Roberto Breña ha enviado una carta a Reforma para cuestionar los argumentos de mi artículo de ayer. Aquí está su texto y, abajo, mi respuesta:
El lunes 23 de marzo, Jesús Silva-Herzog Márquez (JSHM en lo que sigue) abre su editorial “El condimento del insulto” con una afirmación en apariencia contundente: “Una de las razones de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad para el insulto.” Como ciudadano, me preocupa que un editorialista tan perspicaz como JSHM escriba lo que intenta ser una apología del insulto. Conviene empezar por la definición del verbo insultar según el DRAE: “Ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones.” La democracia vive, es cierto, del debate de los asuntos públicos. Sin embargo, JSHM, piensa que corremos el riesgo de intelectualizarla “si creemos que ese debate…es una ponderación de ideas”. Que en nuestro ya de por sí débil (en términos argumentativos) debate democrático se defienda y se fomente el ofender a los interlocutores me parece un acto de irreflexión. Ponderar ideas no significa intelectualizar, significa sopesar argumentos. El propio JSHM escribe que existen “pocas labores más exigentes con la inteligencia que el disparo de un dardo certero a la tontería…”.
Difiero con JSHM en cuanto a su escala para medir la inteligencia; los buenos argumentos (resultado más de la reflexión que de cualquier tipo de disparo) son suficientes para poner al descubierto la tontería (y muchas otras cosas). Me parece muy bien que Gladstone, Disraeli y Churchill hayan sido un dechado de ingenio, elegancia e irreverencia, como lo sugiere JSHM, pero quizás no es irrelevante el hecho de que la vida política de estos tres hombres haya tenido como escenario la democracia más longeva del planeta. En todo caso, no veo en qué sentido el insulto es la “salsa indispensable” del debate político o por qué debamos lamentarnos por la pobreza de “nuestra cultura de insultos”. Al contrario, creo que el insulto empobrece dicho debate. Esto me coloca en ese grupo de personas que, según JSHM, se siguen aferrando a “la pudorosa ceremonia de la deliberación racional” y cuyos potenciales reparos rebate por adelantado, considerándolos “pestañeos de la decencia”. El pudor y la decencia no tienen nada que hacer aquí. El “problema” está en otra parte: con base en una idolatría del ingenio (simplista como lo es toda idolatría y detrás de la cual se esconde, aquí sí, un cierto “intelectualismo”), JSHM plantea que la pobreza de la vida democrática mexicana reside en buena medida en la ausencia de esa “saña” y esa “gracia” que caracterizaría a los grandes políticos. La “falta de grandeza” (la expresión es mía) de los políticos mexicanos tiene muy poco que ver con su incapacidad para ser ingeniosos.
Concluyo: la ausencia de insultos está muy lejos de hacer del debate político nacional el “intercambio de lugares comunes, obviedades y expresiones de buena voluntad” que preocupa a JSHM en su editorial. Contra este tipo de intercambio, los buenos argumentos bastan y, agrego, deben seguir bastando; sobre todo en el ámbito de la vida pública.
Roberto Breña se escandaliza por la irreflexión que supone mi apología del insulto. Tras mi diatriba, parece decir, se anhela un torneo de escupitajos. Nada más absurdo. Nada más distante de lo que digo. El (buen) insulto merece defensa como condimento del debate. Así lo sugiero desde el título. Quien coma algo más que verduritas de hospital sabrá que el condimento es un añadido que sirve para agregar sabor al platillo, no para suplirlo. En ningún caso la pimienta sustituye el pollo. No sugiero tirar el argumento a la basura y bañarnos en ajo. Digo que, además del nutrimento, nos vendría bien algo de acidez. ¿Hay idolatría en esa petición?
Es evidente que el debate público tiene sus reglas. También hay pautas para usar el clavo o el jengibre. Si vale reivindicar el valor de ciertos insultos es porque pueden llegar a ser filosos y penetrantes, pertinentes y justificables. También pueden ser tontos, chatos, absurdos, triviales. En todo caso, valdría reconocer que la polémica no se cocina al vapor como quisiera nuestro nutriólogo. Una pizca de sal no ha matado a nadie.