La conquista del diálogo no es el acuerdo, sino el reconocimiento. Cada uno reconoce el derecho del otro a hablar. El diálogo exige atención, no acuerdo. De la conversación no nace necesariamente el entendimiento. El acuerdo es apenas una posibilidad del diálogo. Los dialogantes pueden salir del encuentro con las mismas ideas con las que llegaron. El prejuicio puede, incluso, reforzarse tras el cruce de las recriminaciones. Por eso hay que tener claro que el diálogo no es la mágica solución. Pero el intercambio de palabras—sobre todo cuando éstas resuenan en público—sí es capaz de transformar de forma importante el espacio político. Convertido en una especie de ceremonia constitutiva de la democracia, logra ser la mejor escenificación de la diversidad y de la razón. El diálogo es la muestra visible del pluralismo razonante. Reconocimiento de que hay distintas percepciones, distintos argumentos, distintas percepciones y propuestas. El diálogo no es un torneo de fuerza, ni siquiera de esa fuerza simbólica que es el agregado de votos, sino, por el contrario, celebración de la idea y la razón, de la elocuencia y la sensibilidad.
El diálogo reciente en el Castillo de Chapultepec fue un evento insólito. Tras una marcha que fue recogiendo los testimonios más desgarradores del dolor mexicano, el presidente de la república se dispuso a escuchar los reclamos y se empeñó en convencer a sus oyentes. Sabia perfectamente que sus interlocutores no se reunían para elogiarlo. Sabía que los cuestionamientos que escucharía no serían marginales sino que iban al corazón de su gobierno. Sabiendo todo ésto, acudió a la cita. Algo importante ha sucedido en México, cuando vemos al presidente recibir el embate de críticas severas y llamados urgentes a cambiar la estrategia central de su gobierno. El fenómeno se explica, como han resaltado algunos, por el cambio de régimen. Hubo un régimen político que, en su peor momento, respondió con balas al llamado del diálogo. Éste escucha y habla. Pero la ceremonia del jueves no se entiende solamente por la transformación histórica del sistema político. Debe reconocerse el papel del presidente, su experiencia y su talante para apreciar esta oxigenación de la vida pública a través del diálogo. Ni el antecesor de Calderón ni quien estuvo a punto de ocupar su puesto en 2006 hubieran podido encarar la quemante inconformidad, el reclamo rabioso o la exigencia serena y honda de pedir perdón.
No es ésta la primera vez que el presidente ha estado dispuesto a encarar la rabia contra el Estado que él representa formalmente. No es la primera ocasión que el presidente escucha de cerca la indignación. Se ha reunido con víctimas en Ciudad Juárez, con los padres de los niños muertos en la guardería ABC, ha escuchado reclamos severísimos y testimonios sobrecogedores. Ha discutido con los conocedores que discrepan de su estrategia. No se ha encerado el oído. No se ha vendado los ojos. Tampoco ha pedido que los encuentros rasposos se oculten. Debemos reconocer que el presidente Calderon ve y oye. No es poco.
No digo que el presidente dé muestras de flexibilidad. Pero sí de sensibilidad. Sigue siendo un presidente con una idea fija y una convicción a prueba de fuego. Está convencido de que su estrategia ha sido la adecuada y que no hay que alterar el rumbo. El universo donde vive sigue siendo binario: su estrategia o la claudicación. Se dice dispuesto a revisar lo que no funciona aunque esté convencido de que no hay más ruta que la suya. Pero su tenacidad (llamémosla así) se fortifica en voluntad argumentativa. No se ha escudado en el discurso de autoridad: esto lo decidí yo porque soy presidente y punto. La historia me dará la razón. En Calderón hay una determinación parlamentaria de ganar el argumento. No busca solamente conseguir el resultado deseado: ansía convencer. En muchos foros, con acentos y tonos distintos, ante auditorios diversos ha compartido su diagnóstico y ha defendido sus decisiones con argumentos. Ha sido didáctico y también se ha permitido la vehemencia. Siempre ha puesto la razón por delante En todo ello encuentro una notable disposición a escuchar a sus críticos y una determinación de hacerse entender.
Coincido con lo que apuntó Ciro Gómez Leyva: el del jueves pasado es el mejor Calderón. No habló en Chapultepec el sectario al que cada día da más voz, no escuchamos al jefe de una camarilla en campaña y entregada al autoelogio. Oímos a un político razonante y perceptivo. Vimos el aplomo de un gobernante dispuesto a someterse a la más severa de las exigencias públicas y exponer con lucidez las razones de su gestión. Si sus argumentos no son del todo persuasivos, son sin duda atendibles. El presidente reconoció las fallas de un Estado que no ha podido cuidar a su gente. Por eso, no por perseguir a los criminales, pidió perdón. Compartió también sus propias experiencias de dolor. Escuchó reclamos, denuncias y críticas Dio su versión y pidió oído a sus razones. Los merece.
Ahora si estoy decepcionada de tanta ingenuidad.
Publicado por: Patricia Rodríguez de San Miguel | 27/06/2011 en 11:10 a.m.
La ingenuidad y el deseo de entendimiento, son ingredientes necesesarios para generar confianza, y la confianza a su vez es un principio necesario para poder actuar y crear nuevas circunstancias. Los cambios no se dan de la noche a la mañana, y en la gran mayoría de los casos son dolorosos...¿Por qué no ver a la ingenuidad como una virtud?
Publicado por: Olga | 27/06/2011 en 12:26 p.m.
