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Los candidatos a la presidencia empiezan a alcanzar el acuerdo de que los niños deben estar más tiempo en la escuela. Escuelas con horarios más largos, donde los niños coman y regresen por la tarde, a casa. Si ya es de noche, mejor. Se defiende la propuesta con muchos argumentos y alusión a distintas experiencias en el mundo: los niños tendrán más tiempo para aprender, las madres podrán trabajar la jornada completa, los estudiantes tendrán tiempo para el deporte, las artes y otras asignaturas maltratadas en la brevedad de la jornada educativa. Aunque se aporten muchos documentos de política pública para fundamentar el cambio en los horarios de las escuelas mexicanas, puede encontrarse una razón más profunda para ese empeño de prolongar la reclusión escolar. Habría que ver, en primer lugar, por qué tenemos escuelas. Se lo preguntaba precisamente Josep Pla en un articulito que vale la pena comentar.
“La pequeña tragedia del humorista consiste en no poder dar importancia más que a las cosas serias e importantes,” escribe el escritor catalán en las primeras páginas de su Humor honesto y vago (Ediciones Destino, Barcelona, 1942), un librito que he podido conseguir en la fantástica Torre de Lulio, la librería de la Condesa que Agustín Jiménez mantiene desde hace años. En ese pequeño libro se incluye una nota breve sobre las escuelas. No se crea que hay ahí una compleja pedagogía. Lo que se descubre en el ensayito es una meditación simpática y perspicaz de la razón primera para encargarle a otros la educación de los hijos, en lugar relativamente distante y aislado. Vale una cita larga:
“La historia del origen de las escuelas, dice Pla, ha de perderse necesariamente en la noche de los tiempos ya que la tendencia de los padres a encerrar a sus hijos, intermitentemente, en lugares remotos, seguros y de escamoteo difícil es antiquísima. Cuando se analiza, con frialdad esa curiosa tendencia, se observa que su móvil es casi inconsciente. En su fondo hay un hecho indubitable: el descubrimiento de que los seres humanos se aman en proporción a la lejanía en que viven. La proximidad no es generadora de cariño. La proximidad es belicosa y castrense. Cuando no se puede luchar contra el país vecino, se enzarza uno con el ciudadano de la acera de enfrente y si no, con el familiar más asequible. En cambio, la lejanía mantiene el espíritu en un baño casi permanente de delicada ternura, de blando sentimentalismo, de inefable delicuescencia. La lejanía irisa hombres y cosas, las suaviza, las embellece. Las escuelas nacieron de la tendencia separativa que para mantener avivado y cálido el sentimiento del amor se observa entre padres e hijos. Por esto se habla razonablemente cuando se afirma que las escuelas son una prolongación de la familia. Son una tal prolongación que a veces, lo prolongado se pierde de vista.”
Ahí tenemos el impulso original para construir escuelas: lugares que sirven para rescatar el cariño paternal de las trampas de la convivencia cotidiana. Para salvar el amor, crear la distancia. La primera pedagogía habrá sido así, la vigilancia. Una ocupación básicamente carcelaria: guardar niños para que sus padres los vean por la tarde… con gusto. Pero, como andar vigilando niños es una actividad monótona y francamente triste, se le agregó instrucción a la custodia. Entonces se descubrió que el cultivo de la aritmética y el relato de la historia entretenían a los niños: así nació todo.
Pero la educación, remata Pla, tiene también su contrapartida. Se quería alimentar el amor filial manteniendo lejos a los niños y de pronto el niño se aficiona a la astronomía: estaba destinado a ser dentista y presenta síntomas de comerciante de ultramarinos. “Este muchacho, que hubiera sido feliz de haberse podido mantener en un analfabetismo profundo, ha de resultar, pase lo que pase, arquitecto.” Las escuelas pueden ser peligrosísimas…
Publicado el 06:11 p.m. en Andar y ver | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
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Las movilizaciones estudiantiles de los últimos días han sorprendido a todos. Nadie pudo haber anticipado la irrupción de miles de jóvenes que toman las calles para interpelar a la clase política (en particular al PRI) y a los medios (especialmente a Televisa). Dos impulsos cívicos han animado las protestas recientes: reivindicar el derecho a la discrepancia y reclamar veracidad a los medios. Ejercicio de la crítica y exigencia de verdad.
