Excandidatos del Partido Demócrata recuerdan sus experiencias en convenciones pasadas en esta colección del NYT.
Excandidatos del Partido Demócrata recuerdan sus experiencias en convenciones pasadas en esta colección del NYT.
Publicado el 14:48 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
Más allá de la factura estrictamente oratoria, destaco la determinación del político. Obama abandonó ayer la carta testimonial que tan bien le ha funcionado No siguió con sus temas de siempre, no repitió las fórmulas de siempre, no fue busca del coro de antes. Ni un solo “Yes we can” que encuentra de inmediato un eco de entusiastas. El lirismo se detuvo y dio paso a una argumentación combativa y, lo más notable, sustanciosa. La elocuencia se puso a servicio de la polémica. Una cuerda es inmediatamente electoral y consiste en rebatir a su adversario punto a punto. La otra es de mayor altura, de mayor ambición y es quizá más riesgoso: es la restitución de dignidad al proyecto liberal (en el sentido norteamericano). En la cartografía ideológica de los Estados Unidos, Obama se colocó—no como el político de consenso que en ocasiones ha querido ser—sino como un ideólogo de una nueva izquierda (de nuevo, en términos locales) que reivindica la responsabilidad individual, comunitaria y de Estado.
No fue un discurso evasivo; lo contrario: osado. No fue para terminar la era del Bush II, sino para terminar con la Era de Reagan que el episodio clintoniano nunca pretendió echar abajo. Vale recordar que Obama, en algún momento habló elogiosamente de Reagan, destacando su capacidad de motivar y transformar. (Aquí puede verse esa declaración cuidadosamente fraseada: Reagan transformó Estados Unidos de una manera que no logró ni siquiera Clinton). Creo que esa es la ambición que delineó ayer. El atrevimiento es atractivo: la contienda no puede seguir la descripción del negro contra el héroe de guerra. Por encima de la propaganda, los comerciales, las biografías y las personalidades hay una disyuntiva política relevante.
Publicado el 12:02 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)
Cuando se convierte en adjetivo, la historia recibe un maltrato pavoroso. Lo “histórico” es un recurso de la exclamación ordinaria. Todo es proclamado histórico: cada elección lo es; todo encuentro diplomático es calificado con esa palabra; toda olimpiada es histórica, todo campeonato, toda competencia, todo premio es histórico. Política, espectáculo, deporte invocan a la historia para insertar signos de admiración a la saliva.
Hay dos formas, creo, de usar respetuosamente el adjetivo. La primera es para las raras ocasiones de la ruptura. La segunda es para las también escasas oportunidades del símbolos. No creo exagerar cuando digo que que lo que se vive en Denver tiene ese carácter: es histórica la postulación de Barack Obama como candidato del Partido Demócrata a la presidencia de su país. La historia, como el pasto, no se ve crecer. Sabemos que crece pero nuestro ojo es incapaz de registrar su ascenso. Si acaso, podemos comparar la imagen en nuestro recuerdo con lo que vemos ahora y darnos cuenta de que el pasto ha crecido. Sabemos que la historia también trepa al comparar nuestros libros de historia con nuestros diarios, nuestras leyes con las de nuestros ancestros. Pero hay también momentos que la historia encuentra momentos cargados de simbolismo, ocasiones que sintetizan el lentísimo crecimiento colectivo. No hablo de los momentos en que una continuidad se rompe con violencia, ni de los tiempos en que se pretende inaugurar un tiempo que se deshaga de las herencias. Hablo de momentos cuyo significado es esencialmente alegórico: cartas que confirman, que encarnan la transformación que a lo largo de las décadas se ha ido desdoblando.
