
Nacido en Londres en 1806, fue el hijo mayor de James Mill, discípulo de Jeremy Bentham, fundador del utilitarismo. En su hijo, James Mill experimentaba una fórmula para aprender bajo bases estrictamente racionales. A los tres años aprende griego, a los ocho aprende latín. A esa edad, según cuenta en su autobiografía, ha leído todo lo escrito por Herodoto, los diálogos de Platón. Cada día caminaba con su padre para narrarle sus lecturas de la jornada anterior. Desde los diez años, un entrenamiento severo en álgebra. Todo esto bajo la tutoría de su padre. A los doce años comenzó a estudiar rigurosamente Lógica. Éste fue el aprendizaje más importante que recuerda de su formación infantil.
My own consciousness and experience ultimately led me to appreciate quite as highly as he did, the value of an early practical familiarity with the school of logic. I know nothing, in my education to which I think myself more indebted for whatever capacity of thinking I have attained. The first intellectual operation in which I arrived at any proficiency, was dissecting a bad argument, and finding in what part the fallacy lay: and though whatever capacity of this sort I attained was due to the fact that it was an intellectual exercise in which I was most perseveringly drilled by my father, yet it is also true that the school of logic, and the mental habits acquired in studying it, were among the principal instruments of this drilling.[1]
Este experimento pedagógico que James Mill hacía con su propio hijo implicaba un claro aislamiento de las “influencias corruptoras” que existen en el mundo. Nada de religión, metafísica o poesía. Apenas un poquito de música. Su único deporte eran las caminatas reflexivas con su padre, no había días festivos para interrumpir la educación, ni tendría amigos de su edad. Sus compañías: los amigos famosos y brillantes de su padre: David Ricardo, David Hume, Jeremy Bentham, John Austin.
Con la lectura del Tratado de Legislación de Bentham, John Stuart Mill sintió, digamos, la unidad de la inteligencia: “Ya tenía opiniones; un credo, una doctrina, una filosofía; en uno de los mejores sentidos de la palabra, una religión.” Pero, cuenta el propio Mill, su aprecio por sí mismo no era muy alto. La dieta intelectual que le había dado su padre conformó una inteligencia excepcional y una emotividad subdesarrollada:
My state of mind was not humility, but neither was it arrogance. I never thought of saying to myself, I am, or I can do, so and so. I neither estimated myself highly nor lowly: I did not estimate myself at all.
Y de repente, después de algunos años de cierto optimismo filosófico, en donde las ideas utilitarias de Bentham constituían una agenda clara de reformismo, John Stuart Mill cae en una profunda depresión. Entonces se le nombraba con una hermosa palabra: melancolía. De pronto, a los 25 años y sumergido en esa profunda depresión, empieza a leer poesía y conoce a Harriet Taylor, una mujer un par de años menor que él. De inmediato se enamora profundamente de ella. No es sólo su belleza sino su genio, su inteligencia, su lucidez, lo que seduce a John Stuart Mill. Pero Harriet Taylor estaba casada. John Stuart Mill y Harriet Taylor tendrían una relación discreta pero constante durante los veinte años que ella estuvo casada. Con la muerte de su marido, Taylor y Mill, ya mayores, se casaron.
De la admiración de John Stuart Mill por su mujer hay muchas evidencias en su autobiografía. Por ejemplo, de su libro Sobre la libertad, Mill apunta la influencia definitiva de Harriet Taylor. La dedicatoria dice:
To the beloved and deplored memory of her who was the inspirer, and in part the author, of all that is best in my writings --the friend and wife whose exalted sense of truth and right was my strongest incitemet, and whose approbation was my chief reward --I dedicate this volume. Like all that I have written for many years, it belongs as much to her as to me; but the work as it stands has had in a very insufficient degree, the inestimable advantage of her revision; some of the most important portions, having been reserved for a more careful re-examination, which they are now never destined to receive. Were I but capable of interpreting to the world one half the great thoughts and noble feelings which are buried in her grave, I should be the medium of a greater benefit to it, than is ever likely to arise from anything that I can write, unprompted and unassisted by her all but unrivalled wisdom.