No es claro que las manifestaciones vayan a tener un impacto electoral decisivo. Nuestra experiencia aconsejaría separar el entusiasmo de las concentraciones públicas de la fría aritmética de los votos. El activismo escenifica las intensidades de la opinión pública pero no la sintetiza. Expresa bien el engranaje de las maquinarias partidistas o la pasión política, pero no es abreviatura del universo electoral. Quienes llenan la plaza se convencen fácilmente de que ahí se expresa la nación verdadera, que las consignas que repiten son la voluntad popular, que la solidaridad descubierta en la festividad de la política tiene la fuerza de cambiar la historia. No suele ser así. La urna suele refutar a la plaza. No digo que las concentraciones juveniles que hemos visto en estos días sean irrelevantes, que sean una simple anécdota. Por el contrario, creo que las movilizaciones recientes ya han tenido un impacto relevante en la contienda electoral. Han puesto al candidato puntero y a su partido a la defensiva y han elevado la exigencia pública a la cobertura política de los medios. Dos conquistas extraordinariamente valiosas que cuentan, sobre todo, como advertencia, más allá del 1º de julio. La agilidad organizativa de estos días es anticipo de lo que podría activarse en el futuro inmediato, si se dan los abusos temidos.
Es de celebrar que una nueva generación se involucre en la política y haga oír su voz. No será fácil la conservación del ímpetu, tras la primera descarga emotiva, tras el descubrimiento de la calle y el hallazgo de las adhesiones. El camino por delante será mucho más difícil, si es que existe. Será necesario transformar los rechazos en algún tipo de afirmación, sobre todo en tiempos de elecciones. El movimiento juvenil podría convertirse en el impulsor social del voto útil contra el PRI, si abandona el falso discurso del apartidismo. Lo que unió a este grupo heterogéneo fue, precisamente el rechazo al candidato del PRI. Si ésa es la coincidencia, ahí puede estar la segunda etapa del movimiento.
Publicado el 07:21 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (31) | TrackBack (0)
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Gracias a un trabajo de Fernanda Gutiérrez Amaros, regreso a este precioso ensayo de Alejandro Rossi.
Leer mal un texto es la cosa más fácil del mundo; la condición indispensable es no ser analfabeto. Una vez superada esa etapa, más cívica que intelectual, las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente una frase, una página, un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas. No pretendo ni agotarlas ni clasificarlas, tareas destinadas a eruditos pacíficos o a hombres seguramente geniales. Me conformo con enumerar algunas variedades exponiéndolas no por su rareza sino por su recurrencia. Nada de cisnes negros o tréboles extraños; más bien perros callejeros que trotan en grupo.
Abundan, por ejemplo, quienes reducen la lectura a la búsqueda nerviosa de la "conclusión", único sitio en el que se detienen, señalándola, por lo general, con algunas rayas victoriosas. La idea subyacente debe ser sin duda la de que todo el resto es un simulacro de argumentaciones y pruebas, una hojarasca inútil sin ninguna conexión con el final. Como su fuésemos las víctimas de un ritual tedioso que obliga a escribir páginas y más páginas antes de llegar a las cinco o seis frases esenciales. por consiguiente, sólo los ingenuos o los primerizos pierden el tiempo leyendo cuidadosamente todas y cada una de las palabras, sólo ellos postulan la quimera de que la conclusión se apoya en alguna otra parte. Almas blancas que deletrean con cuidado, tenerosas de saltarse un renglón. El texto -déjense de cuentos- no es una estructura verbal compleja e interdependiente; es una mera excusa para introducir el parágrafo clave. Imagino que esta visión degradada de la lectura es la propia de quien está forzado a consumir la prosa burocrática, los innumerables informes, los proyectos, las disculpas, las peticiones. En ese remolino de letras quiza no haya otra manera de sobrevivir. Unos más, otros menos, todos hemos remado en esa galera y todos aprendimos a utilizar el famoso lápiz rojo. El desastre sobreviene cuando esos hábitos no son conscientes y actúan sobre un escrito que no se propone pedir un aumento o solicitar un préstamo o esbozar la solución de aquel problema tan espeluznante y tan urgente. Cuando eso sucede, se practica una lectura primitiva e injusta, disfrazada de eficacia y malicia y cuyo resultado es una triste comedia de equivocaciones, sorpresas y altanerías. Lectores mediocres para quienes el universo es una oficina y una página es un oficio.
