Richard Dawkins piensa escribir un libro para niños el año que viene. La idea es atractiva: comunicar las maravillas del conocimiento científico pero también expresa una sospecha absurda: los libros de fantasía como peligrosos enemigos de la racionalidad. Dawkins pretende examinar si los cuentos de los sapos transformados en príncipes tienen un efecto pernicioso en la formación de un niño. Vale la misión de promover el ateísmo, de desenmascarar a los charlatanes del new age, pero lanzarse contra la imaginación es demasiado. Que la ciencia declare la guerra a la fe es una cosa. Otra que pretenda aniquilar la ficción.
En esto, francamente, me parece mucho más sensato el catolicismo de Chesterton que hilvana una brillante defensa de los cuentos de hadas como el necesario cultivo de la imaginación y una valiosa enseñanza ética:
“Si de verdad leen ustedes los cuentos de hadas, observarán que una idea los recorre de un extremo al otro: la idea de que la paz y la felicidad sólo pueden existir bajo una condición. Esta idea, que es el núcleo de la ética, es el núcleo de los cuentos infantiles. Toda la felicidad del país de las hadas pende de un hilo.” (…) “Sin duda es obvio que toda la ética debería enseñarse al son de esta cantinela del cuento de hadas: si uno viola la prohibición, pone en peligro todo lo demás.”
"Los cuentos de hadas," Correr tras el sombrero (y otros ensayos), El acantilado.
La fantasía, recuerda el ironista, nunca conduce a la locura. La razón del ajedrecista desemboca con frecuencia en el manicomio.