La película de Florian Henckel Von Donnersmarck (así se llama) La vida de los otros tiene la estructura de un thriller tradicional. Narración apresurada, suspenso, héroes y sorpresas. Pero detrás del misterio de los espías, se expone una densa alegoría moral. La película alemana que ganó el Óscar a la mejor película extranjera se sitúa por doble partida en 1984. En el 84 que está a cinco años y una eternidad de derribar el Muro y en la pesadilla totalitaria del 1984 orwelliano. Hoy podemos reconstruir aquel tiempo en Berlín como el último aliento de la Alemania “Democrática.” Nadie podría prever entonces que el final del régimen estaba a la vuelta de la Perestroika. En ese momento se vivía como si el régimen fuera eterno, capaz de administrar suplicios por los siguientes cuarenta años. 1984, el tiempo de la primera escena de la cinta, es también el emblema del vigía que destruye todo reducto de intimidad. La policía secreta del gobierno comunista estaba en todas partes pero nadie se atrevía a mencionar sus siglas en público. La innombrable ubicuidad del totalitarismo. Los historiadores ubican la Alemania Democrática como uno de los regímenes policíacos más obsesivos de que se tenga memoria. Un amplísimo buró de espías y un ejército de informantes: una república de delatores. Más de un cuarto de millón de personas dedicadas a espiar al vecino, al colega, al marido.
La cinta confronta a un escritor exitoso con un burócrata helado de cabeza rapada. El dramaturgo es un consentido del régimen: el único escritor de prestigio en Occidente que no es un subversivo, mientras que el espía es un maestro del retorcido arte de la interrogación. El burócrata del espionaje está convencido de que dudar es ya un acto intolerable que merece castigo por deslealtad a la Patria Socialista; el hombre de teatro trata, por su lado, de resguardar su libertad creativa acomodándose a las reglas del régimen. El tercer personaje es la novia del escritor, quien mantiene una relación secreta con un encumbrado del aparato. El triángulo pone a prueba a cada uno de ellos: amor y creación, interés y dignidad, disciplina y fidelidad al Estado, utilidad y convicción. Cada una de las ligas personales puesta a prueba. La vida bajo las extremas condiciones del totalitarismo germina reacciones inesperadas: ahí donde es esperada la lealtad, brota la flaqueza—que no la traición. Y ahí donde la malevolencia se da por descartada surge el gesto—que no la exhibición—de lo humano. Como una especie de síndrome de Estocolmo puesto de cabeza, el espía encuentra en los personajes escrutados una razón de vivir. El vigilante inescrutable, el espía de existencia miserable, descubre en las vidas que espía por cámaras y grabadores, el motivo para pensar por sí mismo y desafiar la constitución de reglas y recompensas que ha marcado su vida.
El autor y director de la cinta advierte que su película puede tener dos lecturas. En Occidente fue vista como una inteligente película de espías. En el Este, la experiencia de La vida de los otros fue, más bien, una terapia, un golpe que permite encarar heridas y responsabilidades. Los dilemas morales suelen arrojar sorpresas: entre los personajes más disímbolos, entre responsabilidades antagónicas puede brotar la tenue silueta de la amistad. Y ahí donde se espera el inquebrantable compromiso de amor puede asomarse también el cálculo terrible.