Carta publicada en el Guardian.
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Carta publicada en el Guardian.
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- Vamos a ver, guapa, qué te depara el destino.
- ¿Sabes? Quisiera que fuera por amor. Ejem, ejem. Es mi primera vez.
- Las cartas dirán la verdad. ... Veo que será por amor... No habrá traición.
Se muestra la carta de Putin.
- Wow. Es él.
- Y serás feliz. Te protegerá como una muralla
" Putin. La primera vez, sólo por <3 "
Visto en Andrewsullivan.
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En el blog filosófico del New York Times se publica una entrada sobre el amor y la muerte en la que Todd May reflexiona a partir de la película Groundhog day. La intensidad que asociamos al amor romántico exige futuro. Esa intensidad es, por supuesto, intensidad en el presente, pero también apunta a un destino. Si estuvieramos atrapados en el mismo día (como en la cinta) su pasión se diluiría. Por eso el amor romántico necesita a la muerte.
Publicado el 01:12 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack (0)
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Via @samnbk
Publicado el 12:57 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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El New York Times aloja una discusión sobre el tema. James R. Flynn, autor de un libro sobre la idea de inteligencia habla de la adaptación de nuestra mente: un cerebro mejor preparado para la abstracción. Steven Pinker habla de los prejuicios de otros tiempos para celebrar los extraordinarios logros intelectuales de nuestro tiempo.
Publicado el 11:05 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
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No tenemos rey. México es una república, no una monarquía. El presidente de México no es el garante de la imparcialidad política: es un actor parcial, representa intereses limitados, sigue un proyecto confinado a un círculo. El presidente de México no es la encarnación de la nacionalidad, no es el símbolo de unidad—más que en aquellos eventos en donde formalmente asume la representación de Estado. Cuando firma un tratado internacional—no cuando lo negocia—representa al Estado mexicano. Cuando recibe las cartas credenciales de los embajadores extranjeros representa al Estado mexicano. Cuando preside ceremonias cívicas es también emblema de unidad: el jefe de Estado mexicano. Se trata de funciones ceremoniales que transforman al agente político en emblema de unidad. La inevitable parcialidad del gobernante se interrumpe brevemente para dar paso a la figura de unidad. El presidente actúa siempre como jefe de gobierno, salvo en aquellas funciones en las que explícitamente ejerce de símbolo.
Por eso me parece absurda la exigencia de que se comporte como jefe de estado en el proceso electoral. La expresión se dice y se repite por todos lados. Que el presidente deje de actuar como jefe de partido y se comporte como jefe de estado, dice el lugar común. ¿Cuántas veces habremos escuchado esa expresión? No logro embonar esa exigencia con el diálogo necesario en una democracia. El presidente no es el garante de la imparcialidad. No podría serlo en una democracia, precisamente porque lo caracteriza una inclinación. La neutralidad corresponde a otros: a quienes organizan las elecciones, a quienes cuentan los votos, a los que procesan la inconformidad. Por fortuna, ninguna función de ese tipo le corresponde al presidente de la república o su gobierno. Por supuesto, no tiene derecho de desviar los recursos públicos en beneficio de su partido ni puede emplear las pinzas del Estado para castigar a sus adversarios. Pero no tenemos por qué imaginarlo como una figura celestialmente imparcial y silenciosa ante el proceso electoral. En ninguna democracia presidencial madura se le pide al presidente tal disparate.
El presidente no puede ser el símbolo de unidad en el proceso electoral porque es factor de polarización. Se votará para castigarlo o para premiarlo. Felipe Calderón no aparecerá en la boleta de julio pero será el factor crucial del voto. Los partidos que compiten, los candidatos que sí estarán en la boleta fijan postura frente a su gobierno, ofreciendo la continuidad o el cambio. Sus opositores lo atacarán, mientras la candidata de su partido tratará de defenderlo... y, simultáneamente, distanciarse de él. Unos criticarán sus decisiones, su estilo, los resultados de su gestión. Otra se verá forzada a defenderlo, insinuando algunas diferencias en los matices y los acentos. Como sea, Felipe Calderón estará en la contienda del 2012—tal vez como nunca llegó a estar en la elección del 2006. Entonces tuvo el talento de colocarse como la opción frente al “peligro”, pero pocos, si es que alguno, podría creer que la elección que ganó por un milímetro, fue respaldo a sus propuestas o confianza en su trayectoria. Ahora sí será factor de decisión.