Esa obra en la que Mill asigna tan alta importancia a la influencia de su esposa es, sin duda, la más célebre de las obras del filósofo inglés. En la tesis principal del libro, es decir, la noción de que la igualación social y el poder de la opinión pública pueden amenazar la libertad individual, se oye el eco autobiográfico de quien vio limitada su libertad emotiva por las convenciones sociales y los dichos de la multitud.
Consideraciones sobre el gobierno representativo
Este ensayo publicado en 1861 es un tratado sobre las fórmulas del gobierno constitucional. Entre otras muchas cosas, la obra explora las posibles contradicciones entre el gobierno competente y el gobierno representativo: la voluntad popular y el talento político necesario para sostener un sistema democrático.
Mill, en primer lugar, advierte que el gobierno de una sociedad no es reductible a la opción del voluntarismo o la fatalidad. Con cierto eco maquiavélico, Mill escribe que los gobiernos deben ser hechos para los seres humanos tal y como son y como podrían ser en el futuro próximo.[2] La verdad efectiva de Maquiavelo pero también la verdad posible. Ello, desde luego, no lo coloca en una posición conservadora a lo Burke en donde la estructura constitucional es simplemente el reflejo de las tradiciones ancestrales de un pueblo, un legado que habrá de protegerse. La voluntad y la inteligencia tienen un espacio importante en el diseño constitucional, siempre y cuando se consideren esos datos de la historia y de la cultura. Como diría Tocqueville, la política es un juego entre la voluntad y la necesidad.
En ese espacio, la política adquiere un claro contenido ético. Ahí vuelve a separarse de sus mentores intelectuales. Para Bentham y para James Mill el punto de partida es la visión utilitaria del hombre según la cual todo ser humano tiene como propósito el maximizar su propio bienestar. La sociedad es, por lo tanto, esencialmente competitiva. La escasez coloca a los hombres en situación de lucha. En este escenario, las formas políticas pueden favorecer la satisfacción general de los intereses particulares o bien, obstruirla. La monarquía, por ejemplo, implicaría un monopolio político por medio del cual se generarían ventajas monopólicas para el rey sin que pudiesen maximizarse los intereses de la sociedad en su conjunto. La mecánica política que es necesaria para la felicidad del mayor número es, por el contrario, un sistema en el cual la sociedad pueda tomar las decisiones que mejor convengan a sus propios intereses. Escribe Bentham:
La democracia, pues, tiene como característica y como efecto el asegurar a sus miembros contra la opresión y la depredación a manos de los funcionarios a los que emplea para defenderla. (...) Todas las demás especies de gobierno tienen forzosamente como objeto y efecto primordiales, el mantener al pueblo, o los no funcionarios, en estado de total indefensión frente a los funcionarios que los gobiernan; los cuales, por su poder y por el uso que están dispuestos y pueden hacer de él, al ser los enemigos naturales del pueblo, tienen como objetivo el conseguir con facilidad, con certidumbre, con un alcance ilimitado y con impunidad, la depredación y la opresión ejercida por los gobernantes sobre sus gobernados.[3]
La democracia es valorada como un instrumento: vale porque sirve como protección de los individuos contra la posible opresión de un poder ajeno. No representa un valor en sí mismo sino, precisamente, un instrumento.
