
Ante la emergencia que vive Michoacán los dirigentes nacionales de los tres partidos relevantes han respondido con un consenso: pactar la ocurrencia. Que la ocurrencia sea la verdadera política de Estado. Podemos diferir en muchas cosas, nos dicen los señores Madero, Moreira y Zambrano. Preservamos nuestra identidad y seguimos defendiendo nuestras ideas: pero en defensa del interés nacional, estamos dispuestos a actuar unidos: la ocurrencia nos hermana. Así, las cabezas de los tres partidos dijeron hace unos días que estaban dispuestos a explorar una candidatura única al gobierno de Michoacán. ¿Un candidato respaldado por el PRI, por el PAN y por el PRD? Sí, parece que en eso pensaban los representantes de las tres fuerzas políticas cuando previeron “la posibilidad de una candidatura común de todos los partidos políticos.”
Desde luego, los dirigentes envolvieron de inmediato la coincidencia con todos los moños de su ambigüedad habitual pero creo que vale la pena detenerse en el punto que la prensa con buenas razones subrayó. Los dirigentes de las tres fuerzas políticas más importantes del país abrieron la puerta a la suspensión de la competencia democrática en el estado de Michoacán. Ese sería el significado de una candidatura única: un paréntesis a la democracia. Si traducimos su acuerdo, los partidos políticos le dijeron a la sociedad que están explorando suspender la democracia en Michoacán. No puedo imaginar una resolución política más seria que ésa. Cancelar la competencia electoral por un acuerdo entre partidos y empresarios. Tres partidos coincidiendo que la democracia es el lujo que un estado no puede permitirse en estos momentos.
No quisiera detenerme en la insensatez de la propuesta. Me interesa subrayar aquí el consenso de frivolidad con la que se encara.
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Apenas unas horas después de que Dominique Strauss-Kahn fuera arrestado en el aeropuerto de Nueva York, Jean Daniel, el legendario periodista francés, publicó un artículo indignado por el trato que las autoridades daban al político. Se trataba a su juicio de un circo grotesco e infamante; un acto de barbarie para el disfrute de los morbosos; una ejecución pública para la satisfacción de la glotonería mediática más primitiva. Un hombre condenado por las cámaras sin derecho a defenderse. Un hombre linchado públicamente y tatuado para siempre con la marca de esa humillación. Aun probándose la culpabilidad del director del Fondo Monetario Internacional, no se justificaría el abuso de origen: los procedimientos son sagrados y su violación pública y ostentosa es una afrenta. Tal vez, concluía Jean Daniel, pertenecemos a dos civilizaciones distintas. Bernard-Henri Levy siguió esa pista: nada justifica que un hombre sea lanzado a los perros. El afamado intelectual advertía de su vieja amistad con el hombre que hace unas semanas parecía caminar confiadamente hacia la presidencia de Francia. Lo conozco desde hace más de veinte años y nada en él corresponde a la imagen del cavernícola que asalta con violencia a una camarera. Pero el filósofo va más allá: le resulta indignante que a su amigo lo traten como si fuera un cualquiera. Así lo dice: se le ha querido someter a la justicia como a cualquier otro. Y a su amigo, el precandidato socialista y dirigente de un poderoso organismo internacional, no se le puede dar ese trato: era la esperanza política de la izquierda, el hombre que evitó la catástrofe económica en el mundo. ¡Tratarlo como a un cualquiera!
Dos argumentos se mezclan en estas reacciones de indignación. Por una parte, la denuncia de la deshonra como práctica cotidiana de los medios: exhibir a un acusado como si fuera indudablemente culpable de los crímenes de los que se le acusan. Se trata de una entendible defensa del honor, un alegato a favor de los rigores del procedimiento penal.
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