UN ENSAYISTA ENTRE NOSOTROS
Reseñas:

Reconocido crítico de la clase política, representante de una forma distinta de observar la escena pública que sabe equilibrar la agudeza, la ética y la claridad, Jesús Silva-Herzog Márquez es también un ensayista de primera línea, por cierto un tanto ajeno al oropel de las academias letradas y más aún de las tertulias, los corrillos bohemios y las redacciones donde se validan, más mal que bien, los prestigios literarios en México.

La mejor muestra de las aptitudes ensayísticas de Silva-Herzog Márquez se encuentra en el libro Andar y ver, que ahora circula en edición de autor, una práctica que por desgracia se ha perdido, no por otra razón, quizás, sino porque el cambio hegemónico de la letra a lo audiovisual en la esfera colectiva que se ha registrado en los últimos años hace ver el libro como algo proclive a la anacronía, y sólo superviviente en términos de su factura y alcance industriales. Las bellas ediciones que regalaba a sus amigos, por ejemplo, Salvador Novo con sus Sonetos de Año Nuevo, el ensayo sobre Heine que publicó a sus "expensas" Max Aub en 1957, o el libro conmemorativo de Vicente Rojo dedicado a la inolvidable Alba Cama de Rojo, resuenan en Andar y ver, impreso por Diego García Elío/ Equilibrista.  

Esta obra de Jesús Silva-Herzog Márquez recupera escritos breves sobre diversos autores que han contribuido a su formación intelectual, así como los que ha disfrutado por el puro placer de la lectura: Edgar Morin, Michel Tournier, Anna Ajmátova, Isaiah Berlin, María Zambrano, entre muchos otros. Entre los maestros que cita, se hallan George Orwell, Octavio Paz y Christopher Hitchens.

Así, en la lectura que consuma del crítico de arte estadounidense Robert Hughes, emblema del saboteador implacable de los falsos valores (célebre por definiciones letales como aquello de que Julian Schnabel significa lo mismo para la pintura que lo que Silvester Stallone representa para la actuación), Silva-Herzog Márquez apunta conclusiones que reflejan cierta identificación con su propio proyecto literario: "Frente al abolengo de la caza, Hughes resalta el carácter republicano del arte de pescar. Lo único que hace falta es tiempo y agua. En la pesca se enlazan a la perfección los dos modelos de la vida humana: la vida activa y la vida contemplativa. El pescador, una mezcla de héroe y anacoreta".

Y si el analista de la turbia política mexicana que es Silva-Herzog Márquez lanza en sus artículos semanales eficientes arpones contra la corrupción, la demagogia, la mentira y la simulación pseudodemocrática, mediante un empeño honrado que no se tienta el corazón en cuestionar lo cuestionable, así evite la escritura acomodaticia encubierta en el estilo "objetivo", "serio", " institucional",

al final sinónimos de sumisión abyecta, cuando encara la literatura el ensayista se vuelca en el gozo del lenguaje y su fuerza trascendental. Andar y ver recupera también piezas ensayísticas en la línea del ingenio cotidiano acerca de temas que, por costumbre, nadie examina ya, pero que en la pluma de Silva-Herzog Márquez revelan su profundidad e influencia sólidas: "En defensa de la siesta", "Contra la propina" o "La lujuria como virtud".

En uno de los ensayos superiores de su libro, en torno de Ryszard Kapuscinski, apunta el escritor algo que le atañe, al menos en cuanto al aliento implicado en Andar y ver: "un hombre encadena su cabeza cuando se declara esclavo de sus objetivos. Frente al caminante tenaz y metódico, pasea el viajante curioso que cede a la variedad de sus inclinaciones. Si escriben, el primero buscará redactar un tratado, el segundo coleccionará fragmentos".

A contracorriente de las vanas pretensiones de erudición instrumental, muy frecuentes en las letras mexicanas, que incurren en la desmesura y la cursilería de faramallas academicistas (cuánto brilla al respecto la definición que María Zambrano hace de la vanidad: "hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su propio vacío interior"), Andar y ver ennoblece la literatura porque entrega un ejercicio plural de saberes brillantes, expuestos en corto a partir de exactitud y gracia, no exenta de giros irónicos y paradojas disfrutables.

Andar y ver expresa la madurez de un escritor que establece un diálogo fluido con sus lecturas, y que vierte éstas mediante lo contrario del utilitarismo letrado: un procedimiento formal cuyo sentido y sutileza están en la inteligencia asociativa, en el eco interno que resuenan los ensayos, en la transparencia de un temperamento afín a la poética y construido desde la prosa. No sólo habla ni debe hablar allí el contenido, sino, sobre todo, la forma en la que éste se articula: la arquitectura de las palabras en su juego complejo.      

Como se puede intuir, tal oficio poco tiene que ver con la sola cita de autores o con la pregunta torpe que a veces suscitan logros escriturales como los de Andar y ver: ¿qué le añade a los escritores que cita? Bastante, habrá que responder, puesto que, como Roberto Calasso ha expuesto, los libros son una cultura personal, una "constelación cifrada que cada escritor lleva en sí". Saber traducir a otros semejante figuración es un mérito mayor que envidian los incapaces. Habrá que incluir a Jesús Silva-Herzog Márquez entre los mejores ensayistas de la literatura mexicana contemporánea.