Esa visión instrumental de la política y de la democracia se quiebra en el pensamiento de John Stuart Mill: la democracia se convierte en un valor en sí, vinculado directamente con el crecimiento intelectual y moral de los individuos. Es cierto que para Mill hijo el poder despótico es ineficiente. Pero, independientemente de su eficiencia, el gobierno debe abrir espacios para el crecimiento personal de los ciudadanos. Aún si pudiéramos imaginar un cuerpo de sabios o un estadista excepcional que lograra administrar ejemplarmente los asuntos públicos, tal institución no sería deseable en tanto que, al expropiar la voz de los individuos, mina la base de la dignidad individual. David Held pone así la amenaza del poder absoluto según Mill:
Human power would be threatened by absolute power for without an opportunity to participate in the regulation of affairs in which one has interest, it is hard to discover one's own need and wants, arrive at tried-and-tested judgements and develop mental excellence of an intellectual, practical and moral kind. Active involvement in determining the conditions of one's existence is the prime mechanism for the cultivation of human reason and moral development. Social justice would be violated because people are better defenders of their own rights and interests than any nonelected 'representative' can be and is ever likely to be. The best safeguard against the disregarding of an individual's rights is when he or she is able to participate routinely in their articulation. Finally, when people are engaged in the resolution of problems affecting themselves or the whole collectivity, energies are unleashed which enhance the likelyhood of the creation of imaginative solutions and successful strategies. In short, participation in social and public life undercuts passivity and enhances general prosperity ‘in proportion to the amount and variety of the personal energies enlisted in promoting it.’[4]
Por todo ello su crítica al autoritarismo no es simplemente pragmática: es fundamentalmente moral: la democracia, el sistema representativo, constituye un valor en sí mismo. Es necesaria para una sociedad porque es indispensable que ésta esté compuesta por ciudadanos participativos, conocedores, que puedan discutir sobre los asuntos públicos y que puedan decidir así sus propios fines y sus propios medios para llegar a esos fines. Un gobierno representativo no es simplemente un instrumento para evitar la opresión, es el ámbito que hace posible el crecimiento de la individualidad ciudadana. Según Merquior, mientras James Mill prescribe la receta democrática como vacuna contra la opresión, John Stuart Mill, su hijo, la prescribe para maximizar la responsabilidad ciudadana.[5]
Es importante destacar la visión de la política que sostiene toda la construcción argumentativa de Mill. “Un gobierno, dice, debe ser juzgado por sus efectos en los hombres y en su efecto en las cosas; por lo que hace de los ciudadanos y lo que hace con ellos.”[6] El gobierno es considerado como una agencia de educación nacional. Las instituciones políticas, en consecuencia, no se podrán juzgar simplemente por su carácter protector sino por su capacidad para motivar el desarrollo personal de los ciudadanos. Según Stephen Holmes esto muestra el carácter positivo del constitucionalismo de John Stuart Mill. Las instituciones políticas no son mecanismos meramente protectores. Las estructuras del gobierno representativo tienen un potencial creativo, cultivan las condiciones de la dignidad y del conocimiento social.
En este sentido, Mill se aparta de la primera generación de pensadores utilitaristas que consideraban que la bondad del gobierno democrático era meramente defensiva: impedían la tiranía, colocaban barreras contra la opresión política. Mill, en cambio, veía en las instituciones liberales oxígeno ciudadano. El espacio de la política adquiere una dimensión esencialmente moral: permite al individuo participar en la cosa pública y, así, enaltecerse cívica e intelectualmente.
El gobierno representativo, de esta manera fomenta dos valores esenciales en Mill: la libertad individual y el conocimiento. Es el único sistema político que, simultáneamente hará de los ciudadanos personas más libres y más inteligentes. Para John Stuart Mill, concluiríamos, la democracia se convierte en un valor estimable en sí mismo. El paternalismo, así sea bondadoso, no puede eliminar su intrínseca indignidad y su irremediable ineficacia. La democracia es el espacio necesario para el cultivo de la libertad y la dignidad personal y, al mismo tiempo, es la condición necesaria para el desarrollo de la racionalidad. La democracia, como gobierno por discusión, es un sistema que permite, en el debate, alumbrar la verdad. Sin embargo, ese valor democrático puede entrar en colisión con otros valores y otros objetivos sociales. Una sociedad liberal tendrá que asegurar una libertad plena al individuo, un gobierno responsable y representativo y una administración eficaz e inteligente.
Resulta claro para John Stuart Mill el hecho de que la participación colectiva y las decisiones de la mayoría pueden entorpecer las labores del gobierno y dificultar la formación de un gobierno competente. Los riesgos existen. Mill, como todos los liberales de su generación, ve en la democracia algunas señales inquietantes: la tiranía de la mayoría que advirtiera Tocqueville y la incompetencia de los dirigentes populares, en la que se concentra Mill. Frente a estos peligros, Mill señala posibles vacunas institucionales: el voto como función, el sufragio múltiple, el voto público, la creación de una comisión legislativa de expertos que estableciera las normas que habría de ratificar el Parlamento, las garantías de representación de las minorías por medio de la representación proporcional, el voto múltiple y la ciudadanía restringida a quienes conocen el alfabeto. John Stuart Mill sentencia que, antes del sufragio universal, debe lograrse la alfabetización universal.
