacudida del debate, la exigencia del argumento. El desprecio reiterado socialmente y bendecido por las costumbres no se molesta en delinear una razón: su estómago dicta y pronuncia la descripción del otro: guácala. Protección irracional de jerarquías y tradiciones frente a lo supuestamente contaminante. Recurrir al asco para describir al otro, como lo hace el locuaz gobernante de Jalisco, es renunciar a la empatía de la que nace el impulso de la igualdad. Si al gobernante le produzco asco, ¿tiene derecho de quitarme mis derechos? ¿Tiene permiso para tratarme como si fuera una larva infecciosa?
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Es interesante la lectura que Fareed Zakaria hace de las memorias de Tony Blair. El político pragmático que pretende poner al día el ideario del laborismo, el político que entiende bien que la gente no está obsesionada con la política sino con sus asuntos diarios, se transforma radicalmente cuando se vienen abajo las torres gemelas. Dice Zakaria: "Tras el 11 de septiembre, se desata el mesías. El enemigo, como él lo ve es el extremismo islámico, un cáncer profundo y planetario que necesita una intervención masiva, sostenida, generacional de Occidente. Blair es aqdmirablemente franco y rudo pero en el fondo, la suya es una visión milenarista que resiste cualquier complejidad." Fue una desgracia que el político degenerara en mesías. De una extraña manera, dice Zakaria, el Blair antiterrorista recuerda el tono de los ideólogos laboristas de los que se burlaba al ascender al poder. Ciegos de ideología, fanáticos de sus propias convicciones. A fin de cuentas, Tony Blair, concluye, terminó siendo "viejo laborismo."
Publicado el 06:57 p.m. en Libros | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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Hernán F. Gómez Bruera publica un artículo hoy en El universal discrepando de mi texto del lunes pasado. No puede elogiarse el régimen institucional brasileño sin hacerse cargo de que la 'colaboración' entre partidos depende en buena medida de corrupción. El apunte me parece válido.
No cabe duda que se trata de un sistema fragmentado y caótico. Silva y algunos otros analistas observan —y esto es lo que los seduce particularmente— que la gobernabilidad es posible en semejante dispersión de partidos porque los presidentes negocian la composición de sus gabinetes como lo haría un primer ministro europeo. Es verdad que de esa forma los mandatarios brasileños han podido intercambiar puestos por apoyo legislativo. De esta forma, el Ejecutivo ha logrado pasar una parte importante de sus iniciativas. Lo que pocas veces reparan estos analistas es que la negociación de puestos en el gabinete nunca ha sido suficiente para asegurar la gobernabilidad. La maquinaria que permite asegurarla ha funcionado gracias al aceite de la corrupción y se ha logrado, en gran medida, porque el Ejecutivo facilita y crea condiciones para que sus aliados usen la política como negocio.
Para ello, los presidentes cuentan con un instrumento legal (a veces también ilegal) para la compra masiva de votos. A través de las llamadas enmiendas parlamentarias, diputados y senadores negocian la liberación de cuantiosos recursos bajo control del Ejecutivo. En la práctica, quienes votan con el gobierno obtienen tajadas mayores. Con esos recursos, que los congresistas pueden asignar a su antojo, hacen clientelismo y aseguran su reelección.
Habrá que separar, pues, el funcionamiento de las tuercas del aceite de la corrupción. Desde luego, sería absurdo idealizar al sistema brasileño y tomarlo como base para una calca. Pero hay que estudiarlo y entender su mecanismo. Creo que sigue mostrando que, contra las advertencias pasadas, pluripartidismo y presidencialismo pueden conciliarse.
Publicado el 11:36 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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Buceados aquí.
Publicado el 09:11 p.m. en Arte | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Hace poco menos de un año la portada de la revista inglesa The Economist retrataba la imagen de un país. El enorme Cristo de Corcovado, símbolo de Rio de Janeiro y de Brasil, convertido en un cohete despegando. Lo reiteraba el propio titular: “Brasil despega.” Se ha convertido en un deporte universal elogiar a Brasil como el nuevo milagro económico, la enorme potencia que emerge. Si Stefan Zweig describió a Brasil como el país del futuro, ahora parece que se trata de un país que accede al futuro. Pero la opinión mundial parece tan veleidosa como la opinión pública nacional. Hace unos años, tras la llegada de la democracia, el enorme país sudamericano trasmitía una imagen muy negativa. Después de dos décadas de régimen militar, imperaban la inestabilidad política y la crisis económica. Brasil era el ejemplo de lo que no había que hacer.
