Rafael Argullol escribe hoy sobre la película del director húgaro Béla Tarr sobre el caballo maltratado que abrazó Nietzsche antes de despeñarse a la locura.
¿Qué ocurrió aquella mañana de enero, probablemente gélida, dado el habitual clima de Turín? El abrazo al caballo maltratado, el desplome mental, el retorno al regazo materno. “Madre, soy bobo”: el niño travieso, quien como adulto ha sido el profeta que ha proclamado la inminente hoguera, cierra el círculo tras la fenomenal travesura. Le esperan diez años de silencio radical, pocos si los comparamos con las casi cuatro décadas de locura atravesadas por su admirado Friedrich Hölderlin, al que tantas cosas le unen, incluidos el destierro y la caída. Evidentemente nunca sabremos lo que ocurrió en la cabeza de Nietzsche esta mañana turinesa. Lo más desconcertante del caso es que esa cabeza había logrado trabajar a la máxima presión en los meses anteriores. El año 1888 es uno de los más productivos, si no el que más, en la trayectoria intelectual de Nietzsche. Escribe y publica varios libros, incluida esa obra maestra de la ironía que es Ecce Homo, un texto, cierto, desquiciado y hasta paranoico, pero de una sutileza y un dominio del lenguaje inigualables. ¿Fue el desplome de Turín la consecuencia natural de ese último año, como si la cuerda del arco se hubiera roto tras ser sometida a la máxima tensión? Nunca tendremos una respuesta para esta pregunta.
La cinta no trata de entender lo que le pasó a Nietzche, sino lo que le sucedió al caballo después del abrazo. Aquí puede verse la escena inicial de la película:
Charles Simic publica otra postal de sus recuerdos para hablar del cine. Al poeta le parece extraño que los escritores hablen tan poco de las películas que vieron de niños si en el cine encontraron el mundo. En una sala de cine conocimos Nueva York y París, la guerra, el box. Por el cine bailamos como Fred Astaire y escapamos de orfanatos, fumamos opio y derrotamos a Napoleón. Simic recuerda el momento en que vio Ladrón de bicicletas:
El día que vi Ladrón de bicicletas me convertí en un esteta sin darme cuenta. Estaba más preocupado con la forma en que se hacía una película que con los giros de su argumento. De repente, me fascinó la manera en que la cámara se movía o la forma en que se cortaba una escena o el marco que envolvía cierta imagen. Podría estar horas tumbado en la cama repasando una escena una y otra vez, recreándola para hacerla más misteriosa, más erótica y, desde luego, más poética. Lo disfrutaba inmensamente. No me extraña que mis amigos empezaran a pensar que yo era un poco raro en cosas de cine. Tendría doce años, no tenía idea de nada pero ya tenía una cineteca en la cabeza (...) suficientemente grande como para entretenerme y enriquecerme la vida, cuando me despertaba en la noche.
Kim Jong Il, el amado camarada del PT, fue un devoto del cine. Publicó un libro sobre el arte de la cinematografía donde compara al director con un comandante revolucionario y coleccionó miles y miles de películas. En 1978, como ministro de cultura, tuvo a bien secuestrar al director surcoreano Shin Sang Ok (y a su esposa) para gloria de un arte a la altura de la doctrina Suche. De esa colaboración surgió Pulgasari.
No es extraño salir del cine con preguntas. Vamos a cenar tras la función para tratar de responderlas y resolver los misterios de la trama. El árbol de la vida, la nueva película de Terrence Malick, no nos siembra esas preguntas que se resuelven con una mirada atenta, descifrando las claves que aparecen en un diálogo o en una imagen. El árbol de la vida no es simplemente una narración compleja, es un testimonio del misterio. La película se columpia entre lo diminuto y lo descomunal, va del pie de un recién nacido al anillo de las galaxias, del fuego original al rascacielos. El dolor de la muerte dispara el flashback más deslumbrante y nos remonta a un tiempo anterior a las células. Un cuento pequeñito de melancolía familiar se trenza a la marcha de los dinosaurios. No faltan espectadores que, ante estos disparates, abandonan la sala.
