Los poderes públicos no son, en democracias, meras palancas de decisión. Deben ser acción pero también argumento. Por ello, los espacios parlamentarios no son simples fábricas de leyes: son el ámbito esencial de la deliberación. Se legisla debatiendo. Antes de promulgar es necesario ofrecer razones. No es que el poder legislativo sea un foro científico donde la verdad termina imponiéndose naturalmente como creyeron, con ingenuidad, algunos liberales. La mayoría manda. Pero aún la mayoría debe pasar la prueba del argumento. Toda norma general necesita descansar en una plataforma de racionalidad. La instrucción del líder, el favor a un grupo, el beneficio de unos cuantos no podría pasar la prueba de la discusión en público. Si la democracia encuentra justificación más allá de la aritmética es por ser un resguardo racional contra la arbitrariedad.
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Alexis de Tocqueville imaginó la pesadilla del futuro como un encierro en lo doméstico. Pensando en la tiranía del futuro vio una sociedad que haría de la casa de cada quien, el único universo social. Los linderos de mi propiedad como límites de mi mundo. Entonces los hombres no tendrán más patria que su familia, otro vínculo de afecto que el que pudieran tener con sus parientes, mayor horizonte que su entretenimiento, ambición más grande que su placer. Al descubrir el individualismo en los Estados Unidos, el sociólogo francés vio el fermento de una reclusión desconocida hasta entonces. Retirado cada quien en su fortificación personal, el individuo perdería cualquier sentido de lo público. Lo común carecería ya de sentido. El hombre terminaría perdiendo todos los lazos que lo unían a sus vecinos y que lo hacían sentirse miembro de una comunidad mayor. La nueva tiranía no sería la continuación del viejo despotismo: en el aislamiento y en el conformismo descansaría la opresión del mañana.
Muchos han seguido la pista de Tocqueville para identificar en las sociedades contemporáneas esa desconexión mansa que ha desactivado el nervio de la ciudadanía crítica. No han faltado muestras de repliegue y apatía en las últimas décadas, por eso sobresale el rostro de un nuevo activismo público, la cara de una nueva forma de participación y de denuncia que se desentiende de los canales tradicionales. No es la canalización del descontento a través del castigo electoral sino por la toma directa del espacio público.
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