En el ámbito de los estudios políticos, Brasil parecía un instructivo para el caos. Diversos estudios se publicaron enfatizando que su arreglo político conducía a la parálisis. Vean Brasil, estudien sus reglas y aléjense lo más posible de ellas, parecían sugerir distintos diagnósticos serios. La primera década democrática de Brasil fue, sin duda, notablemente inestable e improductiva. Se decía por muchos lados que su estructura de partidos era disfuncional e incompatible con un sistema presidencial. Así, construido con el ejemplo de Brasil, se fue imponiendo una idea
que dominó la ciencia política durante un buen número de años: el pluripartidismo no combina con la democracia presidencial. Los sistemas presidenciales que funcionan tienden a seguir el modelo norteamericano, en donde hay pocos partidos, de preferencia, dos. Sólo cuando hay pocas opciones partidista y cuando el congreso puede llegar a formar una mayoría sólida es posible que el presidencialismo se mueva. De lo contrario, decían los seguidores de Juan J. Linz
, la democracia se estancará; el presidente será incapaz de sacar adelante sus iniciativas; ejecutivo y congreso se enfrascarán en una lucha terca y estéril. Si los países quieren conservar su régimen presidencial, más les vale que dispongan todos los alicientes para limitar el pluralismo y diseñar mayorías.
Ése es el diagnóstico que siguen compartiendo el presidente Felipe Calderón y el gobernador Enrique Peña Nieto y algunos comentaristas prominentes que desearían el retorno de las mayorías con ayuda de las leyes. Creen que nuestros problemas derivan de una presidencia en minoría. Busquemos, dice cada quien a su modo, que el presidente del futuro no tenga estos obstáculos y cuente para beneficio de sus electores, con las herramientas para gobernar con eficacia. Si queremos salir del atasco de la última década, construyamos un gobierno de mayoría. Pero antes de aceptar estas ideas valdría asomarse al caso brasileño. Podría empezarse con la gráfica que captura la dispersión partidista del congreso en sus dos cámaras. Si nuestros mayoritaristas vieran ese cuadro dirían que ese era el espejo de la ingobernabilidad. ¿Cómo podría adelantar iniciativas un presidente que tiene menos de la quinta parte de los diputados en el congreso?
Hay quien se adelanta a decir que la respuesta al acertijo de la eficacia democrática de Brasil son dos liderazgos excepcionales. Dos administraciones exitosas que, a pesar de provenir de partidos opuestos, lograron continuidad. Ese es, sin duda, un elemento relevante en la explicación del éxito. Pero, no puede quedarse todo ahí. En primer lugar, hay que destacar que, si bien el congreso tiene muchos colores, el presidente cuenta con enormes facultades constitucionales. Se trata de uno de los presidentes más fuertes en términos estrictamente legales. Tiene iniciativa preferente, amplios poderes legislativos; puede dictar medidas provisionales y decretos de urgencia con los que no podría ni soñar el presidente mexicano. Puede decirse que el Ejecutivo tiene el control de la agenda legislativa. No significa esto que el Congreso simplemente ratifique los caprichos del presidente. La negociación con los partidos suele ser compleja e intensa pero ha producido resultados.
En Brasil se ha logrado convertir al gabinete en una auténtica plaza de acuerdos que repercute en la dinámica del Congreso. La presidencia, ensamblando coaliciones, ha aprendido a ubicarse como el centro de una alianza gobernante. Los partidos han estado dispuestos a asumir esa responsabilidad. Los presidentes entienden que, a pesar de haber ganado una elección, tienen como primera labor gubernativa, formar gobierno. El politólogo brasileño Octavio Amorim Neto ha dicho por eso que Brasil tiene un “estilo europeo de gobierno que genera un patrón de gobernabilidad tan efectivo como el de las democracias multipartidistas estables.”
En lugar de suspirar con nostalgia por la mayoría que se fue, deberíamos aprender a gestionar democráticamente nuestra diversidad. Brasil es un caso para estudiar.