Pedir que el presidente se comporte como jefe de estado en el proceso electoral es pedir que se comporte como monarca. Una diminuta contradicción se desliza en esta petición: ¿estarían los críticos dispuestos a dispensar a Felipe Calderón el trato de Jefe de Estado durante el proceso electoral?
Publicado el 07:42 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (8) | TrackBack (0)
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Richard Dawkins y el Rowan Williams, el arzobispo de Canterbury debatieron hoy sobre la existencia de Dios. Monty Python había organizado un encuentro semejante:
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Visto en thisiscolossal.
Publicado el 12:22 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Sólo a los turistas detestaba Julián Meza tanto como a los economistas. Tal vez eran dos especies del mismo bicho. Unos se perdían de las maravillas del viaje por traer el ojo tapado por una cámara de fotos y seguir con prisa puntual las estaciones de una rutina. Los otros creían que la única ventana al mundo era su pizarrón. En la economía veía una prepotencia incuantificable, una ignorancia infinita. Los economistas eran predicadores de un sermón sospechoso: “Si la existencia del planeta dependiera exclusivamente de la economía hace unos diez mil años que habría sido clausurado, puesto en venta y comprado por un venusino privatizador.” Su invectiva encontró blanco en los economistas de los que se burló a placer en diccionarios, ensayos, crónicas y otras diatribas. No lo hizo desde lo lejos, sino en su convento: el ITAM, monasterio entregado al cultivo de eso que llamaba neoteología. Lo hizo ahí remarcando su vocación de marginal.
Fue ahí, en este templo de la técnica, donde insistió en reivindicar los poderes de la literatura. Se burlaba de esa escolástica con numeritos pero también de quienes creen que la política puede estudiarse científicamente. En el primer número de la revista Estudios que dirigió durante muchos años, reivindicó la penetración de la imaginación literaria; la ventaja de la metáfora sobre la fórmula. La literatura ve lo que la ciencia ignora: observa la sociedad con mayor detenimiento que la sociología; entiende los límites del pensamiento mejor de lo que lo puede hacer la filosofía; descifra mejor el misterio de los sueños que el psicoanálisis. El amor a la literatura correspondía a su odio por el fanatismo y la tontería. Hablando de Macbeth, el ensayista ubicaba la voluntad de poder en la cazuela de las brujas, ahí donde se junta lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. La explicación de la imaginación literaria resulta, a fin de cuentas, la “ausencia de explicación.”
No tropezó jamás con la mesura. Nunca sintió la tentación del equilibrio. Su prosa muerde y bromea pero con idéntica desmesura, admira y elogia. Y así va formándose un curioso equilibrio de intensidades: su odio a los lugares comunes era sólo comparable a su reverencia ante el genio. El desprecio a los ídolos del momento no era menos intenso que su homenaje a la luz del Mediterráneo. Antipatías y cariños que brotan del mismo impulso vital de quien se afirma, con la palabra, en el mundo.
El lector que fue sabía muy bien que el hombre no es el sujeto racional de las fantasías filosóficas. Es muy poco razonable, decía su amigo, Edgar Morin, creerle al griego que dijo que éramos criaturas racionales. ¿Homo sapiens? En realidad, la demencia es lo nuestro. Somos locos que en su delirio hacen la guerra y se enamoran. Si se quiere entender al mundo hay que comprender la fuerza soberana de la imbecilidad, esa fuerza omnipotente, ubicua y democrática. “Aun cuando parece ser sólo Uno, el imbécil siempre suma dos.” Julián Meza no lanzaba el dardo a los demás: sabía bien que traemos la imbecilidad colgada como sombra. Pero hay de imbéciles a imbéciles, decía. La más imbécil de las imbecilidades es la que se niega, la que muy seria se rechaza. La más peligrosa tontería es la que se satura de certezas, de teorías, de misiones, de fórmulas, de consignas. Esa es la imbecilidad que amenaza…y cumple. Pero el optimista que en el fondo sí fue creía que podía haber una solución. No lo afirmaba con rotundidad sino como posibilidad, es decir, con esperanza. “Tal vez la haya,” escribió: “rebelarnos contra la mentira, interrogarnos sobre todo, confesar nuestra propia debilidad. Tal vez así puedan tener algún sentido estas palabras de Rilke, concluía Julián Meza: “Lo que finalmente nos salva es no tener abrigo.”
