Al terminar su doctorado quiso escribir una
historia de Europa. El director de la Biblioteca Nacional de Francia le pidió
paciencia. “Espérate a cumplir ochenta años.” Jacques Barzun le agregó doce
años a la edad sugerida para publicar a los 92, su historia de Occidente. Un
lienzo en el que se despliegan quinientos años de una civilización que anuncia
su desintegración: Del amanecer a la
decadencia. 500 años de la vida cultural de Occidente. Como el título
advierte, el imponente monumento de Barzun no es un volumen para acreditar una
materia escolar sino expresión de una devoción y una tristeza.
Barzun, el decano de los críticos culturales de los Estados Unidos, nació cerca de París en 1907. Murió la semana pasada en San Antonio, Texas. Hijo de un poeta y diplomático francés, vivió en una casa impregnada de arte. Apollinaire le enseñó a leer la hora, escuchó desde niño las mentiras de Cocteau. Por la sala de su casa desfilaron Léger, Kandinsky, Duchamp, Zweig, Pound. El niño estaba convencido de que todo mundo era artista. Creció bajo la idea de que todos eran creadores y que el mundo era esa conversación, ese juego, esos descubrimientos. Quizá la decadencia que lamenta en su obra capital es contemplar la imposibilidad de revivir aquellas reuniones de su infancia.
Fue un académico que, como Arthur Krystal apuntó en un retrato para el Newyorker, combinó lo aparentemente contradictorio: el rigor y el entusiasmo. Escribió de música, de literatura, del verso francés y el romanticismo británico, del arte de la enseñanza y de novelas de detectives. Pero no fue el generalista que los especialistas suelen despreciar como si fueran coleccionistas de lugares comunes. Por el contrario, era el hombre a quien los especialistas consultaban en su propio campo. Se cuenta que Toscanini lo buscó en 1951 para que lo ayudara a entender un pasaje de Berlioz. Al final del día, el erudito temió que toda su obra terminara en el recuerdo de una frase que aparece en el Salón de la fama del béisbol: “Quien quiera conocer el corazón y la mente de los Estados Unidos debe aprender béisbol.”
En la Universidad de Columbia dirigió con Lionel Trilling el seminario sobre los “Libros importantes”, del que se desprendió el proyecto de los Grandes libros, bajo la convicción de que Occidente descansaba en paquete compacto de obras inmortales. La universidad era para él el espacio para conversar con esas obras, con esos autores. Los clásicos eran la única esperanza de comunidad: necesitamos esas ideas, esas imágenes, esas fábulas y mitos para tener un vocabulario que permita entendernos. Ese lenguaje común era para él el cimiento de la buena voluntad y de la confianza. La universidad era por ello un bien público imprescindible. La universidad habría de educarnos en los clásicos para cultivar nuestra imaginación pero ha sido secuestrada por entrenadores empeñados en usar los salones de clase para instruir oficios y técnicas. La “gangrena de la especialización” que padece la universidad contemporánea busca solamente el vulgar adiestramiento de los profesionales.
Pero la decadencia occidental de la que habla en la obra de su vida no es espeluznante. Barzun habla de decadencia, es decir, de disgregación, de desintegración: no de apocalipsis. La decadencia es anuncio de una ineluctable renovación. En alguna ocasión dijo: “Siempre he sido—creo que todo estudioso de la historia es, necesariamente, un alegre pesimista.”
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