La postulación de Barack Obama tiene, en sí misma, esa portentosa solidez simbólica. Su camino a la Casa Blanca no está, bajo ningún concepto, despejado. Enfrenta en la maquinaria republicana a un enemigo rudo y habilidoso y tiene debilidades que no pueden ignorar quien quiera mantener los ojos abiertos. Y sin embargo, el clamor del Partido Demócrata abrazándolo el miércoles pasado como su candidato es, sin hipérbole, un hecho histórico. La novedad de su candidatura no necesita la docta iluminación ni los enredos de los comentadores. La grandeza del salto se vive en el cruce de las generaciones que conviven. No en las generaciones impersonales registradas en los libros de historia, sino las generaciones que forman familias: abuelos, padres, nietos. El racismo no es vergüenza distante que exploran arqueológicamente los especialistas; es experiencia compartida en la mesa. Un niño puede escuchar de labios de su abuela la explotación sufrida por sus padres esclavos. Un abuelo puede relatar la experiencia de la segregación. Un padre comunica con orgullo la batalla por los derechos civiles. Esas son las historias que fluyen con los contagiosos lubricantes de la emoción en esta feria insustancial de discursos y propaganda. Mis padres vivieron en una plantación; los padres de mi abuelo fueron esclavos; recuerdo cuando no podía entrar al boliche reservado a la diversión de los blancos; tengo presente las marchas con Martin Luther King, viví el rechazo cuando quise comprar una casa en un barrio que no era apropiado a mi color. El cambio ha sido todo menos súbito. Pero ha sido real. Se expresa en una sensación extendida de incredulidad: nunca pensé que podría vivir esto, se escucha. Un afroamericano puede ser presidente de los Estados Unidos. Será histórico, tal vez, aquello que puede celebrarse como certificado de que mis hijos viven un país distinto al de mis padres.
Publicado el 8:56 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
Timothy Garton Ash describe a Obama como un genio de la vaguedad inspiracional. Encarará un enorme reto. Más allá de lo que se ha diho en estos días, no podrá, por la fuerza de su historia americana, ni por su oratoria magnética, cambiar a su país y cambiar al mundo. Tendrá que percatarse que la fuerza de su país en el mundo declina.
Publicado el 11:04 en Denver 2008, Timothy Garton Ash | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
La segunda parte aquí. Obama puede seguir aprendiendo de aquel discurso, dice John Dickerson.
Publicado el 10:51 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
El gran crítico literario, lexicógrafo y satirista H. L. Mencken, abría todos los años un par de paréntesis a sus ocupaciones para sumergirse en las convenciones de los partidos. El escritor se apartaba de su meticulosa inspección del idioma para deambular en los pasillos y salones donde traficaban poder los jerarcas de los partidos. Visto el espectáculo de cerca, parece ser claro que la política no tiene gran utilidad, decía. Es una actividad disipada, sórdida, obscena, escabrosa. Sus virtuosos no son más que canallas con talento. Pero no nos olvidemos que la política tiene una fabulosa capacidad para relajarnos y que ha prestado extraordinarios servicios a la industria del entretenimiento. Ese era el dominio de las convenciones: fuentes de un placer morboso y divertido; espectáculos grotescos y fascinantes.
El periodista de Baltimore tenía un oído atentísimo a la disonancia oratoria. Sus descripciones de los discursos de potentados y aspirantes son joyas de la exageración y la precisión. Algún orador le recordaba una liga de esponjas mojadas, a una rancia sopa de frijoles, a perros ladrando idiotamente en una noche interminable. De la factura de algún mensaje decía que estaba peor escrito que un texto redactado por un profesor de inglés. El reportero—que, por cierto, no sentía ninguna simpatía por la democracia—responsabilizaba al auditorio de la ruidosa palabrería. La gente no quiere ideas: quiere palabras. Desea vacuidades sonoras mil veces repetidas, aderezadas con gestos enérgicos. Si la frase ruge, no importa si tiene significado.
Los juicios de Mencken siguen describiendo con puntualidad la oratoria predominante. La interminable procesión de declamadores que calientan la arena para los principales oradores repiten mil veces el mismo guión: una conmovedora historia familiar, los desastres de los ocho años republicanos, la equivalencia de las políticas de McCain y Bush, una súplica a Dios para que bendiga a su país. La anécdota de la niña con cáncer que lloraba y sólo pedía la oportunidad de tener un seguro de vida; una referencia a su amorosa esposa Lucy y a sus nietos que sólo quieren seguir viviendo el sueño americano. La mezcla es inquietante a los oídos extranjeros: mezcla de familia, creencias y política. Matrimonios, nietos y dioses invocados como argumentos legítimos en la batalla electoral.