Publicado el 10:13 a.m. en Lunes | Enlace permanente | Comentarios (8) | TrackBack (0)
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Corto de Paul Strand y Charles Sheeler a partir de unas líneas de Walt Whitman:
Publicado el 03:07 p.m. en Ciencia, Fotografía | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
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La bondad es el último tabú. Hemos conseguido traspasar las barreras más antiguas pero queda una muralla firme y hermética: la amabilidad. La generosidad es nuestro placer prohibido. A romper con ese tabú nos invitan el psiquiatra Adam Phillips
y la historiadora Barbara Taylor en un ensayito titulado simplemente Sobre la amabilidad
. Es difícil negar que la amabilidad es fuente de placer. Disfrutamos siendo amables, gozamos si alguien es amable con nosotros. Un gesto, una sonrisa, una atención, una palabra dulce: obsequios del afecto que pueden transformar felizmente nuestro día. Pero parece que la amabilidad es sospechosa: ¿qué quiere este tipo que nos ayuda? ¿Por qué nos sonríe el burócrata? ¿Qué intenciones tendrá quien se detiene en la calle para ayudarnos? Tendemos a imaginar algo torcido en la generosidad. Así, pensamos que la amabilidad es un anzuelo para ganar algo, una hipócrita ostentación moral, el ocultamiento de alguna debilidad.
Hemos llegado a pensar que la amabilidad nos conduce al fracaso, que nos exhibe tontos, que nos muestra débiles. Se nos ha colado en la piel el cuento del egoísmo congénito del hombre. Esa idea de que ser bueno con otros es un absurdo psicológico, una locura, casi un suicidio. Según ese cuento, los cromosomas nos definen como bestias competitivas que sólo se mueven por ambición personal. Desde la psiquiatría y la filosofía, los autores de este librito reivindican la amabilidad como virtud natural. Tan espontánea es entre nosotros como la agresión. Aunque Rousseau lo haya dicho, es cierto que entre nosotros hay una ternura natural que nos encargamos de ir cortando. El libro recorre primero la historia de la idea y después analiza su sitio en la psiquiatría. La primera parte es un recuento sintético, aunque poco novedoso, de la bondad en la historia de la filosofía: de la virtud de la compasión a la ética del egoísmo competitivo. La segunda es, por lo menos para mí, muy sugerente. Hay, sin duda, una coerción social para que demos muestras de amabilidad, pero también una gentileza innata que nadie enseña pero que todos sentimos. Por un lado, está la imposición social de sonreírle al otro, de ceder el asiento al que está cansado; el deber de ayudar a la viejita en la calle Pero por otra parte, la amabilidad implica un placer: un deseo, un impulso interior. Será que la amabilidad es exravagante, como ellos dicen. Comienza en los primeros días de la vida, como un soborno: es la ternura que aparece para comprar el cariño materno. Después, puede llegar a soltar su impulso manipulativo para ser simplemente, otro anhelo de contacto. En ese contacto está el peligro de ser amable: de ahí el temor y el estigma.
La hipótesis del libro es que la amabilidad es peligrosa porque muestra nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia del otro. La amabilidad nos coloca en lugar del otro y en algún terreno amenaza con disolvernos. Por eso nuestra cultura resguarda la personalidad con armaduras para ponernos a salvo de nuestra propia amabilidad . Como la sexualidad estrictamente reglamentada, la amabilidad se codifica y se reprime. Vale lo que nos recuerdan Phillips y Taylor: actos de amabilidad demuestran de la manera más clara posible, que somos animales dependientes y vulnerables; animales que no tienen mejor recurso para vivir que los demás.
Publicado el 07:16 a.m. en Adam Phillips, Andar y ver, Libros | Enlace permanente | Comentarios (7) | TrackBack (0)
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Roger Bartra recupera en su blog una fórmula del físico Marcos Moshinsky:
“Todo mexicano que ha mostrado capacidad en su labor, es automáticamente un privilegiado, y las instituciones públicas deberían desatenderse de él para concentrase en aquellos que no tengan esa característica.”
La fórmula, dice Bartra, es una de las mejores exposiciones de la disposición populista, de la aversión al mérito. Evoca el ensayo de Judt sobre los meritócratas. El historiador socialdemócrata, como Ortega y Gasset, creía en la distribución de la oportunidad como plataforma para privilegiar el talento auténtico.
Publicado el 10:16 a.m. en Roger Bartra | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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