El año del bicentenario se fue sin dejar nada perdurable. Ni en la reflexión, ni en la obra, el cumpleaños se quedará en la memoria de México. Ofende a la clase política el contraste con la despedida de Porfirio Díaz, hace un siglo. Sugieren que la mera mención desliza nostalgia por una dictadura capaz de inaugurar a tiempo las obras que prometía y que se festejaba con instituciones que hoy siguen vivas. Pero no hay escapatoria, el contraste es inevitable: la democracia no ha podido instituir la eficacia elemental que permita inaugurar una obra puntualmente, ni ha logrado conjuntar la diversidad para inyectar un sentido de propósito. Sin eficacia y sin ambición, la democracia mexicana es política paralizada.
Por septiembre, Roger Bartra recordó en su blog un artículo del físico Marcos Moshinsky. En un texto de 1986, el científico aludía a los conflictos de la UNAM pero, leído por Bartra, su planteamiento de coyuntura alcanzaba categoría de teorema del Estado mexicano. Vale la pena citarlo: “Todo mexicano que ha mostrado capacidad en su labor, es automáticamente un privilegiado; las instituciones públicas deberían desatenderse de él para concentrase en aquellos que no tengan esa característica.” Tiene razón Bartra al situar el Teorema Moshinsky como síntesis de nuestras prácticas políticas y culturales: nuestro régimen se basa en una agresión sistemática al mérito. El populismo es hegemónico.
Tuvo a bien el PAN pintar un buen autorretrato de su condición presente al elegir a un bostezo para dirigirlo.
Héctor Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda han hablado insistentemente de la necesidad de una agenda para México, pero el futuro sigue sin despuntar. La politiquería y la violencia se agotan en el más estrecho tiempo presente. El cálculo inmediato de la ventaja electoral descarrila cualquier negociación relevante. La cotidiana aparición de la barbarie nos deja con horizonte de sobrevivientes. Cuando se habla del mañana, apenas desfilan los ambiciosos que quieren ocupar la presidencia sin esbozar siquiera una idea. La única política innovadora de este año fue, en realidad la política de antier: antipriistas (normalmente expriistas) contra priistas. ¿Qué mayor confesión de fracaso del PAN y del PRD como gobiernos que son que esos reclutamientos y ese cuento del coco de la restauración? ¿Qué mayor insulto a los diez años de panismo que el discurso que Felipe Calderón pronunció para celebrarlos? Sus fijaciones antipriistas anticipan un mal final para su sexenio. El peligro de México no es la restauración autoritaria sino la restauración de la transición (el último momento en que los políticos sabían qué querían). El pasado conspira disfrazándose de demócrata.
El PRI se alista a renovar también su dirigencia. No habrá elecciones fastidiosas o votaciones molestas. Los jerarcas han decidido ya que un hombre de familia encabece el partido que competirá en el 2012. Su compromiso con la ley es firme. Hace unos meses declaró con énfasis que respaldarían a los suyos porque eran suyos. Refiriéndose al gobernador saliente de Oaxaca declaró: “Es un priista y no vamos a permitir que se atente contra ningún priista”. Declaración para guardar: ahí está, en una nuez, el PRI de siempre.
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