El árbol de la vida podría ser una película muda: un despliegue de imágenes bellísimas, un manojo de instantes sublimes retratados por Emmanuel Lubezki. Podría ser también un concierto estrujante con piezas de Tavener, Bach, Mahler, Gorecky, Smetana, Preisner, Berlioz. Música y plegaria que cautivan a través del oído. Tal vez El árbol de la vida sean los recuerdos y el sueño de un hombre. La memoria de su niñez, sus primeros pasos; el juego y la tentación del peligro; el descubrimiento de la suavidad y la aspereza del mundo. Una niñez que se abre camino entre el calor de su madre y la rigidez del padre. Ella ríe, cuida, juega, se desprende de su peso y baila en el aire. Él se cree en el deber de enseñar rigor, dureza, golpes. Ella despierta a sus hijos con risa, él les arrebata violentamente el cobijo. Ella es un ángel; él nunca encuentra la paz—más que en la música a la que en mal momento dio la espalda. Los personajes apenas se hablan. Las palabras en la cinta son susurros, invocaciones, rumores. Los protagonistas le hablan a Dios quien, por supuesto, permanece callado. Al mundo no se le entiende pero se le escucha, se le ve, se le toca. Sobre todo éso: se le toca, se le acaricia. Desfilan las manos como los órganos sabios de la percepción. Acarician el agua, el aire, la piel, el pasto, las cortinas. Tocan… y entienden.
La tragedia cae sobre la familia. El hermano menor del protagonista muere. Un telegrama lo comunica en la primera escena de la película. ¿Se suicidó? Poco nos dice el breve libreto de de este traductor de Heidegger pero la tormenta de reclamos y culpas que sigue torturando al hermano mayor insinúa la muerte voluntaria. El dolor encuentra marco en la inmensidad de lo astronómico y de lo microscópico. Los átomos y las nebulosas no escuchan el grito de una madre. La naturaleza, sin embargo, no es indiferente y nos cobija desde el gran estallido. El consuelo llega porque todos los tiempos de la emoción humana son presente. Porque el adulto puede confortar al niño que fue, porque el muerto no desaparece del recuerdo, porque hay perdón. El tiempo no desecha: todos los pasados son sincrónicos. La película es una parábola sobre el asombro, es decir, sobre la humildad. Venimos a amar a cada una de las hojas, a cada hilo de luz, dice ese ángel que es la madre. Venimos a maravillarnos.
No puedo escapar de una escena. Laura Guerrero acaba de inscribirse a un concurso de belleza y llega a una fiesta. Después de unos minutos, entra al baño para descubrir que unos hombres se descuelgan del techo de un bar improvisado. Como arañas que descienden de su hilo, los asaltantes reciben los rifles que les entregan desde lo alto. Vienen a matar y pronto se encuentran con Laura. El jefe de los matones la ve, le perdona la vida pero la atrapa definitivamente en su red. A partir de ese momento no hay escapatoria: la red del crimen lo cubre todo.
Miss Bala, la cinta de Gerardo Naranjo que se estrena este viernes, es una película que retrata la desgracia mexicana de este tiempo. La casa que habitamos ha dejado de ser nuestra, la vida que vivimos ya no es en realidad propia. Bajo el imperio del miedo nada puede ser confiable. Somos el ratón con el que juega el gato del crimen: la apariencia de libertad es la cuerda que permite su diversión. Cuando pensamos escapar, en realidad nos arrojamos a la boca hambrienta. Pero no se crea que ésta es otra película de denuncia, otra película de compromiso que se deleita en el lugar común, en la estridencia de la simplificación. Miss Bala es una gran película en términos estrictamente cinematográficos. Saturados por la crueldad cotidiana, la cinta sobresale porque su honestidad no está reñida con la elegancia. No es necesario restregarnos la violencia: lo que hace falta para nombrar nuestro tiempo es tocar las emociones vitales que la rutina adormece. Para capturar la angustia no hace falta arrojar cubetas de sangre: tocar la respiración del miedo es suficiente.
