Ensayo

10 de abril de 2008

William Hazlitt

HazlittHace 175 años nació William Hazlitt, uno de los más brillantes ensayistas ingleses de todos los tiempos. Apenas se han traducido unas cuantas cosas suyas al español. Entre ellas, "Del espíritu de controversia" que Aurelio Asiain trajo al español y publicó en Vuelta en 1992. Pocos textos tan pertinentes para estos días como esa defensa de la discusión. No conozco traducción de un ensayo luminoso sobre el servilismo titulado "Sobre la conexión entre los tragasapos y los tiranos." Aquí me atrevo a ofrecer una versión de su línea central:

El hombre es un animal que traga sapos. La admiración del poder en otros es tan natural al hombre como el apetito de poder; éste lo hace un tirano; aquella un esclavo. La corona dorada no sólo enorgullece a quien se la coloca en la cabeza; deslumbra también al miserable encadenado en una mazmorra; y si pudiera liberarse de sus grilletes, se desentendería de los desgraciados que ha dejado atrás para tener una oportunidad de admirar esos espejitos relumbrantes en alguna ceremonia anual. El esclavo, sin ninguna esperanza ni consuelo, se aferra a ese destello de la ostentación real que insulta su miseria y su desesperación. Desde los ojos vacíos del hambre contempla la insolente soberbia y el lujo que la ocasiona y abraza con más fuerza sus cadenas, porque no tiene nada más.

Una buena antología de los ensayos de Hazlitt es esta selección preparada por John Cook.

27 de febrero de 2008

Reyes y la cordialidad

Fuente_alfonso_reyesSi el ensayo es el género de la cordialidad, Alfonso Reyes sigue siendo nuestro máximo ensayista. En sus paseos se encuentra esa hospitalidad que es el sello de la identidad ensayística. Sus artículos no dictan cátedra, no sermonean, tampoco riñen. Ofrendas de amistad. El conversador continúa la palabra de otros, acompaña, ayuda. Para el temperamento literario, escribió en algún lado, escribir es respirar. No es respiración por ser simple espontaneidad fisiológica, sino por ser un lavado del ánimo: la combustión de los rencores, transformación de la inquina venenosa en oxigenada divergencia.

El ensayo es el hijo caprichoso de una cultura abierta, dijo Reyes al describirlo memorablemente como “el centauro de los géneros.” Mestizaje del arte y la ciencia, en el ensayo hay de todo y cabe todo. Caben todos, agregaría. Si Montaigne abrió el espejo de sus cuadernos para que cupieran todos los Montaignes que él era, la prosa de Reyes es la calle por la que puede caminar todo mundo. Cuando el regiomontano ingresa al terreno de la polémica no incurre en la burla ni le tienta la posibilidad de descuartizar al otro con un párrafo intransigente. Por el contrario, rehuye el imán de simplificación y rechaza las incitaciones de los extremos. La honestidad del escritor le impide pensar como si las cosas tuvieran solamente una cara.

Los académicos insisten en verlo en falta: no aparece su obra cumbre, no publicó ese libro indispensable, no aportó el texto canónico. No era el especialista nutrido en las fuentes originales, no hablaba griego, escribía de oídas. Absurdas críticas para el ensayista. Lo importante de la prosa de Reyes es la carretilla, no el bulto de los ladrillos que transporta, ha respondido bien Gabriel Zaid: “Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar lo que quiere decir, antes de saberlo.”

Alfonso_reyes_mexico Ya se ha dicho que la obra de Reyes ha encontrado enemigo en sus obras completas, kilos de papel tapiado. A su rescate ha venido una legión de antologías que dan muestra de su genio. La más reciente es la colección Capilla Alfonsina editada por el Fondo de Cultura y coordinada por Carlos Fuentes. Libritos que recogen el arco de sus curiosidades y pasiones. Hasta el momento han aparecido tres volúmenes: México, con un estupendo prólogo de Carlos Monsiváis, América, introducido por David Brading y Teoría literaria, comentado por Julio Ortega. Las tres pequeñas compilaciones rescatan la vivacidad de una pluma crucial de nuestro siglo XX. En su liviandad, cada libro acentúa el aire y la claridad de una escritura que no debe sepultarse en un mausoleo de pasta dura.

