Ideas como artefactos; argumentos como pequeñas piezas de pensar. En cada ensayo de Gabriel Zaid, el encendido insólito, la carátula transparente y una marcha rigurosa por rumbos sorprendentes. Un perfecto circuito de la intuición a la demostración. Relojería estricta, lógica meticulosa y densa que no puede dejar de invocar el milagro y sus misterios.
Acata la hermosura
y ríndete,
corazón duro.Acata la verdad
O suéltate, quizá,
y endurécete
contra la marea
como el Espíritu
fiel sobre las aguas.
Máquinas de pensar que no sólo a pensar enseñan. Esmero por acceder a la médula: podar la maleza del lugar común, la palabra rimbombante, el argumento recibido, la docta pedantería. De dos oficios de la precisión, la ingeniería y la poesía, se alimenta su combate al exceso. Pero la mecánica y la estética de la brevedad tienen en Zaid raíces más profundas. El fanatismo de lo apoteósico ha engendrado un infierno de frustración. De ahí que toda su obra esté regida por una moral de las proporciones. Contra todos los orgullos de la desmesura, ídolos de la voluntad y de la ciencia, una ambiciosa filosofía de la humildad.
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