Pero entre este grajeo aparecen, en buen momento, mensajes que cuentan, que expresan una visión estratégica, que desarrollan una idea que crece, y comunican una emoción en ascenso, que raptan la atención de un auditorio. Palabras que resultan eficaces. No han faltado estos mensajes en la Convención de Denver. El discurso de Edward Kennedy ligó el presente con las grandes aspiraciones del partido. Precedidas por una seria tensión, las palabras de Hillary Clinton—un tanto impostadas y autorreferenciales—empezaron a caminar la ruta de la conciliación partidista. La charla de Kerry, a pesar de su sabida entonación distante, denunció inteligentemente a los republicanos que se creen dueños del patriotismo. La gran pieza de la convención ha sido, sin lugar a dudas, la admirable pieza del expresidente Clinton. Clinton llegó a su cita como el gran patrono que empezaba a perder ascendiente entre sus fieles. Sus ataques a Barack Obama durante la elección primaria habían dejado heridas vivas. Su intervención le restituye a Clinton autoridad dentro de su partido. Discurso ejemplar: teje un mensaje sencillo y poderoso, bien medido, inteligente y apasionado, profundo y directo. Hizo un reconocimiento a su esposa, pero, a diferencia de ella, colocó a Barack Obama en el centro de su alocución. Su elogio fue político y también personal. Y, sobre todo, encaró la principal crítica que recibe el abanderado demócrata y que es, en buena medida, herencia de la batalla primaria: la inexperiencia de Obama, su impreparación en asuntos de seguridad nacional. Creo que Clinton pronunció hoy uno de los mejores discursos de su vida. Lo hizo situándose en la plataforma del estadista que palpa los desafíos internos y exteriores de su país y que convoca a su partido a respaldar a su antiguo adversario. Anoche fue buena noche; la mejor noche de los demócratas.
Publicado el 8:09 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
Esto puede entresacarse en la prensa y en la red. Howard Kurtz resalta que Hillary Clinton no elogió a Obama, no habló de sus cualidades personales, no habló de su capacidad de mando. Esa misma ausencia resalta el New Republic.Un discurso que no pareció del todo sincero. John Dickerson cree que el discurso fue bueno pero con omisiones serias. Un discurso del que ningún obamita podría quejarse se dice en el National Review. Un discurso que no reconoce la elección primaria. Gestos para Obama pero es, sobre todo, un discurso sobre ella, dice Sam Boyd en el American Prospect. Jonathan Cohn lo elogia no como gran pieza oratoria, sino como efectiva pieza política: palabras en su sitio, en el momento adecuado, dichas por la persona correcta. Para Ezra Klein el discurso debe leerse como una reafirmación de orgullo demócrata; no como un discurso sobre Obama o sobre Hillary sino sobre la identidad demócrata. Jonathan Chait cree que fue un mensaje renuente... pero persuasivo. Una intervención desangelada, sin entusiasmo que no prendió en ningún momento al auditorio.
Publicado el 11:02 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
En momentos en que todos deuncian el imperio de la apatía, el entusiasmo se manifiesta. La política sigue siendo capaz de encender el ánimo, de movilizar la imaginación, de perfilar esperanzas. El animal demócrata no está libre de contrariedades y desaveniencias pero manifiesta algo palpable. Se ve en los ojos jubilosos y los hombros desmoralizados que se cruzan en esta convención. Vienen del mismo sitio: la pasión. En la dicha inmensa de los delegados negros que caminan orgullosos por los pasillos y en el orgullo terco de las mujeres mayores que presumen el respaldo a su candidata se ve algo más que el cruce de clientelas frustradas y exitosas. Se percibe la autenticidad de la emoción política. Durante la larga campaña interna del Partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton fueron algo más que candidatos: símbolos de causas hondas, anhelo de cambios históricos, propelas de movimientos resueltos. Cada uno de ellos, por supuesto, aportaba a la campaña una biografía, un paquete de propuestas, una visión para el futuro de su país. Pero entraba con una carta adicional: el palmario poder emblemático de sus candidaturas: la posibilidad de que al cerrado club de presidentes de los Estados Unidos se incorporara una mujer o un negro. Aún un insensible a las sensibilidades de la identidad como el que escribe apresuradamente esta nota se percata de la fuerza de estos emblemas.