El ensayo de Reyes expresa una victoria sobre el odio. Un hombre que se recuerda mutilado tras el sacrificio de su padre (“una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”) se reconstituye a través de una escritura sin rabia ni codicia. Su ensayo puede leerse como el mejor contraveneno del odio que insisten en inyectarnos. No lo redacta ninguna manía, ninguna pose ostentosa, ninguna misión vengadora, ninguna cruzada de iluminado. No escribe contra otros: conversa con muchos. Su obra es una apuesta por la convivencia en un país desgarrado por la barbarie. “Tomar partido es lo peor que podemos hacer,” escribe en su “Discurso por Virgilio.” La discordia es el error.

Cioran escribió que el drama de Alemania era no haber tenido un Montaigne. El nuestro es mayor: lo tuvimos y no lo leemos.

5 de febrero de 2008

La imposibilidad de la crítica en México

El fin de semana Confabulario publicó un estupendo ensayo de Armando González Torres, autor de una amable invitación al exterminio de los intelectuales, sobre la imposible crítica en México. De ahí:

La politización de la literatura generó durante buena parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir los debates literarios en controversias políticas y a construir un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como géneros edificantes, que debían aportar a la patria no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno, para que después del 68 la escena literaria y cultural se polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México, Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs. literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban una escisión estética y política más amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la consolidación de cuadros especializados, en los últimos años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los intereses comerciales.

17 de octubre de 2007

Los mejores ensayos

Se acaba de publicar la edición 2007 de los mejores ensayos norteamericanos. David Foster Wallace hizo la selección y preparó la nota intoductoria. Entre las piezas recogidas: un ensayo de Ian Buruma sobre las caricaturas de Mahoma, un texto de Peter Singer sobre la ética de la filantropía y una carta de Edward O. Wilson dirigida a un pastor evangélico. Sorprende la premura de los editores que han cerrando la edición antes de Halloween, resolviendo que nada memorable se publicará en los últimos tres meses del año. Pero sobre todo recuerda el intento frustrado de replicar el esfuerzo en México. Hace un par de años se publicó un estupendo volumen que no inauguró tradición. Antonio Saborit preparó la antología de los mejores ensayos mexicanos de 2005 que editaron la Fundación para las Letras Mexicanas y Joaquín Mortíz. La compilación de Saborit incluía textos de Laura Emilia Pacheco, Pablo Soler Frost, Armando González Torres, Christopher Domínguez, Juan Villoro y Sergio Pitol, entre otros.

En 2006 no apareció la continuación. ¿Qué pasó?

El Estado cultural

Fumaroli_estado_culturalNietzsche tomaba nota  se horrorizaba de una novedad insospechada que le sorprendía: “El Estado como estrella para guiar la cultura.” Un nuevo fenómeno, subrayaba. Se refería al impulso cultural de Bismarck quien, creyendo sólo en el Estado, pretendía extender su poder a la educación y las costumbres. El estadista no era un romántico que viera en la nación un árbol antiguo y venerable que la burocracia debía abonar y proteger. Su política cultural era un mecanismo para reforzar la dominación. Bismarck, el maquiavélico, entendía al Estado como el centauro que reprime y premia: agente de coacción y de cultura. El mejor heredero de esa determinación ha sido el Estado francés. Por lo menos, eso es lo que argumenta Marc Fumaroli en su ensayo sobre el Estado cultural que ha publicado recientemente el Acantilado.

El libro se traduce con más de quince años de retraso. Cuando apareció en francés causó una auténtica conmoción. El profesor de la Sorbona y miembro del Colegio de Francia se lanzaba en 1991 contra las pretensiones tutelares del poder público. El blanco de su ataque es esa especie de bonapartismo que ha hecho de la cultura un culto sin dios. El Estado cultural (ensayo sobre una religión moderna) puede leerse como un gran panfleto y como un gran ensayo. Extraña mezcla. Por un lado es malicioso y mordaz. Un rudo embate contra personajes con nombre y apellido. Pero también es una elegante pieza prosística en la mejor tradición francesa. Un escrito erudito y profundo en el que se percibe la huella de Montaigne, de Tocqueville y de Aron.