Publicado el 12:40 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
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Francis Fukuyama examina las perspectivas de la elección egipcia del próximo miércoles. Tras la emoción de la "primavera árabe", los candidatos que pueden ganar la votación son dos versiones del pasado. Se trata de un fracaso de quienes empujaron el cambio de régimen, sugiere Fukuyama:
Pudieron organizar protestas y demostraciones; actuar valientemente para desafiar al viejo régimen. Pero no pudieron coordinarse para respaldar a un candidato e involucrarse con el lento, tedioso trabajo de organizar un partido político para competir en las elecciones, distrito por distrito. ... Tal parece que facebook produce un fogonazo en el sartén pero no genera suficiente calor para mantener la casa caliente durante un periodo largo.
Publicado el 10:32 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (12) | TrackBack (0)
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(narrada por Tom Waits)
Publicado el 10:06 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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En 1962, hace medio siglo, Carlos Fuentes publicó La muerte de Artemio Cruz y Aura. En un año, nacían dos libros esenciales de la literatura mexicana del siglo XX escritos por el mismo autor que cuatro años antes había publicado La región más transparente. Tres libros clásicos que dieron nacimiento al inmenso personaje que fue su autor. Pocos escritores mexicanos tuvieron la ambición literaria, la ambición intelectual, la ambición política de Carlos Fuentes. Nadie juntó como él la inteligencia con la elegancia, la curiosidad con la elocuencia, la pasión por el lenguaje con el compromiso político, el temple aristocrático con los ideales socialdemócratas. Audacia de una escritura impetuosa, instintiva que muchos han descrito como una erupción volcánica. Desde muy joven, Fuentes adquirió la dimensión de clásico, la maldición del clásico. El escritor que rompía con el canon de la revolución y que imponía modernidad a nuestra literatura con un arrojo descomunal.
Muralista que captó los lenguajes de la ciudad de México, sus calles, sus noches, sus fantasmas, su opulencia, su miseria en La región mas transparente. Moralista que retrató la tragedia del siglo XX mexicano como la traición a sus esperanzas. Historiador de la imaginación que entierra el principio de legitimidad de un régimen. Mientras se preguntaba sobre la muerte de la Revolución Mexicana, el novelista respondía narrando las últimas horas de Artemio Cruz. Y como contrapunto a los frescos monumentales, una novela brevísima donde se recargan los misterios de la vida y el amor. Un fresco, un obituario y un sueño inventaron el personaje que fue Carlos Fuentes, personaje magnético que secuestró al escritor Carlos Fuentes.
En la escritura no solamente buscó su identidad sino la de un país, la de un idioma. Su relación con el lenguaje fue tan física como intelectual. En su literatura hay un intento constante por avivar las palabras. No se dedicó a cuidar el español como si fuera una pieza delicada de museo; lo espoleaba con la esperanza de que el caballo dormido se desbocara. Alguna vez se describió como un boxeador del lenguaje. No quiero darle la mano a la palabra, le decía a Emmanuel Carballo; recibirla cortésmente, pedirle que tome asiento y conversar amablemente con ella. “Es necesario agarrarse a bofetadas con las palabras, destriparlas, sacarles el jugo, transformarlas continuamente para encontrar la expresión justa de la realidad. El idioma es incapaz, pasivamente aceptado, de otorgarla por sí mismo.”
Pero el frenético boxeador de la máquina de escribir se transformó en diplomático de las letras. Un embajador que representaba a México en el mundo; un embajador que representaba al mundo en México. Fuentes siguió puntualmente la divisa de su maestro Alfonso Reyes: para ser provechosamente mexicanos es debido ser generosamente universales. Pero su misión diplomática era, efectivamente, de doble vía: nunca se cansó de decirle a los otros que ignorarnos era también empobrecerse.