Publicado el 07:00 a.m. en Andar y ver | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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La música es divina concordancia
deste mundo inferior y del angélico.
Todo cuanto hay en todo, todo es música;
música el hombre, el cielo, el sol, la luna,
los planetas, los signos, las estrellas;
música la hermosura de las cosas.
Lope de Vega, Los locos de Valencia, acto tercero. (En La música de Occidente, de Raúl Zambrano, publicado por El Colegio de México) Corrregido gracias a Aurelio Asiain.
Publicado el 02:28 p.m. en Música | Enlace permanente | Comentarios (9) | TrackBack (0)
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De Susanna Hertrich.
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Valdría la pena un recuento de lo que se ha dicho y discutido a raíz del escándalo del plagio. Aquí está la primera entrada (29 de enero de 2008) en el blog de Guillermo Sheridan que identifica los plagios de Alatriste. Éste es su texto "Un premio mal habido", su crítica a la teoría de la "cita literaria elevada al cuadrado", "Plagiar no es puma" y "El plagiario, el mezquino y la leche." De Zaid, las desgracias literarias y la justicia literaria.
Fernando Escalante publicó dos artículos al tema. El primero subraya la relevancia académica del escándalo: "El momento académico es indispensable y precario, frágil. Se sostiene sólo gracias a una serie de recursos de método, que garantizan la calidad de la conversación: la transparencia, la veracidad, la honestidad, es decir, que garantizan básicamente que nadie va a hacer trampa. No tiene mucho misterio: hay dos o tres reglas indiscutibles, y punto. Entre ellas, una muy obvia, es que es absolutamente inaceptable el plagio. (...) A la UNAM le corresponde sobre todo cuidar la vigencia del momento académico, de esa conversación honesta, veraz, transparente, racional, verificable, que es la vida académica. No puede admitir un escándalo así." En el segundo retoma argumentos que desarrolló en A la sombra de los libros sobre los premios, la fama y la literatura. Roberto Breña cree que el episodio es muestra de un problema crucial del debate público en México: la simulación.
Armando González Torres escribió en Laberinto de Milenio: "Nada garantiza que los premios sean incontrovertibles, con todo, disminuir la sacralidad-opacidad que los rodea y exponerlos a un mayor escrutinio al menos haría más difícil materializar la propensión de muchos a traducir poder burocrático en prestigio literario y a figurar como autores sin escribir o, peor, apropiándose de textos de otros."
La entrevista de Alatriste con Carmen Aristegui puede oírse aquí. Su defensa jurídica, redactada por José Luis Caballero, se puede leer en Proceso.
Algunos interpretaron el escándalo como una crítica a la Universidad Nacional. Así lo entendió Carmen Parra quien pidió respeto para la UNAM en una carta a La jornada. Rolando Cordera lo expresó en Reforma: "No se puede echar por la borda toda la labor de la UNAM a partir de juicios sumarios, críticas furibundas, como el (caso) que hemos vivido y que resultó en un intento de enjuiciar al Rector y a la UNAM." Aquí respondí. Raúl Trejo Delarbre cuestiona la reacción de las autoridades universitarias frente a una falta grave y lamentablemente común en la academia. Claudio Lomnitz examina en un artículo interesante el código académico vigente.
Hay quienes sugirieron que la crítica fue abusiva. Torquemadas, inquisidores, una turba linchando a un hombre. María Luisa Mendoza, tituló su defensa de Alatriste, "De cómo se fusila a un hombre."
Otros consideraron que la denuncia del plagio era conservadora propia de una estética decimonónica. Vivian Abenshushan escribió: "La "honestidad" es un valor importante, pero no para la literatura donde prevalece el artificio, la tergiversación, el juego, la falsificación, la provocación. Ojo: no estoy haciendo una defensa de Alatriste que encarna las clásicas componendas de los premios en este país (el compadrazgo como institución literaria), sino sacudiendo un poco al honorable para articular otras ideas. ¿Es la honestidad un valor estético? Hago una defensa abierta del plagio como estrategia estética siempre y cuando desemboque en obras a la altura de "La vida instrucciones de uso". Para todo hay que tener aspiraciones. Ahí la medida es estética, no jurídica, no moral, no mojigata (palabra que le plagio a un post de Luis Vicente de Aguinaga a quien concedo desde ya la autoría, las regalías y el copyright, porque es de ahí de donde salió este otro post que ya me hizo "perder" toda la tarde.)" En El universal Luigi Amara y Vivian Abenshushan desarrollan esa idea en "Del plagio como una de las bellas artes."
