Cuando Edgar Morin empezó a concebir la idea de sus memorias bordó una fórmula del deslinde para el título: No soy uno de ustedes, imaginó en la carátula de su autobiografía. Quería arrancarse las etiquetas y distanciarse de la nomenklatura intelectual a la que pretendían integrarlo. Buscaba sacudirse el yeso con el que empezaban a moldearlo como notable. Veinte años después, soltó aquel nombre. Ya no sentía la necesidad de definirse en oposición. Lo que buscaba en su libro, lo que había buscado durante toda su vida era comprender, comprenderse, y para ello no necesitaba distanciarse de nadie. Introspección: busca de sus demonios.
Hace unos meses, a los noventa años de edad, publicó un libro que ha vendido cientos de miles de ejemplares en Francia. El título no es modesto: La vía para el futuro de la humanidad. Se trata de un libro que contiene toda una vida. Están ahì su infancia y su adolescencia, el dolor por la muerte de su madre, los años de la ocupación nazi, su curiosidad infinita, sus lecturas, el compendio de cada uno de sus libros, sus obsesiones, sus contradicciones vertebrales. Un testamento sabio y adolescente, iluso y puntual escrito frente al abismo y la esperanza. En la segunda década del milenio, al tiempo que se anuncia una nueva edad de hielo, todo puede comenzar otra vez.
Edgar Morin ha estado animado por lo que el tao llama “espíritu del valle”: una llanura donde se vierten todas las aguas. Ésa ha sido, según él mismo, su singularidad: alojamiento de mil afluentes. Una cabeza deshinibida, absolutamente libre. Una curiosidad omnívora con voluntad de unirlo todo, de hallar el parentesco de las ideas y las cosas; situar la verdad en la infinita red de significados; palpar el pulso de las contradicciones; descubrir, como teólogo, origen y sentido del mundo. Su vida ha sido siempre una lucha contra la ceguera de lo parcelario. El testimonio de que se puede ser culto hoy, como lo fueron sus parientese electivos Goethe, Marx, Freud, Koestler, Popper, Paz, Eco o Castoriadis. Morin no ha escrito una sino varias enciclopedias. Se encontrarán en ellas capítulos sobre las bacterias y las galaxias, sobre el mito y las ciencias, sobre el planeta y sus provincias. Manifiestos y confesiones; apuntes sobre la muerte, el cine, el amor, la escuela.
Sus ensayos no son una cátedra seca. En todo lo que Morin escribe aparece Morin, el pensador que se interroga a sí mismo, que busca en el mundo y en su propia vida las claves para entender, para entenderse. En el segundo volumen de El método, esa obra monumental, esa ciudad que pretende hospedar los fundamentos de un nuevo pensamiento humano, apuntó con razón: “No escribo desde una torre que me sustrae a la vida son en el interior de un torbellino que me implica en mi vida y en la vida.”
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