Muchos estudiosos de la literatura de Fuentes coinciden en advertir el debilitamiento de su magia a lo largo de los años. El deslumbramiento que produjeron sus novelas de juventud es sólo comparable al silencio o la frialdad con el que se leyeron sus novelas y ensayos de madurez. Mi incomodidad, sin embargo, no proviene solamente del agotamiento del genio literario sino en la naturaleza de su presencia pública: el personaje que somete al creador. La fama que doblega a la escritura. A Fuentes, el intelectual, no podía leérsele como el ensayista de la cordialidad que fue Reyes. El lugar que la política ocupaba en su vida no le permitía ese tono amigable y doméstico. Dejó de ser el ensayista beligerante y polémico que un día fue en libros como Tiempo mexicano. Perdió el filo crítico, la contundencia del golpe, la emoción del debate pero tal vez perdió algo más importante: cosas qué decir. Lanzaba con frecuencia invectivas a sus enemigos políticos pero eran dardos inofensivos a blancos fáciles: la estupidez de Bush y la incultura de Peña Nieto. Siempre escribió con elocuencia, con gracia, inteligentemente; hilando lecturas, experiencias, datos. Estaba al tanto de todo y conocía a todo mundo. Pero sus ensayos, sus artículos periodísticos, sus conferencias transigían frecuentemente con el lugar común. La corrección política encontró en él a un aliado prestigioso: toda su autoridad literaria, al servicio de lo irrebatible. En algún momento, Fuentes dijo que Terra nostra era un libro que no buscaba lectores. “Cuando la escribí estaba absolutamente seguro de que nadie la iba a leer e incluso la hice con ese propósito.” Escribir para no ser leído. El intelectual tampoco buscaba lectores: buscaba aplausos.
El escritor, sin embargo, se vengará muy pronto del personaje. Se olvidarán sus ofrendas al lugar común y brillarán sus novelas extraordinarias. En muerte, el escritor ganará la batalla.
Publicado el 07:25 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (8) | TrackBack (0)
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Y el libro que los cataloga.
Publicado el 11:15 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
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El caricaturista David Rees ha publicado un libro sobre el arte de sacarle punta a un lápíz. El New Yorker publica una reseña de este libro al que clasifica como "referencia de vanguardia". El autor de este tratado teórico y práctico sobre el arte de sacarle punta a un lápiz lo define como una memoria emocional escondida tras un manual técnico, disfrazado de libro cómico. Tras la ruptura de su matrimonio, Rees escribe sobre el lápiz roto.
Publicado el 11:06 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack (0)
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En la entrada más reciente de su cuaderno público, Charles Simic escribe sobre la tenacidad del impulso poético. ¿Sigues escribiendo poesía? le preguntaba su madre ya vieja, esperando que su hijo le diera muestras de que había abandonado esa tontería. Algunos creen que es absurdo escribir poesía a los setenta. Como salir con una quinceañera a patinar por la noche. Simic encuentra una razón para la perseverancia: su pasión por el ajedrez. Escribir un poema es como jugar una partida contra una inteligencia superior, donde cada movimiento tiene un significado inmenso.
El éxito (de mis poemas) depende del orden correcto de la palabra y de la imagen, de un final que encuentre la inevitabilidad y la sorpresa de un jaquemate elegantemente ejecutado.
Publicado el 10:55 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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Una conversación entre Neil deGrasse Tyson y Richard Dawkins:
Publicado el 08:40 a.m. en Ciencia | Enlace permanente | Comentarios (5) | TrackBack (0)
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El grito cabe en la democracia como cabe el aplauso. Sólo los defensores más ilusos de la democracia deliberativa pueden imaginar una ciudadanía que sólo participa en los asuntos públicos escuchando imparcialmente argumentos, ponderando científicamente razones, hilvanando juicios para la persuasión de un auditorio ecuánime. El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas, intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad contenida.
Si tachamos las consignas como acto antidemocrático, deberíamos hacer lo mismo con las porras. El repetir alabanzas al candidato es tan democráticamente cuestionable como corearle maldiciones. Ambas cantilenas son vehemencia hermética que se hace oír por los decibeles que alcanza y no por los razonamientos que construye. Repetición irreflexiva e impetuosa de una simpleza. Que las porras y las consignas sean boberías, una violenta agresión al juicio literario no significa que sean irrelevantes o, peor aún, peligrosas. Que no alcancen estatura de argumento, que se satisfagan en la reiteración y en el ruido no quiere decir que sean ajenas a la vida democrática. El debate en democracia nunca será un pulcro intercambio de razones porque la política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se confunden.
