José Antonio Aguilar Rivera es hoy uno de los expositores más lúcidos y exigentes de la historia de nuestras ideas políticas. En su recorrido por los debates institucionales del siglo XIX, en su examen de la vida intelectual mexicana en contraste con la de los Estados Unidos, en sus alegatos en contra de las persuasiones multiculturales, en su ficción sobre el viaje de Tocqueville a México, incluso en su recorrido de nuestras banquetas, ha esclarecido debates cruciales de nuestra vida pública. Lo ha hecho no solamente con rigor académico y elocuencia; también lo ha hecho con un apreciable beligerancia. José Antonio Aguilar ha emprendido un viaje por la historia y la filosofía política con ánimo de batalla: para dar pelea en el México de hoy en contra de las diversas seducciones antiliberales. Ha publicado recientemente dos obras importantes para entender el camino liberal y sus extravíos en México. Dos volúmenes que se complementan. El primero es un ensayo personal, delgado y penetrante sobre el liberalismo en México; el segundo, una compilación voluminosa de textos clásicos.
En el polemista leemos algo más que una cátedra sobre nuestra vida intelectual: encontramos a un combatiente. El primer impulso para pensar con seriedad la tradición liberal en México le vino a Aguilar Rivera con la rebelión zapatista. Un programa eminentemente antiliberal seducía a la opinión pública y a amplias franjas de la intelectualidad mexicana. Antiliberalismo profundo. Desde entonces, José Antonio Aguilar se ha dedicado a pensar críticamente la tradición liberal mexicana. Ha detectado la marginalidad, la superficialidad del argumento liberal en la práctica política y en las convicciones públicas. Aunque todo mundo se asumiera como liberal y rindiera tributo a su vocabulario, ser liberal en el México postrevolucionario era una rareza, casi una locura. Solo en la imaginación literaria había espacio para el liberalismo: en el terreno de las ideas políticas había fraseología liberal, no ideas.
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