Adolfo Sánchez Rebolledo publica hoy un interesante artículo en La jornada en el que rebate la idea del conservadurismo de nuestra izquierda.
Invocar el pensamiento conservador del pasado para combatir a los adversarios del presente es una de esas típicas salidas sin imaginación a las que son tan afectos algunos intelectuales críticos de la izquierda. En el afán de probar el falso progresismo de las izquierdas recurren al viejo recurso de eludir los contextos para quedarse en las similitudes formales de las analogías históricas: no les importa el ropaje con el que visten sus afirmaciones, sino el efecto entre sus lectores. Se acusa a la izquierda de reinventarse, para el caso de la reforma petrolera, una causa sustentada en el reconocimiento de un absoluto –la nación–, equiparable a la afirmación de la religión en el pensamiento conservador. Pero el intento es desmesurado, si de lo que se trata es de a) apuntalar con el beneficio de la duda la reforma enviada por el gobierno, y sobre todo por la pretensión de b) denunciar (en nombre de la izquierda ideal con la cual Calderón en sueños juguetea) el conservadurismo antidemocrático de los partidos que tomaron la tribuna del Congreso.
El artículo de Sánchez Rebolledo merece una lectura atenta, pero sigo pensando que el impulso crucial de nuestra izquierda partidista es más la resistencia que la reforma y que su mirada está más en orgullos de identidad histórica que en estrategias para enfrentar el futuro. No sé si mi argumento sobre el carácter conservador de la izquierda mexicana sea una "salida sin imaginación". Es la sugerencia de que el espejo en el que quiere verse no corresponde a sus nociones cruciales ni a sus estrategias. Creo, con Giddens, que frente al eje que separa la izquierda de la derecha hay que trazar también un eje que separe modernización de conservadurismo. ¿Nuestra izquierda es modernizadora? Vuelvo a citar lo que dice el sociólogo inglés:
Modernización significa elaborar políticas que nos permitan adaptarnos a un mundo distinto del anterior, en el que la globalización es el principal motor del cambio. Y ya no tiene por qué identificarse a la derecha política con el conservadurismo. Puede haber modernizadores de derechas; Sarkozy es un ejemplo perfecto. El futuro de la izquierda en Francia, dije, pero también en general, está en adoptar la modernización; en otras palabras, en elaborar políticas que nos ayuden a preservar y profundizar los valores de izquierdas en la era de la globalización. Tenemos que convencer a los conservadores de izquierdas de que avancen hacia la modernidad.
¿No es válido este planteamiento para nuestra izquierda también? Yo creo que sí.
Discrepo también de la filiación que hace Sánchez Rebolledo de las políticas de apertura. Dice él que la reacción antiestatista fue impulsada por "el gobierno, el empresariado, el Departamento de Estado y las trasnacionales." ¿Antiestatismo de derecha, estatismo de izquierda? El simplismo de la contraposición me parece propio de otro tiempo y le hace un flaco servicio a las izquierdas contemporáneas en el mundo y, en particular, en América Latina. Pasa por alto la crítica de muchas izquierdas a cierto intervencionismo estatal y su éxito para combinar apertura económica con una intensa política social.
Sánchez Rebolledo también pide seriedad en las palabras. Dice que "se secuestran personas y vehículos con violencia." No solamente. La amenaza de la violencia o cualquier intimidación puede servir para retener a alguien (o algo) indebidamente. Si la palabra se usa para aludir a personas raptadas, puede emplearse también para espacios: se secuestra una tribuna cuando se le retiene indebidamente para exigir que se actúe de acuerdo a la voluntad de quienes la ocupan. Tampoco cree válida la referencia al golpismo. Coincide en ese sentido con lo que escribía ayer Héctor Aguilar Camín. Es excesivo hablar de golpismo cuando el Congreso no ha desaparecido, dicen. Cierto. Hay que matizar la expresión. Los ocupantes de la tribuna no han suplantado al Congreso ni están dictando leyes de acuerdo a la voluntad del FAP. Pero lo que observamos como si fuera una nimiedad es una especie de golpismo rutinario, aparentemente inofensivo y ya confundido con los usos parlamentarios, que impide la deliberación y la decisión de los órganos constitucionales. Se trata del bloqueo ilegal del régimen constitucional. Insisto: ¿cómo nombraríamos un operativo del PAN y sus aliados que bloqueara la discusión y la decisión frente a la despenalización del aborto? ¿Libre manifestación de las ideas?