En una edición reciente del New Yorker, la del 24 de septiembre para ser exactos, el famoso neurólogo Oliver Sacks detalla el caso más agudo de amnesia registrado por la ciencia. En 1985 Clive Wearing, músico y musicólogo inglés, fue atacado por una infección en el cerebro afectando sobre todo las regiones que controlan la memoria. Desde entonces, sus recuerdos apenas cubren unos segundos. Wearing es capaz de percibir y entender lo que observa, pero es incapaz de retener cualquier impresión por más de un pestañeo. Al parpadear aparece ante su mente un panorama totalmente nuevo. Su conciencia le ofrece una película discontinua en la que en cada cuadro aparece una imagen distinta, un paisaje sin vínculo alguno con la escena previa. No hay en el registro del espectador una imagen que anteceda la escena del presente. Antes del instante, un precipicio, una noche; la oscuridad. En cada fragmento de tiempo, Wearing piensa que ha despertado de un largo periodo de inconsciencia. En realidad, no tiene siquiera registro de haber estado despierto antes. “No he escuchado nada, no he tocada nada, no he olido nada. Es como estar muerto.” El futuro tampoco se anuncia en su cerebro. Una agonía interminable.
Dos plataformas lo mantienen por encima del abismo. Dos ligas con el mundo, dos puentes a la realidad: su mujer y la música. La presencia de Deborah, esposa de Clive, ha hecho tolerable una vida sin memoria. Ella es el único ser humano que recuerda. En cada encuentro –-y pueden ser incontables en una sola tarde—la reconoce perfectamente. Rodeado de extraños en un lugar extraño, el único rostro familiar es el de ella. Un hombre que siente miedo todo el tiempo, encuentra alivio al estar cerca de su mujer. En su ausencia no tiene registro de que existe pero, cuando aparece, es la cuerda de salvamento que sostiene una vida en el despeñadero. Ella ha dado cuenta de su experiencia en un libro de memorias de título certero: Hoy para siempre
. Como relata, la supresión de los recuerdos no es capaz de borrar esa memoria emotiva escondida en otro sitio del cerebro. Tan devastadora amnesia es impotente, al parecer, de erradicar el amor.
La segunda plataforma es la música. Poco tiempo después de la enfermedad, Deborah empezó a cantar. Su marido de inmediato la siguió en perfecta sintonía. Cantaba. En seguida lo sentó al piano y se percató que podía tocar casi a la perfección. La memoria musical parecía intacta. Podía cantar, tocar el piano, dirigir un coro como lo hacía antes. El amnésico no recuerda que recuerda la música; no tiene por ello ningún impulso personal para tocar el piano. Pero, si alguien lo guía y lo incita, su memoria se echa a andar. No lo hace, por cierto, de modo mecánico, sino con gracia y sensibilidad. Al tocar el piano, al dirigir el coro, Clive se aviva. La pieza lo sostiene y lo anima. Pero al finalizar la pieza, cae de nuevo a la angustiosa zona de su extravío. No reconoce a nadie en el cuarto. El coro que segundos antes dirigía, resulta extraño. La ansiedad reaparece. La vida literalmente prendida de una melodía.
¿Qué explicación puede dar cuenta de esta vivacidad despertada por la música? Sacks, quien está por publicar un libro sobre los efectos neurológicos de la música (Musicophilia
), sugiere que una melodía ofrece pasaporte a otra dimensión temporal. Una pieza no es una simple sucesión de notas, sino una totalidad compacta, orgánica. En la primera nota está el germen de la sinfonía completa. Será que Clive Wearing, incapaz de recordar o anticipar eventos, puede cantar y tocar el piano porque recordar música no es, en el sentido tradicional, recordar. “Recordar música, escucharla o tocarla, está totalmente en el presente.”
Un hombre perdido en la oscuridad más angustiosa tiene chispazos de vida. Se siente muerto al no recordar personas, sensaciones, ni ideas. Vive muerto sin poder imaginar futuro. Se recobra en relámpagos de vida. En compañía del amor o envuelto en música, el presente es pleno.