Heriberto Yépes, pide que se distinga el plagio de la apropiación. "El plagio literario es una operación en la que un autor toma crédito de texto ajeno. Pero no del acto de tomarlo. Apropiación, en cambio, es la toma de un corpus textual, de la cual el apropiacionista toma crédito explícito. O implícito gracias a algún guiño o a que la frecuencia con que se apropia (íntegra o parcialmente) de obra ajena lo hace públicamente reconocido como apropiacionista. Diferencia radical: lo que el plagio busca mostrar como Original y Propio, la apropiación desea mostrarlo como no-propio y anti-original." Yépes sugiere que Zaid o Sheridan, tendrían que cuestionar a Octavio Paz por aplicar, a su juicio, el mismo método.
Para Aurelio Asiain "no hay nada más convencional que el prestigio de lo transgresor." "Distinguir entre el plagio y la apropiación creadora sería más interesante, es sin duda a veces más complejo y no se resuelve, como pretende el funcionario, con ver lo que dice la Ley de Derechos de Autor —como si la definición de un hecho literario pudiera dejarse en manos de una instancia jurídica—, pero tampoco apelando como sanción última a la calidad literaria, noción cambiante y resbaladiza si las hay. La respuesta de Javier Sicilia cuando Evodio Escalante lo acusó de plagio, aunque apenas esboza la cuestión, apunta en el sentido correcto: mientras que el plagio es una usurpación consciente que supone la ignorancia del lector, la apropiación no esconde la mano."
Cristina Rivera Garza escribe sobre la estética citacionista: literatura de diálogo que muta de plataforma en plataforma en un constante proceso de reescritura: de la invención a la apropiación. "Seguramente los DJ de hoy miran con una risita socarrona lo que los escritores finalmente se decidieron a enfrentar como propio y como cierto en su campo de acción. Acaso los artistas visuales bostezan con los dilemas de un gremio que, hasta no hace mucho, poco había tenido que decidir respecto a asuntos de tecnología y autoridad. Seguramente habrá muchas más acusaciones de “plagio” en los años por venir. Poco a poco habremos de aceptar, sin embargo, que lejos de ser transparente, su definición misma configura, al menos en términos estrictamente literarios, el campo de contestación y producción del que han emergido algunos de los libros más interesantes, divertidos, irreverentes, y verdaderamente contemporáneos de lo que llevamos de siglo."
Publicado el 08:14 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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El propósito esencial de la ley es la certidumbre. La claridad jurídica que nos permite saber a qué atenernos no basta, por supuesto. A la ley le pedimos que sirva al interés general; que aliente lo benéfico y castigue lo perjudicial; que tenga conductos eficaces de aplicación; que sea algo más que la declaración de un ideal. Pero el deber primero de la ley es definir con claridad el mapa de los derechos y los deberes. Si la ley no es una señal que muestra los caminos abiertos y las zonas vedadas no sirve de nada. Muchas críticas ha recibido la ley electoral vigente. Creo que muchas son merecidas, pero ninguna tan grave como fallar a su propósito elemental: definir con claridad las reglas del juego.
La ley electoral defiende el paternalismo deliberativo, pretende someter los tiempos de la política a un absurdo calendario artificial, sobrecarga a la autoridad de funciones, simula ahorros que no son, infla la Constitución con normas que corresponden a normas secundarias. Pero el problema más grave de la ley reformada es que, lejos de ofrecer una guía clara de lo permitido y lo prohibido, coloca a todos los actores en la incertidumbre. No son claros los límites de los partidos, los candidatos desconocen qué está permitido y qué se les prohíbe. ¿Qué podemos hacer?, preguntan candidatos y medios. Si esas preguntas se expresan es porque la ley no ofrece una respuesta nítida. Nadie sabe tampoco cuál es la consecuencia de una posible infracción. ¿Qué pueden hacer hoy los candidatos, durante este limbo absurdo que ha abierto la ley antes del banderazo oficial de la campaña? ¿Cuáles son jurídicamente las restricciones a las que deben sujetarse partidos y candidatos? ¿Qué sucede si transgreden la ley (de acuerdo a la interpretación de administradores y jueces del proceso electoral)?
