Viendo las fotografías de Alfredo de Stéfano, Guillermo Arriaga escribe de la cacería y el desierto:
Soy cazador. La cacería me ha permitido adentrarme en lugares remotos, casi inaccesibles. He cazado en selvas, montañas, bosques, pastizales, tierras cultivadas, pantanos. Y me he vinculado de manera muy honda con el paisaje. Porque todo cazador, el que de verdad lo es, necesita compenetrarse con la tierra que recorre. Leerla, comprenderla, entenderla. En la cacería uno descubre todo lo que de la naturaleza habita en nuestra condición humana.
De todos los paisajes, el que más me llega, el que más profundamente me brinda un sentimiento de pertenencia, es el desierto. Hay algo arcano en el territorio de los desiertos que me hace sentir que ésa es mi casa. Tan sólo al estar de pie frente a la inmensidad de un desierto entra en mí un bienestar primitivo y real. Algo hay en ese polvo, en esos cactos, en esas grandes extensiones, en ese calor opresivo, en ese frío cortante, que penetra mi carne y mi sangre.