El Partido Democrata ha sido escenario de un duelo de hazañas. La campaña interna fue larga y enconada. Pero fue, sobre todo, el choque de grandes ambiciones y de grandes personajes. Clinton y Obama, cada uno a su modo, cada uno con su vocabulario y cada cual con sus distintas pericias han se han afanado por escapar de un capítulo histórico para brincar a otro. Cada uno confrontó un enemigo corrosivo e invisible: el prejuicio. Dos candidaturas contra la discriminación. Ninguno de ellos se escudó exclusivamente en la carta de su identidad. Ambos son especímenes políticos formidables. Él un predicador del consenso, un magnífico organizador, un comunicador prodigioso. Ella, una combatiente feroz, versada como nadie en los mecanismos del poder, una realista alerta a la conspiración de los detalles. El gran contratiempo en el Partido Demócrata fue que las hazañas que representaban sus abanderados tuvieron que enfrentarse. No había espacio para la conjunción.
Las gestas de la inclusión no han dejado de combatir y de excluirse. Las hostilidades entre los excandidatos han cesado. Con tardanza pero sin ambages, Hillary Clinton aceptó su derrota. Pero las aguas puestas en movimiento no pueden detenerse de pronto. Las palabras de reconciliación se han pronunciado pero la herida sigue visible. Por los pasillos de la convención y en la ciudad de Denver deambulan viudas. En su mayoría son mujeres mayores. Están armadas de botones, camisetas, sombreros y bolsas de su heroína. Aceptan la derrota de su candidata pero se sienten lastimadas, maltratadas. De muchas maneras expresan su renuencia a trabajar por una candidatura que no logran hacer suya.
Hillary Clinton perdió la candidatura por una compleja cadena de causas. Arrogancia propia y prejuicios ajenos; por desorganización interna y por la estrategia del adversario; por su respaldo a la invasión de Irak y la pesada carga de su marido. Anoche hizo lo que tenía que hacer: apoyó a Barack Obama y llamó a votar por él. Profesional, cumplió. ¿Fufe convincente? La factura de su discurso fue impecable y contuvo las palabras esperadas: Obama es mi candidato. Pero volvió a pronunciar un discurso autorreferencil, un discurso que no deja libre el escenario para el candidato y sigue rindiendo homenaje a la dinastía Clinton. Yo, yo, Obama, yo, yo, mi marido. El problema no es que el país no esté preparado para un presidente negro, decía alguien en estos días. El problema es que los Clinton parecen no estar preparados para que nadie más que ellos ejerza el liderazgo en el Partido Demócrata.
Publicado el 8:57 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
Publicado el 3:14 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
Otros cartones por aquí...
Publicado el 16:41 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
David Brooks encuentra al peor enemigo de Obama en los asesores que le sugieren ser otra persona. John Dickerson no cree que el partido pueda superar sus diferencias--y duda que importe mucho al final del día. En el Wall Street Journal James Taranto rechaza el argumento de Jacob Weisbert (que pesqué por acá) que sugiere que la única razón por la que podría perder Obama es el racismo.
Los comentaristas compiten por el lugar común del sentimentalismo al describir el discurso de Michelle Obama: "íntimo," "sincerido, electrizante," "conmovedor," "muy conmovedor," "sincero," "intrépido," "hermoso", "sobrecogedor." Yo escogería otros adjetivos: opaco, previsible, eficaz. Y al mismo tiempo, su presencia, más que sus palabras es poderosamente elocuente. Un país con memorias frescas de segregación escucha a una mujer afroamericana que puede habitar la Casa Blanca.
Publicado el 8:42 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack (0)
La elección del 2008 dio un giro inesperado. Se encaminaba a ser una fulminante condena al pasado inmediato y se convirtió en una elección sobre un personaje insólito: Barack Obama. El vuelco ha sido infortunado para las ambiciones demócratas que tendría el camino más despejado si la personalidad del abanderado no fuera el eje de la campaña. La intensidad expresiva de su candidatura lo convierte en el imán indiscutible de la campaña. El hecho es que una campaña que podría haber sido una embestida contra el mandato de George W. Bush está resultando una obsesiva investigación en la psicología, la genética y la teología de Barack Obama. El resultado de esa detenida observación es ambiguo: muchos ven en él al personaje que encarna el cambio, mientras otros encuentran razones para dudar o para temer. La identidad del candidato está en el centro del debate. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es la cepa de su lealtad? El debate que vagamente (y renuentemente) se entabla aborda la raza y la raíz: el color y la nacionalidad.
