Timothy Garton Ash es el gran cronista de la nueva Europa. Le gusta que le llamen "historiador del presente." Retrató la evaporación sorpresiva del imperio soviético, noveló sin ficción las entrañas del espionaje
alemán, narró la revolución polaca
, trazó bocetos de la Europa postcomunista
. Para él el Atlántico ha de ser visto como el río que une las dos orillas de Occidente--esto es, Estados Unidos y Europa.
Ahora se asoma a Brasil y desde ahí reflexiona sobre las dificultades para instalar la democracia en América Latina. Ha escrito su artículo más reciente a partir de una visita a Sao Paolo, impresionado por la desigualdad y la violencia. ¿Cómo puede subsistir el pluralismo bajo el imperio de la pobreza?
Brasil es, junto a India y Estados Unidos, una de las democracias más grandes del mundo. Es una auténtica democracia desde hace menos de 20 años, y ya ha superado la prueba del traspaso pacífico de poder entre partidos y presidentes rivales. Esta joven democracia ha sobrevivido a crisis económicas, un sistema federal de una complejidad chirriante y repetidos escándalos de corrupción. Cuenta con una prensa libre, vibrante y combativa. El ejército, que antes controlaba el país, ahora permanece en segundo plano. En muchos sentidos es un experimento esperanzador. Pero la pregunta que queda pendiente es durante cuánto tiempo es posible que se mantenga una democracia liberal con tales grados de desigualdad, pobreza, exclusión social, crimen, drogas y anarquía. En el país vecino, la Venezuela de Hugo Chávez, puede verse la permanente tentación populista.
En realidad, habría que preguntarse hasta qué punto se puede considerar que ésta es una democracia liberal, dados los extremos que coexisten en ella. El especialista legal brasileño Óscar Vilhena Vieira dice que no se puede hablar propiamente de imperio de la ley -uno de los elementos esenciales de la democracia liberal, a diferencia de la meramente electoral- cuando no existe una igualdad básica ante la ley.