Publicado el 07:25 a.m. | Enlace permanente | Comentarios (22) | TrackBack (0)
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Rafael Argullol enumera diez razones para que Goya vuelva a pintar. Goya se sentiría "cómodo en su repulsión a lo que le rodea."
Como pintor de la Corte que acabó siendo extremadamente crítico con los cortesanos, no creo que Goya se asombrara lo más mínimo al constatar la corrupción de nuestros días. Quizá la encontraría más sofisticada y dispersa que en los suyos, aunque, en lo substancial, similar. Lo peor de la corrupción es el efecto de contagio: el poder busca la complicidad de la entera sociedad y, cuando la consigue —o al menos de buena parte de ella—, la contaminación estalla en todas direcciones. La lucidez de Goya, en su momento, radica en su capacidad para mostrar la extensión de este estallido: la fealdad, la máscara grotesca, se encaja en el rostro del poderoso pero también cubre la fachada de la multitud. La picaresca cimentada en corrupción aprisiona a la entera sociedad. Antes, en esa dirección, escribió Cervantes en El Quijote o en algunas Novelas ejemplares; y después, sin apartarse de ese mismo rumbo, lo filmó Buñuel en Viridiana. No cuesta imaginar una prolífica extensión de los Caprichos y disparates de Goya en la atmósfera nuestra, en la que ahora escandalizan ciertos procesos puestos en marcha, pero que hasta hace bien poco contemplaba electorados que premiaban a los más corruptos con las más rotundas mayorías absolutas.
Publicado el 10:51 a.m. en Arte | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
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En alguno de sus libros, Julián Meza sentía la necesidad de advertirle al lector que esas páginas no eran peligrosas. En las primeras líneas de sus Ángeles, demonios y otros bichos, dice:
Los textos aquí reunidos son un racimo de variadas perversiones que no matarán a nadie porque son ajenos a las bombas de fragmentación y a las minas antipersonales. Algunos parecen muy serios, pero en realidad sonríen, quizá como el gato de Alicia. Basta con preguntarles qué camino tomar. Otros dan la impresión de ser excesivamente juguetones, pero algún fondo tienen, creo, aun cuando no son precisamente edificantes.
Algo parecido decía Rabelais en la nota a los lectores de Gargantúa:
Amigos lectores que el libro leéis,
despojaos al punto de toda pasión,
y, al leerlo, nunca os escandalicéis,
porque no contiene ni mal ni infección.
Cierto es que aquí dentro muy poca instrucción
adquirir podríais, si no es el reír.
Mas otro argumento no pude elegir
viendo que os consume un duelo malsano.
Mejor que de llanto es de risa escribir,
puesto que la risa es lo propio humano.
A la risa dedicó otro ensayo memorable publicado en Estudios:
Desde Grecia la risa es un arte, una filosofía: una manera de estar en el mundo que acompaña o hace frente a muchas otras maneras, no siempre vitales. Para el griego, la risa libera del miedo a la ley y la muerte. También libera de la dominación. Como la comedia, la sátira de los defectos, los vicios y las debilidades es la salud del alma. En ella se dan cita el ingenio en justa con el ingenio, la alegría y el gozo en su lucha contra el tedio. La risa es el instrumento que sirve para desarmar a la seriedad y a la solemnidad del oponente.
Sabía que el mundo necesita recuperar el placer de lo ridículo: remplazar la vanidad de una escritura que labra el porvenir por el gozo de una escritura que encuentra en la burla una razón sin monstruos.
En este accidentado recorrido de la escritura se viaja de las islas de la certidumbre a la zoología fantástica del laberinto, a las pócimas del herbolario, a las reliquias que consagran la postmodernidad desde los caminos del mundo medieval, a la verdad que ríe a costa de las filosofías hechas doctrina, dogma, escapulario de los doctores de la ciencia.
El artículo completo acá...
Publicado el 12:26 p.m. | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
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Cartón de Abel Quezada publicado en Novedades el 14 de mayo de 1985.
Publicado el 10:34 a.m. en Caricatura | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack (0)
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