Pueden pasarse por alto las indiscreciones de los jerarcas de la cultura francesa pero no resultan indiferentes sus reflexiones sobre la transformación de la creatividad en propaganda. Del genio individual a la mercancía privada a la megalomanía estatal. La cultura como palabra que alberga todo y, en consecuencia, no significa nada. A Fumaroli le resulta antipática la invasión de la antropología al noble territorio de las artes. Irrupción de antropólogos y funcionarios que empaquetan todo artificio en el bulto de la ‘creación cultural’: poemas y hábitos; zapatos y sonetos; ópera y jingles.

El protagonista de este cuento es André Malraux, primer pontífice de la cultura francesa. Las ambiciones del ministro eran formidables. Su ministerio (en el doble sentido de la palabra) pretendía trascender la mera instrucción de las escuelas. No bastaba con comunicar la existencia de clásicos o divulgar las obras maestras. Pretendía cambiar el alma de los franceses. Malraux separaba los confines de la educación y de la cultura: “La enseñanza puede hacer que se admire a Corneille y Víctor Hugo. Pero lo que conduce a amarlos es el hecho de representarlos. La cultura es lo que no está presente en la vida y que debería pertenecer a la muerte. Es lo que hace que ese muchacho de dieciséis años, cuando mira por primera vez a la mujer que ama, pueda volver a escuchar en su memoria, con una emoción que no conocía, los versos de Víctor Hugo.”

El Estado del que habla Fumaroli ve en la cultura una vía de salvación. Saint-Exupéry se decía atormentado por una pesadilla que se lo golpeaba al viajar en tren. Veía en la cara de una multitud apretujada y abatida una tragedia. Cada uno de esos hombres era “un poco Mozart asesinado.” Fumaroli encuentra una contradicción insalvable entre este designio excelso (salvar al genio que puede despertar en cada ciudadano) y los medios que emplea. Por un lado busca comunicar lo sublime: republicanizar los esplendores del espíritu. Pero los efectos de su intervención son contrarios a esos brillos: la helada maquinaria del Estado se vuelve un obstáculo a la creatividad, un pedestal para la glorificación personal.

27 de julio de 2007

En defensa del adjetivo

A menudo nos repiten que debemos suprimir los adjetivos. Un buen estilo—oímos decir—puede prescindir perfectamente del adjetivo; le basta el arco sólido del sustantivo y la flecha ubicua del verbo. Y, sin embargo, el mundo sin adjetivos es triste como el quirófano en el día de domingo. Una luz azulina se filtra a través de las ventanas frías, zumban en voz baja los mustios tubos fluorescentes.

El sustantivo y el verbo son suficientes para los soldados y los dirigentes de los países totalitarios. Porque el adjetivo es el garante indeleble de la individualidad de los objetos y las persona. He aquí un montón de melones en un tenderete. Para un adversario de los adjetivos la situación no presenta ninguna dificultad. “Los melones están en el tenderete.” Y lo cierto es que un melón es amarillento como la tez de Talleyrand mientras discurseaba en el Congreso de Viena, otro es verde, inmaduro y lleno de arrogancia juvenil, y hay uno que tiene la cara chupada y se ha sumido en un silencio profundo y fúnebre como si no pudiera acabar de despedirse de los campos de Provenza. No hay dos melones iguales. Algunos son oblongos, otros rechonchos. Duros o blandos. Huelen a campiña y a amaneceres o están secos, resignados a todos, asesinados por el transporte, por la lluvia, por las manos de unos desconocidos y por el cielo plomizo de un suburbio parisino.

Adam Zagajewski, "En defensa del adjetivo," en Dos ciudades, Barcelona, El acantilado, 2006

11 de julio de 2007

Filosofía del tedio

Filosofia_del_tedioHemos inventado una civilización de entretenimientos permanentes para mantener a raya al monstruo de la aburrición. Forramos el mundo de sonidos para no sentir el abismo del silencio, nos rodeamos de juegos para no agobiarnos con la espera, quemamos el tiempo en perpetua comunicación vacía. Combate a muerte al instante ocioso. En un blog bastante idiota se ha decretado la victoria de la tecnología sobre la aburrición. El argumento es risible: los juegos y herramientas del nuevo nómada (el ipod, la blackberry, el gameboy) han derrotado por fin al tedio, ese siniestro enemigo de la vivacidad.