Se reconoce la voluntad para reunirse de Calderón pero en un diálogo de estas características, considero lo más importante es llegar a un acuerdo común, no cerrarse a lo que una de las partes ya decidió (y me refiero a ambas partes).
De lo contrario es un diálogo de sordos.
Si Calderón realmente quiere ser democrático o llevar el diálogo a sus últimas consecuencias por que no hacer un referendum sobre su estrategia. Si la mayoría de la población está a favor de su rumbo nada debería temer.
Hasta donde tengo entendido la figura presidencial en una democracia es un representante emanado del pueblo.
No me engaño en este barco estamos todos desde los que consumen drogas, los que trafican y los que quedamos en medio.
En México si como sociedad no logramos superar la cultura de la corrupción y la impunidad de nada servirá legalizar el tráfico y consumo de drogas.
Si no se controla el lavado de dinero el recurso para los narcotraficantes será ilimitado.
Si Estados Unidos no pone su parte por controlar el flujo de armas los cárteles seguirán rebasando a la milicia y a la policía.
Recomiendo el Articulo The New Cocaine Cowboys de Robert C. Bonner en Foreign Affairs Jul-Aug 2010 Vol 89
saludos
Omar Villasana
Publicado por: Omar Villasana | 27/06/2011 en 01:35 p.m.
Es una gran ventaja que la sociedad dialogue, pero cuando una de las partes pide absurdos será difícil llegar a un acuerdo
La verdad es que desde el punto de vista filosófico, todas las guerras son absurdas, y desde el punto de vista práctico y real, si te atacan tienes dos opciones, dejarte matar mientras filósofas o defenderte.
Sicilia y su gente quiere que el gobierno actual:
-Gane una guerra…… contando a los enemigos caídos como bajas propias
-Que Acabe con los criminales asesinos …..pero sin matarlos (quizá usando dardos adormecedores como en los animalitos) ¡porque todos somos Mexicanos!
-Insisten en que el gobierno enfrente al crimen organizado con policías cuyo entrenamiento es no militar mientras los criminales preparan un mediano ejército y lo arman y entrenan con tácticas y armamento militar
-Tampoco queremos retenes, es una faul a la constitución se dice.
En fin quieren que el perrito haga gracias, pero con las patas amarradas pa´ que tenga chiste.
Todo esto huele a un grupo de izquierdosos buscando por donde sonarle al gobierno y la verdad, todo esto me valdría gorro si los absurdos pedidos por Sicilia y su corte no pusieran en riego la vida de mi familia.
Hoy más que nunca nos hace falta una izquierda inteligente y realista que sea una opción viable para balancear el destino de México.
Publicado por: omar martinez | 27/06/2011 en 01:36 p.m.
Estimado profesor Silva Marquez. Mi nombre es Secundino González y soy profesor de la Universidad Complutense de Madrid, e invitado en la UA de Guerrero. Le sigo desde hace mucho tiempo y el motivo de dirigirme a usted por esta vía - impropia, sin duda, pero no encontré otra - es que, por si le interesa, cité una columna suya en un artículo que acabo de publicar en El Cotidiano, sobre el cambio y la continuidad en las elecciones de Guerrero. Saludos cordiales
Publicado por: Secundino González Marrero | 27/06/2011 en 01:46 p.m.
Professor:
Ha sido una larga discusión. Por primera vez veo que la clase política y la parte analítica de la clase política (como tú) esta conectando con la realidad. Con la realidad de la tragedia mexicana, la depredación que se está dando del poco orden existente en el desorden.
Celebran la apertura de Felipe, celebran el reconocimiento, celebran el rollo.
Lo que hay que celebrar es que por primera vez, ustedes están conectando con la realidad. Están conectando con la narrativa de Felipe de la realidad. Celebro que Felipe los este haciendo ver y tal vez enteder la gravedad de la tragedia.
Yo celebro que haya tenido esa inteligencia.
Pero es difícil que ustedes cambien, son los herederos de los que se ahogaban en discusiones bizantinas, en los pleitos por el poder, en criticar y tratar de deponer a Santaana, cuando las tropas americanas ya se dirigían hacia la ciudad de México.
Ojalá.
F
p.s. Ojala el esfuerzo del maestro Sicialia siga dando frutos. Pero me gustó el cartón de (Fco.) Calderón recordando a las olvidadas víctimas de las víctimas famosas. Me hizo recordar que nunca me pareció o cayó Jesús Piedra Ibarra, el muchacho agresivo de la casa amarilla llena de perros. Comparto, eso sí, y no le deseo a nadie el dolor de su madre y su familia.
Publicado por: FMGARZAM | 27/06/2011 en 01:48 p.m.
Esta entrega es también el mejor Silva -Herzog Márquez. Se agradece la meritoria autocrítica hecha hace días sobre el yerro de centrarse en los discursos y no en los hechos. Y se agradece ahora el regreso a la profundidad y al análisis más pausado. Haciendo analogía al universo binario del Presidente, si el debate público se centra en el maquillaje, este espacio editorial debe ser su opuesto.
Publicado por: Alberto | 27/06/2011 en 02:04 p.m.
JSHM.
¿Qué significa un universo binario de mi estrategia o claudicación?
Si lo que sigue son ejemplos de este universo binario, es entonces una figura discursiva que utiliza más bien la oposición, el antagonismo: la exclusión del otro a través de la sobresimplificación. El mundo del bien O el mal. Con el universo binario se construye casi el infinito.
Publicado por: GM | 28/06/2011 en 08:10 p.m.