La monumentalidad de las piezas de Richard Serra caza a sus presas. El observador sentirá el asombro de convertirse en el juguete de una presencia. Subyugado felizmente por una corpulencia industrial, el paseante se esconde, se agacha, imita con su cuerpo la silueta de un muro ondulante, dispara su cámara fotográfica, se esconde, descubre ángulos nuevos, un cruce, alguna curva oculta. La escultura de Serra no es un simple (e inmenso) objeto visual, una pieza que se contempla con los ojos. Es un parámetro, una intrusión de la materia que altera las coordenadas del universo. Aparece así como un desafío a la obviedad gravitacional, un acto de insumisión a la simpleza de los hemisferios. Si me tropiezo en este laberinto de sinuosas paredes, ¿caeré hacia abajo? ¿Me atrapará ese cuello de toro que se alza en lo alto de la valla? La escultura enmarca al observador y, al abrazarlo, lo transfigura. Las inmensas cintas, los vastos conos de hierro tienen un efecto desorientador y a veces intimidante. El confortante equilibrio de los sentidos se desvanece ante el portento. Ahí está la esencia de su arte que es la de cualquiera: implantación de otra mirada: enseñar a ver el mundo como nunca lo habíamos visto.
No es necesario el bulto para trastornar la imantación del mundo. Basta el trazo, la silueta. Será verdad aquello que decía Valéry: nada es más profundo que la piel. La escultura de Serra es, por eso, trazo materializado. Para este dibujante con lápiz de hierro el contorno basta, el cuerpo es redundante. ¿Qué dibuja ese hilo de metal grueso? Una serpiente, la inminencia de un abrazo, la soledad de la línea paralela, el refugio de un paréntesis, la fusión del vacío y la carga, una encrucijada, la ondulación de un mar vertical, una enfática interrogación, el tiempo otro de la otra vida del metal, muslos, dados, órbitas truncas, épica comprimida, diques que son el río que fluye, insinuaciones, coqueteo. A fines de los años sesenta, Richard Serra anotó en un par de hojas blancas una lista de verbos entrañables. En esa especie de poema minimalista, el escultor revela su búsqueda: desenrollar, arrugar, almacenar, doblar, acortar, girar, trenzar, abollar, rasurar, despedazar, astillar, separar, cortar, escindir, tirar, remover, simplificar, diferenciar, desarreglar, rasurar, abrir, mezclar, anudar, derramar, gotear, fluir, arremolinar, rotar, untar, inundar, incendiar, imprimir, levantar, curvear, sostener, enganchar, suspender, desparramar, colgar, coleccionar, asir, apretar, combinar, acumular, arreglar, reparar, descartar, emparejar, distribuir, exceder, complementar, contener, rodear, esconder, cubrir, envolver, escarbar, atar, pegar, juntar, laminar, marcar, expandir, diluir, iluminar, revisar, modular, destilar, borrar, sistematizar, referir, forzar, hablar. Y revelaba también los ingredientes de su acto artístico: la tensión, la gravedad, la naturaleza, la inercia, las olas, la simultaneidad, el equilibrio.
El admirador de la literatura contemplativa de Emerson busca el hechizo. El surfista californiano no tolera la quietud. Sus obras, es cierto, no se mecen con el aire. Ni el huracán más furioso podría menearlas un centímetro. Pero son imposibles de apreciar al instante. La fotografía puede capturar placas admirables de su obra pero decomisa su vuelo. Se percibe una animación dramática en su fijeza, una secuencia misteriosa que convierte cada obra en una pieza narrativa. Esculturas cinematográficas: recorrer las inmensas vasijas de Serra es volverse espectador de un breve drama: la primera mirada captura apenas el esbozo del personaje, pronto aparece una curva que anuncia, la escena de la siguiente incógnita. La escultura camina, trota, se acelera, da una vuelta, se detiene y concluye para invitar a la repetición o a la secuela.