Lars Svendsen, profesor de filosofía en la ciudad noruega de Bergen ha publicado Filosofía del tedio (Tusquets, 2006). La mera idea de un filósofo noruego disertando sobre la fenomenología de la aburrición parece la amenaza de una tortura: una lenta muerte a parrafazos de hermética erudición. En realidad, es todo lo contrario. Un texto con humor y densidad; una reflexión aguda y fresca. Filosofía del tedio es un libro con la gracia y la pasión de los buenos ensayos filosóficos. La imprecisión de la experiencia descrita encuentra en los meandros del ensayo la forma exacta. Svendsen no camina en busca de una definición, presenta un mosaico de esbozos para comprender los agobios del tedio. Por ello pasea de la germinación de la palabra a la teología; de Samuel Beckett a los Sex Pistols; del cine de Cronenberg a la filosofía de Kierkegaard; de los cuadernos de Andy Warhol a los Pensamientos de Pascal.

El tedio, ese deseo vago y sin impulso, nace de una crítica. Expresa una insatisfacción profunda con lo que sucede, con lo que se tiene, con la existencia misma. La madre del aburrimiento moderno es un pecado. La acedia, una nata existencial que se apoderaba de los religiosos. Un monje abatido comete el peor de los pecados: ningunea al creador; se atreve a despreciarlo, a juzgar incompleta su creación. Por eso resalta Svendsen que en la corte francesa, el tedio era una prerrogativa exclusiva del rey. El monarca podría bostezar durante la función de teatro o en la audiencia, pero a nadie se le permitiría dar muestras de aburrimiento en presencia del monarca. Ello equivaldría a tacharlo de aburrido. Insolencia imperdonable: cualquiera aguanta a un aburrido, los insoportables son quienes se aburren de nosotros.

El tedio es el secuestro del sinsentido. “Sufrir sin sufrimiento, querer sin voluntad, pensar sin raciocinio,” según la expresión de ese portavoz del desasosiego que fue Fernando Pessoa. En nuestro tiempo el aburrimiento anida en la ausencia de un sentido personal. Sugiere el noruego que esto se debe a que todo nos llega codificado, resuelto, digerido. Pero nosotros requerimos un sentido propio. “El hombre es un ser que crea su propio universo, un ser que construye su mundo activamente pero, si todo está de antemano cifrado y codificado, la constitución activa del mundo resulta superflua y perdemos así la capacidad de fricción en relación con el mundo. Nosotros, los románticos, necesitamos un sentido susceptible de ser realizado por nosotros mismos, y quienes se entregan a esta tarea de autorrealización se enfrentan, necesariamente a un problema de sentido.”

No parece haber solución a ese agotamiento. Ni el imperio de la moda y sus rutinas de novedad, ni los artefactos para quemar el tiempo son cura. Tal vez sean lo contrario: en la dependencia de todos nuestros artilugios confesamos nuestra incapacidad para individualizarnos desde nosotros. Al rescate puede venir Joseph Brodsky: en lugar de rehuir el tedio, habrá que abrazarlo. En un luminoso ensayito titulado precisamente "En defensa de la aburrición" el poeta ruso sugiere que no hay encuentro más profundo con el tiempo en toda su brutalidad, redundancia, y monótono esplendor que el que se vive dentro de la panza de la aburrición. La aburrición es nuestra ventana al infinito.

Jesús Silva-Herzog Márquez

julio 2008

dom lun mar mié jue vie sáb
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

Búsqueda

  • Google:

    WWW
    blogjesussilvaherzogm

Amazon

Libros

  • LA IDIOTEZ DE LO PERFECTO
    Jesús Silva-Herzog Márquez
    reseñas | comprar

    ANDAR Y VER
    Jesús Silva-Herzog Márquez
    reseña | comprar

LUNES

ANDAR Y VER

REFORMA.COM

Blog powered by TypePad