Algunos de los promotores de Barack Obama han detectado en su retórica una apuesta por una política postracial. Sus cromosomas y su biografía fundamentan esa noción. Más que negro, mulato; más que afroamericano: hijo de un africano y una norteamericana. Cierto: su cara no se parece a las que retratan los billetes, pero no nunca fue marcado por la segregación ni padeció en carne propia el racismo. Ahí está una de las líneas de cuestionamiento a su candidatura: el personaje escurre todas las categorías que la taxonomía política norteamericana ha desarrollado de manera puntillosa: raza, edad, género, religión, ideología, región. El cruce de estos casilleros ayuda a precisar el contexto de un personaje, el origen de una política, las implicaciones de un gesto. De alguna manera, la clasificación domestica: atrapado en un casillero, el sujeto encuentra lazo y jaula: se sabe qué esperar de él y se puede anticipar de algún modo su rumbo. Obama resulta inclasificable: es negro pero no es realmente un afroamericano; vivió en un extremo del país y se educó en el extranjero; es liberal pero no tanto.
El mensaje racial de su candidatura no puede ignorarse. Algo de su atractivo se funda en la esperanza de un país de dejar definitivamente atrás la gran vergüenza de la esclavitud y el racismo. Eso que Obama llamó su pecado original. La victoria de Obama implicaría una feliz conclusión simbólica de una larga historia de conflicto, una manera de cambiar una página histórica. El éxito de Obama sería el mayor elogio a un país que ha logrado cambiar. Esa sería el alcance de su presidencia, decía ayer Edward Kennedy: dar por concluida la era del racismo en los Estados Unidos. Pero la carta racial es casi inmencionable en la campaña. La raza es la ballena en la mitad de la sala de la que nadie quiere hablar. Las encuestas—que en esto son más inconfiables que en otras cosas—sugieren que los norteamericanos están preparados para tener un presidente negro en la Casa Blanca. Apenas un 5% de los electores acepta que jamás votaría por un candidato afroamericano. Pero evidentemente, el racismo persistente en los Estados Unidos no se proclama racista. Pero la raza sigue separando. Una quinta parte de los blancos se siente discriminado por una política que, a su entender, ha dado demasiadas ventajas a los negros. Los resentimientos son mucho más vivos que el discurso postracial de Obama sugeriría. Sobre todo en los mayores, en quienes padecen mayores privaciones, en quienes viven en el sur.
Michelle Obama, esposa del candidato tuvo una tarea hoy al pronunciar el discurso central de la noche: enfatizar la raíz de su familia; colorear la vida de su marido como símbolo de “la gran historia norteamericana.” Una hinchada declaración de lealtad patriótica. La ballena no fue mencionada: apenas una leve referencia a la raza por vía de una evocación de Martin Luther King.
Publicado el 4:38 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (2) | TrackBack (0)
La Convención rinde homenaje a Edward Kennedy. Todos los delegados despliegan un apellido: Kennedy. Un partido político es un guardián de tradiciones, un cultivo de orgullos.
Publicado el 20:34 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
Andrew Sullivan, uno de los más adelantados promotores intelectuales de la campaña de Obama, explica las razones de la contienda reñida. Los prejuicios raciales cuentan; la bandera del cambio no la puede monopolizar Obama y la inexperiencia del demócrata es costosa. O, tal vez la presunción de que la elección sería un día de campo era, simplemente, absurda.
Publicado el 14:22 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (1) | TrackBack (0)
Paul Krugman cree que la tarea de los demócratas es muy sencilla: escapar de la competencia de las personalidades y recordarle a todos que la decisión es escoger a un republicano o a un demócrata. Roger Cohen sugiere que Obama juegue más a la carta racial, mientras Jacob Weisberg sostiene que el verdadero problema que enfrenta el demócrata es el prejuicio racial. Aunque sólo 5% de los norteamericanos acepta que no votaría por un negro, una proporción muy significativa ubica el racismo en el vecino. Una quinta parte del electorado confiesa su convicción de que su país no está listo para elegir a un presidente negro. La misma proporción advierte que se ha hecho demasiado para ayudar a los negros. Liza Mundy anticipa lo que podría decir hoy por la noche Michelle Obama. Dan Balz resalta los grandes desafíos de los demócratas en Denver.
Publicado el 9:08 en Denver 2008 | Enlace permanente | Comentarios (3) | TrackBack (0)