El extraordinario guión es poderoso por todo lo que no dice, por todo lo que calla, por todo lo que sabe innecesario decir. El poder de la película está en esa comunicación que escapa al discurso, esa trasmisión de imágenes o, tal vez, olores que provocan la fraternidad profunda y auténtica del arte. La fotografía es esencialmente evocativa: ve y nos muestra la angosta cueva de la violencia para cerrar también los párpados o alejarse de lo que no necesitamos ver para sentir. Dos actuaciones admirables sostienen la película. Stephanie Sigman carga prácticamente todas las escenas pronunciando unas cuantas frases pero hablando todo el tiempo con el cuerpo. Trepado a su mirada, montado en sus espalda, adherido a sus moretones, el auditorio vive una pesadilla interminable. La ilusión más ingenua le despierta una sonrisa, el pánico más profundo revienta en el tambor del pecho. Noé Hernández es un villano único porque no es tragado por ningún estereotipo. No usa camisa Polo, no lleva cadenas de oro ni lentes oscuros. Es despiadado pero no cruel. Representa el mal porque encarna también lo humano. Aterra porque podríamos conocerlo, porque podríamos ser él.
La hazaña artística de esta película es haber logrado la serenidad narrativa en medio del desbordamiento de violencia y sangre. Película de nuestra angustia, Miss Bala registra el grito pero no nos grita. Es una denuncia de nuestra barbarie, pero no pretende ser un cuento con moraleja edificante. Es uno de los mejores retratos emocionales del México de hoy.
La BBC planea un programa que reconstruirá la producción de La vida de Brian y la tormenta que suscitó. La cinta de Monty Python fue prohibida en Irlanda y varias partes de Estados Unidos por ser considerada blasfema. La cinta agitó un debate que anticipaba la polémica de los Versos satánicos. De un lado, quienes consideraban que la religión podría ser tratada con la misma severidad (y humor) que la política. Del otro, quienes pensaban que nadie podía burlarse de la religión porque ofende al Creador o a los creyentes. Aquí pueden verse fragmentos de la película y aquí trozos de un debate televisado.
Después de que el propio Werner Herzog actuara su parodia buscando afanosamente a Waldo, es difícil tomárselo muy en serio. La autocaricatura puede verse en youtube. El director recorre los centímetros de esas ilustraciones atiborradas de personajes, en busca del anteojudo de camisa con rayas rojas. El director alemán lo interroga todo: una hoja de papel puede ser el mapa de un tesoro, una toalla o una simple hoja de papel. Todo es símbolo de la condición humana; todo es pista para la divagación perspicaz. El narrador, con un acento alemán casi inverosímil, juega a la conjetura. Todos buscamos a Waldo pero, ¿qué busca Waldo? Tal vez no busca nada y se dedica a huir. ¿De qué huye? ¿De sí mismo? Quizá al buscar a Waldo somos nosotros quienes nos buscamos a nosotros mismos. La trivialidad de un libro destinado a hacernos perder el tiempo convertido en jeroglífico del espíritu moderno.
(Gracias a Julio Flomar me entero que se trata de parodia y no autoparodia)
En una parodia del documentalismo de Werner Herzog, Ryan Iverson lo imita como si estuviera descifrando una imagen de los libros de Waldo. En la caricatura que puede verse en youtube, el director alemán lo interroga todo: una hoja de papel puede ser el mapa de un tesoro, una toalla o una simple hoja de papel. Todo es símbolo de la condición humana; todo es pista para la divagación perspicaz. El narrador, con un acento alemán casi inverosímil, juega a la conjetura. Todos buscamos a Waldo pero, ¿qué busca Waldo? Tal vez no busca nada y se dedica a huir. ¿De qué huye? ¿De sí mismo? Quizá al buscar a Waldo somos nosotros quienes nos buscamos a nosotros mismos. La trivialidad de un libro destinado a hacernos perder el tiempo convertido en jeroglífico del espíritu moderno.
Werner Herzog ha buscado siempre la frontera. En sus documentales se ha paseado en el lindero de lo humano al reconstruir la vida de un hombre tan enamorado de los osos que terminó dentro de uno. Grizzly Man es un relato sobre el encantamiento de la naturaleza y la misantropía suicida. Se ha lanzado también al fin del mundo para registrar la vida en los sitios más improbables. No es, desde luego, un purista del documental. No tiene el menor empacho en pedirle a sus personajes que lean pasajes que él les escribe. La verdad de los hechos, ha dicho, es superficial. De lo contrario, el directorio telefónico sería nuestro Libro de Libros. Lo que busco es una verdad más profunda, una verdad extática, dice. Más que documentales, lo suyo son meditaciones personales con cámara y micrófono. Herzog podrá nadar en las aguas más heladas, caminar entre la exuberancia vegetal o adentrarse en la locura de Gesualdo pero el protagonista es siempre él mismo: su voz. La banda sonora de sus documentales no es una ilustración musical sino las palabras con las que describe las imágenes que se depliegan, el acento de sus cavilaciones y su comedia sutil.
