La pregunta ¿quién eres? es abismal, escribe Carl Schmitt. Nadie puede planteársela. Quien la formula con sinceridad es precipitado a ella. El jurista alemán se toma en serio la pregunta cuando Eduard Spranger le plantea un contraste entre el autor y el hombre. Spranger, a quien Schmitt había citado con admiración en El concepto de lo político, le advertía que sus lecciones eran lúcidas pero que él era opaco. Lo que enseñas es claro, interesante, filoso pero tú eres turbio, chato, apagado, le dijo. Schmitt, el teólogo que pintó la política como la opción dramática de lucha; el jurista que expulsó la ley de la Constitución se sintió perturbado: ¿Qué sentido tiene la brillantez de la teoría cuando la vida permanece apagada?
Cercado por la pregunta, Carl Schmitt se atreve a ver en el espejo. Mi naturaleza puede ser opaca pero es, ante todo, defensiva. “Soy un hombre contemplativo y gusto de formulaciones precisas, pero no de la ofensiva, ni siquiera de la contraofensiva. Mi natural es sosegado, silencioso y transigente como un río tranquilo, como el Mosela, tacito rumore Mosella”. Pero aun defendiéndome, continúa el constitucionalista, no me tienta la violencia. “Siento poco interés práctico hacia mí y demasiado interés teórico por las ideas de mis adversarios, aun cuando se presenten como acusadores. Tengo demasiada curiosidad de conocer los supuestos mentales de cada reproche, de cada acusación y de cada acusador. Por eso no resulto ni buen acusado ni buen acusador”.
Escribir estas líneas le estaba vedado. Había terminado la guerra y estaba bajo arresto automático. Era testigo y “posible acusado”. Nunca se le hizo acusación formal ni se le condenó por delito alguno pero permaneció bajo arresto entre 1945 y 1947. Si las conocemos fue porque un médico norteamericano le permitió tomar notas y enviar cartas, venciendo la aduana de los carceleros.
Schmitt se retrata como víctima de un nuevo totalitarismo. Se observa como presa de un nuevo Estado que, bajo criterios de exigente legalidad, esconde una nueva opresión. El gran crítico de la jurisprudencia liberal devuelve la estocada: “Hoy el progreso de la técnica moderna lo domina todo. Ha creado una nueva forma de dureza y crueldad, de frío duro y cruel, que no se manifiesta exclusivamente en la moderna invención de la guerra fría. Porque el progreso de la técnica moderna es sobre todo, al mismo tiempo, un progreso en la eliminación del subjetivismo romántico, un progreso en la captación del individuo humano y en la criminalización y automatización de las masas. Una maquinaria gigantesca devora sin distinción a cientos de miles de hombres. Al lado de esto, el viejo Leviatán, el gran monstruo, parece casi acogedor, y la antigua cárcel casi un idilio”.
Padecía la captura como validación de su teoría. Bajo la arquitectura del derecho liberal, con su barroco decorado de imparcialidad, subsistía la voluntad de avasallar al enemigo. Ahí estaba él, el crítico de la legalidad burguesa, durmiendo en una celda helada, sin permiso para escribir. Era un “posible acusado”. La ley puede ser norma equilibrada cuando se reglamenta el intercambio de mercancías; cuando el poder está en juego, la ley no es más que la emisión de una voluntad de supresión.
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