Sami Nair ve en Sarkozy el emblema del político "posmoderno." Su talento: "Haber comprendido que, en el fondo, un presidente moderno no gobierna, sino las apariencias, pues el poder está en otras manos (finanzas, bolsa, medios). Un presidente posmoderno, en suma. Es decir, alguien que manipula el poder en una época en la que casi nadie cree en nada; en la que los valores pueden invertirse sin que eso tenga la menor importancia; en la que los gritos de los oprimidos y los olvidados del progreso son hábilmente sofocados por la sobreinformación mediática; en la que la explicación de la vida política se reduce, en los boletines informativos televisados, a una serie de acontecimientos inconexos, de sucesos a veces escandalosos y a veces trágicos; en la que la capacidad de analizar la realidad, de comprenderla, de actuar sobre ella, está desapareciendo, porque la razón crítica está siendo progresivamente desvirtuada."
Pero en el mismo diario, unas páginas atrás, se lee:

Un llamado que parece un grito urgente fuera de Francia: "acabar con la impotencia de los poderes públicos."