En La cueva de los sueños olvidados, su nuevo documental, el director se adentra en una gruta que durante milenios ha escondido las primeras muestras del arte humano. Después de un tiempo breve en que estuvo abierto al público, la cueva fue clausurada de nuevo para protegerla del polvo y los flashes de los mirones. Herzog fue invitado por el gobierno francés para registrar los trazos que sólo pueden ver un puñado de científicos. Descubiertas hace un poco más de quince años, las cuevas de Chauvet, en el sur de Francia, albergan la galería más antigua del planeta. Hace 32,000 años alguien dibujó en la piedra caballos, leones, rinocerontes, venados, atisbos de una figura femenina. Los murales de la inmensa catedral son un misterio: ¿cuál es el sentido de los trazos? ¿Son decoración o rito? ¿Por qué abundan los animales y se esconde el hombre? Para el director alemán las siluetas de la cueva capturan, ni más ni menos, el origen del alma: los primeros brotes de un ser que escapa a su animalidad y se vuelve hombre al tocar belleza y espiritualidad.
La exploración arqueológica de Herzog no es un programa del Discovery Channel. Puede verse en tercera dimensión pero no tiene nada que ver con James Cameron. La aventura de contemplar esos testimonios primigenios de la humanidad, conducen a Herzog al misticismo. Esos artistas son nuestros hermanos más antiguos. En una escena pide silencio a sus acompañantes: quiere dejar testimonio del silencio profundo de la caverna. El latido del corazón se vuelve perceptible—o por lo menos eso nos dice el narrador. El gesto subraya el barullo que acompaña toda la cinta y que distrae al espectador de sus propias preguntas.
Sí: tengo un problema con Natalie Portman. Cada vez que la veo en una película tengo que correr a ponerme un suéter. Por supuesto: reconozco que es preciosa, que es la elegancia, que tiene una piel esplendorosa. No puedo negar su precisión actoral, el esmero con el que representa a una reina, a una nudista, a la compañera de un matón. Pero nada me dice, muy poco me comunica. Me parece tan atractiva como una perfecta escultura de hielo.
Una pieza sin defecto. En Closer, esa potentísima película de Mike Nichols sobre los demonios de la intimidad, Natalie Portman sostiene, sin duda, la tensión de su personaje. Alice, la nudista atrapada en una red de emociones, es representada correctamente. El problema es que no alcanza a despojarse en ningún momento de su ángel y sumergirse en bestia como lo hace el resto de los personajes a golpe de traiciones y verdades. Cuando el desamor llega, no la opaca. El resentimiento sale de sus palabras pero no surge de su intestino. La actriz grita pero no ruge; golpea pero no araña, llora sin desmoronarse. Natalie Portman siempre flota, intocada por la tierra, las sábanas, los cuerpos. Un colibrí. En los personajes que ha representado, ha cambiado mil veces de peinado pero apenas ha transformado la naturaleza de su personaje único: una belleza adolescente, vulnerable y frágil. Calva en Vendetta, pelirroja o con peluca rosada en Closer o con el chongo de la princesa Amidala, es siempre hermosísima y siempre helada. Eras perfecta, le dice Dan (Jude Law) en una de las últimas escenas de Llevados por el deseo. Lo sigo siendo, le responde Alice. Y en efecto, sigue siendo perfecta: herméticamente impecable.