El autor de On Liberty considera que uno de los peligros más importantes del régimen democrático es la conformación de una mayoría social que practique lo que Tocqueville llamaba la tiranía de la mayoría. Las clases sociales, son una amenaza para el funcionamiento del sistema democrático. El gran peligro es la constitución de una mayoría sólida y coherente que rompa el equilibrio del sistema:
One of the greatest dangers, therefore, of democracy, as of all other forms of government lies in the sinister interest of the holders of power: it is the danger of class legislation; of government intended for (whether really effecting it or not) the immediate benefit of the dominant class, to the lasting detriment of the whole. And one of the most important questions demanding
consideration, in determining the best constitution of a representative government, is how to provide efficacious securities against this evil.[7]
El objetivo en el diseño constitucional es que ninguna clase ni ninguna combinación social pueda ejercer una influencia preponderante en el gobierno. Un sistema democrático debe constituirse de tal manera que impida que cualquiera de sus intereses sea tan poderoso que puede prevalecer contra la verdad y la justicia y en contra de los otros intereses. Debe haber tal balance que el éxito de los intereses de un grupo dependa de su alianza con otros.
Es por ello que propone establecer un sistema democrático basado en la representación proporcional. La mayoría de los electores deben tener la mayoría de la representación pero la minoría debe conservar la voz en el parlamento. Esa es una necesidad del gobierno democrático: la fiel representación de las minorías. Es igualmente necesario precisar la función del parlamento en una democracia liberal. Más que gobernar, el Parlamento debe observar y controlar al gobierno: debe arrojar luz a sus acciones, exigirle cuentas, censurarlo si es necesario. El Parlamento debe ser el “Congreso de las opiniones” de la nación: un espacio en donde se exprese no solamente la opinión general del país sino los de cada sector y, si es posible el de cada hombre de talento.
La idea de la democracia de John Stuart Mill se funda entonces en noción de ciudadanía que debe tomarse en cuenta. El ciudadano para Mill debe ser el hombre informado, libre, el individuo que participa en la cosa pública y que, a través de esa participación reafirma y moldea su propia personalidad. Si el ciudadano virtuoso para Maquiavelo es el hombre valiente, fuerte y decidido, para Mill el ciudadano debe ser el hombre educado, argumentativo y generoso. Para Maquiavelo el ciudadano es un soldado, para Mill un polemista.
Sobre la libertad 
El ensayo de John Stuart Mill, Sobre la libertad es uno de los más importantes textos en la historia del liberalismo. El librito que lo convierte en uno de los santones del liberalismo. Se publicó en 1859, año de la muerte de Tocqueville, “en medio de las fuerzas nuevas y triunfantes del nacionalismo e industrialismo que exaltaban el poder y la gloria de las grandes masas disciplinadas que estaban transformando el mundo en fábricas, campos de batalla o asambleas políticas.”[8] En esa apoteosis de la masa, la clase o la nación, Mill compone un pequeño gran libro sobre el individuo.
Mill acepta del utilitarismo la noción de que la bondad de las acciones está vinculada con la felicidad que promueve. Pero le imprime una nueva dirección. En primer lugar está desprovisto de su egoísmo original. En segundo lugar, se plantea una diferencia cualitativa entre los placeres. Por ello, más allá de la cantidad de placer es importante interrogarnos sobre su calidad. La libertad se convierte en un bien intrínseco. John Stuart Mill cuestiona la primera generación de pensadores utilitarios. “Es mejor ser una persona insatisfecha que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho.”[9]
Sobre la libertad
es, a fin de cuentas, un manifiesto sobre la individualidad. Realizar la individualidad significa el desarrollar todas las irrepetibles capacidades de cada hombre. Para que esta personalidad pueda desarrollarse es necesaria la libertad. El despotismo no solamente oprime sino que impide el desarrollo de la individualidad. La imposibilidad de desarrollar la personalidad propia no solamente genera la infelicidad del individuo sino que provoca el estancamiento de la sociedad. Esa es la razón del estancamiento de China; porque ha hecho a todos semejantes no hay energías novedosas para la renovación. El progreso de las ciencias supone el valor de la diferencia. Los hombres diferentes, los que Mill llama elogiosamente “genios” o “héroes” no solamente son más plenos sino que son también más útiles a la sociedad porque le abren nuevos caminos. Mill se separa de esta manera del canon utilitario.