La sobrerregulación, la imprecisión de la norma, los caprichos interpretativos de las autoridades colocan a los partidos en una extrema vulnerabilidad. Es cierto: los partidos crearon y reformaron la ley. Ahora son víctimas de ella. Ningún partido puede estar seguro con estas reglas. Por su parte, los electores están expuestos a una intensa campaña de simulación. Desde antes que el proceso empezara formalmente, observábamos el simulacro. La ley llama al ocultamiento de las ambiciones; la convocatoria a la adhesión se ve forzada a la oblicuidad. Así, una ley trazada con la pretensión de mejorar la calidad del debate público, nos ha entregado premios al disimulo, la hipocresía, el fingimiento. Quienes buscan convencer a los electores de que serían la mejor opción gubernativa, quienes quieren legítimamente el voto no lo pueden pedir abiertamente—o, por lo menos, no todavía. Claro: pueden hablar, pero no pueden decir lo que quieren decir (y que todos sabemos que, entre líneas, dicen). Nos informan los voceros del Instituto Federal Electoral que los candidatos pueden seguir haciendo política… ¡pero no pueden llamar al voto! Tras ganar el respaldo de sus partidos, Peña Nieto, López Obrador y Vázquez Mota podrán hablar de lo que quieran, pero no pueden decir lo que quieren decir: voten por mí. Todos sabemos que cualquier cosa que digan Peña Nieto, López Obrador y Vázquez Mota busca el voto, pero ninguno de ellos lo puede decir abiertamente. Absurda legislación. Tienen razón los críticos de la ley al advertir que en muchos aspectos es, simplemente, ridícula.
Publicado el 07:46 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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John Gray comenta en su reseña más reciente del New Statesman, el nuevo libro de Alain de Botton, Religión para ateos. Sólo la arrogancia de la nueva generación de ateos, dice, Gray puede asociar la fe con la tontería. El argumento de De Botton es que el valor de la religión trasciende su veracidad: puede representar valores importante, independientemente de que sus creencias sean inverificables o definitvamente falsas. Su punto es que el debate entre la fe y la religión podría ser mucho más amigable; no es poco lo que el incrédulo puede aprender del hombre de fe.
Publicado el 12:36 p.m. en John Gray | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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Rolando Cordera está convencido de que las críticas a Sealtiel Alatriste y al rector Narro forman parte de una campaña de desprestigio contra la UNAM. La historia de la universidad es larga, su servicio a la sociedad es enorme y no puede reducirse a las acciones de un funcionario.
"No se puede echar por la borda toda la labor de la UNAM a partir de juicios sumarios, críticas furibundas, como el (caso) que hemos vivido y que resultó en un intento de enjuiciar al Rector y a la UNAM".
No creo que las críticas a un alto funcionario de una universidad pública por haber plagiado reiteradamente sean furibundas, sino fundadas y razonables. No faltaron pruebas para mostrar la conducta del hoy exfuncionario universitario. Más aún: debo decir que, a mi juicio, las críticas eran necesarias. ¿Cree Cordera que callar ante las evidencias de plagio era respaldar a la Universidad Nacional, ser leal a su historia? ¿Había que hacer como que nada sabíamos para cuidar la estatua de Justo Sierra y de Vasconcelos? ¿A qué tradición seríamos leales si callamos ante esto? Creo también que las críticas al rector que nombró al funcionario cuestionado habiendo conocido sus "faltas" y que lo mantuvo tercamente hasta que el escándalo hizo insostenible su permanencia son igualmente fundadas y razonables.
Lo que resulta inadmisible es que se sugiera que la crítica al rector de la UNAM sea un ataque a la UNAM y que se hable de las denuncias como conspiración de los enemigos de la universidad pública. El razonamiento es paralelo al que sostenían hace años quienes creían que la crítica al Señor presidente era una crítica a México. José Narro no es la UNAM. Precisamente por el valor de la UNAM del que habla Cordera, había que señalar una falta tan grave y un respaldo tan aberrante.
Publicado el 09:33 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (17) | TrackBack (0)
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