El Cisne Negro, la película que le dará todos los honores de la actuación, parece una película sobre ella: una cinta sobre la frustrante perfección. La perfección como conquista muda e inexpresiva, como una tortura que busca una recompensa imposible. Una bailarina adicta a la exactitud es acosada por alucinaciones, autoflagelación, acosos y delirios. Una historia de horror que se pasea por las fronteras de lo chusco: la madre es una bruja, la comida es veneno, el cuerpo es poseído por alguna maldición, la noche es una pesadilla. Este trabajo de Aronofsky parece una continuación de Réquiem por un sueño, pero ahora se muestra que la obsesión, mucho antes que la cocaína, es el peor de los narcóticos. Ninguna dependencia tan monstruosa como la propia ambición. Nada tan destructivo como nuestra intolerancia al error propio. Nadie discutirá los méritos de Natalie Portman, cuando en el ritual conocido, dé las gracias a la Academia por su Óscar como la mejor actriz del año. Modificó su cuerpo para darle vida a una bailarina, su rostro aparece en primer plano durante toda la película; ella se desdobla en personajes torturados y le da vida a una guapa que sufre mucho.
“Solamente quiero ser perfecta,” dice Nina, la bailarina de la cinta. En El cisne negro, Natalie Portman vuelve a ser perfecta: Yo sigo con mi problema: la perfección me da frío.
Hace treinta años Francesca Woodman se arrojó de un edificio en Nueva York para perder la vida. Entonces muy pocos sabían quién era. La policía no la reconoció porque no cargaba ninguna credencial y su rostro había quedado desfigurado. Pasaron días hasta que sus padres dieron con su cuerpo. Gracias a la ropa supieron que era su hija. Tenía 22 años y estudiaba fotografía. Apenas llegó a exponer en alguna galería universitaria y publicar un libro de escasa circulación. Hoy su trabajo es reconocido mundialmente. Varias galerías inglesas muestran sus fotos, mientras el Museo de Arte Moderno de San Francisco prepara una gran retrospectiva de su breve carrera. En Nueva York se estrenó hace poco un documental sobre la artista y su familia.
La cinta, dirigida por C. Scott Willis se equivoca, a mi juicio, al fijar la atención en el entorno familiar de Francesca y titularse The Woodmans. El documental se esfuerza por subrayar el mérito artístico de sus padres y de su hermano y de sugerir una afectuosa rivalidad entre ellos que termina con la perturbadora absorción que el padre hace del genio de su hija. Falla también porque coloca el suicidio en el centro de una obra extraordinaria, sin ofrecer, naturalmente, una clave que explique el salto al vacío. Me perdonarán los miembros de la familia y el director, pero en esta cinta se observa que el artista es uno solo. Y es enorme. Por eso la verdadera fuerza de la cinta no se encuentra en la narración del director, ni en los recuerdos de los parientes, ni siquiera en las palabras de la fotógrafa, sino en sus fotografías. Y tampoco está en la tragedia de su muerte el valor de su imaginación visual.
Podría pensarse que todas sus fotografías son autorretratos. No aparece en todas pero es la figura central de cada una de ellas. Las modelos que retrató, cuerpos, y pechos sin rostro, podrían ser ella misma. Durante ocho años Francesca Woodman fotografió cientos de autorretratos sin rostro: imágenes de sí misma como cuerpo inaprensible. Su cabeza es el lugar donde nace el pelo, no el nacimiento de una mirada. Una vida marcada por la soledad y el frío. Piernas y telas en cuartos vacíos; pieles y tapices que se desprenden, víboras ante el lienzo de una espalda, el movimiento que es materia transformada en aire. El blanco y negro que emplea en casi todas sus fotos da a cada imagen un aire decimonónico, victoriano. Resulta difícil dejar de ver las imágenes de Francesca Woodman como anticipos de su final. En todas parece que la vida se escurre, que las fronteras entre lo vivo y lo inerte se disipan, que la carne vuela y se vuelve aire. Un cuerpo elusivo. Un cuerpo que se finge sábana, que se adhiere al yeso, que burla al espejo y rompe la caja.
Cuadros como puentes a otro territorio: espejos traspasados, paredes y pieles que se descarapelan, cuerpos que se filtran entre los muros. Nada encuentra foco. En una fotografía, la ve uno contemplando su propia ausencia. La huella de su cuerpo marca un suelo de talco. Sus piernas son los únicos testigos de lo que ella fue. En otra, el cuerpo se anuda con las raíces de un árbol, a la orilla de un río. Su pelo fluye, transformado en agua. Sólo el ojo atento descubre que, tras el tronco grueso y viejo, sobre el pasto bien podado que lo rodea, se levantan discretamente unas lápidas. Ser río y raíz en cementerio.