Siguió creyendo que la felicidad era el único fin de la existencia humana; pero su idea de qué era lo que contribuía a ella fue radicalmente distinta a la de sus educadores, ya que lo que más llegó a valorar no fue ni la racionalidad ni la satisfacción, sino la diversidad, la plasticidad y la plenitud de vida, la chispa indescriptible del genio individual, la espontaneidad y la singularidad de un hombre, un grupo una civilización. Lo que más odiaba y temía era la mezquindad, la uniformidad, el efecto destructor de la persecución, la opresión de los individuos por el peso de la autoridad, la costumbre o la opinión pública.[10]
Al defender este valor Mill analiza la libertad de pensamiento. No existe ningún título legítimo para suprimir ninguna opinión. Ni siquiera la mayoría puede coartar las opiniones de la minoría. Las razones que esgrime son las siguientes: a) si la opinión de la mayoría es falsa y la de la minoría es verdadera, se estaría dañando a la humanidad al impedirle el acceso a la verdad; b) si la opinión general es la verdadera y la minoritaria es errónea, entonces estamos afirmando nuestra infalibilidad y estamos prohibiendo la discusión que puede reafirmar la verdad, y c) si, como sucede generalmente la verdad está entre la mayoría y la minoría, entonces eliminaríamos la posibilidad del debate que nos acerca a la verdad. La libertad nos acerca a la felicidad y a la verdad.
El objeto del ensayo de Mill es descubrir los límites de la fuerza pública frente al individuo, es decir, las limitaciones legítimas a la libertad. Concluye Mill:
El único propósito por el cual el poder puede legítimamente ejercerse sobre un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es el prevenir el daño a otros. Su propio bien, sea física o moral, no es una razón suficiente. No podrá ser justamente obligado a hacer o dejar de hacer algo porque sería mejor para él, porque lo haría más feliz, porque, según la opinión de otros, lo haría más sabio o sería incluso correcto. Estas son buenas razones para discutir con él, para razonar con él, para convencerlo pero no para forzarlo.[11]
Insiste Mill: “sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su mente, el individuo es soberano.”
Mill observa que las amenazas a la libertad no están exclusivamente en las decisiones del Estado sino en las acciones de la propia sociedad. Para construir un individuo pleno y libre no basta con levantar murallas jurídicas frente a la opresión de los magistrados, los policías y los parlamentos. Es necesario también poner límites a la intervención opresiva del vecino. Sobre la libertad es, de esta manera una crítica al poder de la opinión pública.
El Mill del Ensayo sobre la libertad es un hombre que no está tan preocupado por la posible opresión del magistrado, del funcionario público, como lo está por la opresión del chisme y el ostracismo social. El libro es una valiente y vigorosa defensa de la excentricidad, de la inconformidad y del individualismo, como señala Holmes. A fin de cuentas, como lo apuntó Sabine en su manual, lo que dice John Stuart Mill es que detrás de un gobierno liberal es necesario que exista una sociedad liberal.[12]
[1] John Stuart Mill, Autobiography
, Columbia University Press, Nueva York, 1944,
[2] John Stuart Mill, Considerations on Representative Government
, p. 273.
[3]Bentham en CB. Macpherson, La democracia liberal y su época, Alianza Editorial, p. 49.
[4] David Held, Models of Democracy
, Stanford University Press, p. 89
[5] J. G. Merquior, Liberalism Old and New, Twayne Publishers, Boston, 1991.
[6] John Stuart Mill, Considerations on Representative Government
, p. 210.
[7] Considerations, p. 275. Capítulo 6.
[8] Isaiah Berlin, “John Stuart Mill y los fines de la vida,” en Cuatro ensayos sobre la libertad, Madrid, Alianza Editorial, p. 245.
[9] John Stuart Mill, Utilitarianism, p. 10.
[10] Isaiah Berlin, el ensayo sobre Mill ya citado, p. 247-8
[11] John Stuart Mill, On Liberty
. P. 78. (Mi traducción).
[12] Sabine, obra citada, p. 515.
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