A los editores en jefe de los diarios Pravda, Izvestia, Literaturnaya, Gazete y Sovetskaya Kultura.
Estimado Camarada Editor:
Ya no es ningún secreto que A. I. Solyenitsin vive gran parte del tiempo en mi casa cerca de Moscú. He visto cómo fue expulsado del Sindicato de Trabajadores--precisamente cuando trabajaba intensamente en una novela sobre el año de 1914. Ahora le han otorgado el Premio Nobel. La campaña que se ha desatado en los periódicos me obliga a escribirles esta carta.
En mi memoria, esta es ya la tercera ocasión en que un escritor soviético recibe el Premio Nobel. En dos de tres casos, hemos considerado la premiación como un "sucio juego político", pero en una ocasion como un justo reconocimiento del sobresaliente significado mundial de nuestra literatura. Si en su tiempo Sholokhov hubiera declinado el premio de las manos que se lo entregaron a Pasternak "por consideraciones de la guerra fría," hubiera entendido que ya no confíábamos en la objetividad y en la honestidad de los académicos suecos. Pero ahora resulta que selectivamente aceptamos el premio con gratitud y en ocasiones lo maldecimos. ¿Qué tal si la próxima vez premian al Camarada Kochetov? Por supuesto que tendría que ser aceptado. ¿Por qué, un día después de que se anuncia el premio a Solyenitsin, aparece en nuestros periódicos un extraño reportaje del corresponsal "X", como representante del secretariado del Sindicato de Escritores, para que todo el país (esto es, todos los académicos, todos los músicos, etc.), respalden activamente su expulsión del Sindicato? ¿Por qué Literaturnaya Gazeta selecciona de los numerosos periódicos occidentales solamente la opinión de los diarios americanos y suecos, rehuyendo los incomparablemente más populares medios comunistas como L'Humanité, Lettre Francaise y L'Unitá, por no hablar de los numerosos diarios no comunistas? Si consideramos a un tal crítico Bonosky, entonces debíamos considerar la opinión de escritores tan importantes como Böll, Aragon y Francois Mauriac. Recuerdo y quisiera recordarles cuánta tontería se publicaba en nuestros periódicos en 1948 sobre esos gigantes de nuestra música, Prokofiev y Shostakovich, que son ahora admirados. Por ejemplo:
"Los camaradas D. Shostakovich, S Prokofiev, V. Shebalin, N. Myaskovsky y otros--su música atonal y disarmónica es orgánicamente ajena al pueblo... trucos formalistas que surgen cuando hay una obvia ausencia de talento, pero mucha pretensión de innovar... rechazamos categóricamente la música de Shostakovich, Myaskovsky, Prokofiev. No hay armonía, no hay orden, no hay melodía."
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¿No nos habrá enseñado el tiempo a aproximarnos con cautela a la destrucción de gente talentosa? ¿A no hablar en nombre del pueblo? ¿A no obligar a la gente a expresar como sus opiniones sobre lo que no han siquiera leído o escuchado? Recuerdo con orgullo que no fui a la reunión de los personajes de la cultura en la Casa Central de los Trabajadores de la Cultura donde B. Pasternak fue humillado y donde se esperaba que dirigiera un discurso que me habían "comisionado" pronunciar, criticando "Doctor Zhivago", novela que no había leído entonces.
En 1948 había listas de obras prohibidas. Ahora se prefieren las prohibiciones orales, aludiendo al hecho de que "existe la opinión" de que la obra no es recomendable. Es imposible establecer dónde está esa opinión y de quién es. ¿Por qué, por ejemplo, se prohibió cantar a Galina Vishnevskaya (la esposa de Rostropovich), en su concierto de Moscú, en el brillante ciclo de Boris Tchaikovsky, con letras de Brodsky? ¿Por qué se ha obstruído tantas veces el ciclo de Shostakovich a la poesía de Sasha Chyorny? ¿Por qué se dificultó la representación de las sinfonías 13 y 14 de Shostakovich?
Otra vez, aparentemente, "había cierta opinión." ¿Quién fue el primero en tener esa "opinión" de que era necesario expulsar a Solyenitsin del Sindicato? No logro aclarar esta cuestión, a pesar de lo mucho que me interesa. ¿Realmente se atrevieron cinco mosqueteros a proponerlo sin basarse en una "opinión"seria? Aparentemente, esa "opinión" impidió también que mis conciudadanos vieran Andrei Rubiyov, la película de Tarkovsky, que hemos vendido al extranjero y que tuve el gusto de ver entre parisinos maravillados. Obviamente, fue alguna "opinión" lo que también impidió la publicación de Pabellón de cáncer de Solyenitsin, a pesar de que ya había pasado a la imprenta de Novy Mir. De haber sido publicado aquí, habría sido posible discutirlo ampliamente para beneficio del autor y de los lectores.
No hablo de asuntos políticos o económicos de nuestro país. Hay gente que conoce de estos asuntos mejor que yo. Pero explíquenme, por favor, ¿por qué es tan frecuente en nuestra literatura que personas absolutamente incompetentes en este campo tengan la última palabra? ¿Por qué tienen el derecho de desacreditar nuestro arte a los ojos de nuestro pueblo?
Si recuerdo el pasado no es para quejarme sino para que, en el futuro--digamos dentro de veinte años--no tengamos que enterrar, avergonzados, los periódicos de hoy. Toda persona debe tener el derecho de pensar sin miedo, independientemente, y expresar su opinión sobre lo que sabe, sobre lo que ha pensado o vivido, y no simplemente a repetir alguna leve variación la opinión que le ha sido inculcada. Llegaremos a la reconstrucción sin trampas y sin ser aleccionados.
Entiendo que, a partir de esta carta, habrá sin duda una "opinión" sobre mí, pero no la temo. Digo abiertamente lo que pienso. El talento del que estamos orgullosos, no debe ser sometido a los asaltos del pasado. Conozco buena parte de la obra de Solyenitsin. Me gusta. Creo que busca el bien, a través de su sufrimiento por escribir la verdad, como la ha visto. No encuentro razón alguna para esconder mi actitud hacia él, cuando se lanza una campaña en su contra.
Moscú, 31 de octubre de 1970.
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* Previsiblemente, ninguno de los cuatro periódicos publicó la carta. El New York Times la publicó el 16 de noviembre del mismo año. La apresurada traducción es de jshm