Charles-Louis de Secondat, quien sería el barón de Montesquieu, nació en enero de 1689 cerca de Burdeos. Llegó a ser miembro del parlamento de Burdeos (heredó el escaño de su tío), pero no parece que haya estado en buenos términos con sus colegas. Faltaba mucho, el trabajo le fastidiaba. Sus intereses eran realmente académicos, no políticos . Así se vinculó con la Academia provincial. Vivió un par de años en Inglaterra. Asistió a varias sesiones del Parlamento y se vinculó con los círculos políticos e intelectuales. Inglaterra cambió a Montesquieu.
Inglaterra le mostró que el estado de derecho y la libertad política eran posibilidades prácticas, abiertas de una forma u otra a todos los estados europeos. [1]
Las cartas persas es el primer libro relevante que escribió Montesquieu. Fue publicado en Amsterdam sin referencia a su autor. La novela está formada por una serie de cartas que intercambian dos persas que visitan Europa. El recurso literario permite a Montesquieu poner en boca de los persas opiniones audaces y extravagantes sobre Francia. El expediente es viejo. Hoy se usarían extraterrestres o personas de otros tiempos para cuestionar nuestras convenciones más profundas.
En 1734 publica las Consideraciones sobre la grandeza y decadencia de los romanos. Se trata de una exploración de filosofía histórica. Hay algún acercamiento con los Discursos de Maquiavelo. Ambos analizaron el arte de los romanos para gobernar y combatir. Pero si el florentino se concentró en los grandes hombres y estadistas, Montesquieu ponía atención en las instituciones. La diferencia más importante es, seguramente, el hecho de que el autor del Espíritu de las leyes no se acercaba con nostalgia al pasado de Roma. El veía en sus contemporáneos los ingleses el modelo a seguir. En esta obra plantea ya la combinación de elementos que estructuran el poder: instituciones y espíritu del pueblo.
Montesquieu puede ser ubicado como uno de los primeros sociólogos de la política. Su propósito fue hacer inteligibe la historia. Los accidentes interminables de la política están atados por causas subyacentes.[2] La fortuna no gobierna el mundo. Montesquieu es original en su proyecto de captar lo jurídico y lo político no en su esencia abstracta sino en sus múltiples relaciones con diversos aspectos de la realidad social. Hay causas generales que pueden ser morales o físicas que determinan el surgimiento y la caída de los reinados. Ese es el propósito intelectual del barón Montesquieu: presentar un orden inteligible de la vida política. En cierta forma fue el iniciador del vehículo conceptual que hoy llamamos “tipos ideales.” En su prefacio al Espíritu escribió:
Comencé a examinar a los hombres con la creencia de que la infinita variedad de sus leyes y costumbres no era únicamente un producto de sus caprichos. Formulé principios y luego vi que los casos particulares se ajustaban a ellos; la historia de todas las naciones no sería más que la consecuencia de tales principios y toda ley especial está ligada a otra, o depende de otra más general.
El espíritu de las leyes, la obra más importante de Montesquieu, es un libro que fue compuesto a lo largo de casi dos décadas. Un libro en el que trabajó toda su vida. “Todo su capital intelectual como juez, científico, novelista, historiador y viajero fue invertido en él.”[3] Fue publicado en 1748 en Ginebra. Se trata de un libro largo y disparejo. Un tratado que fue escrito con un ojo puesto en Aristóteles y otro puesto en la realidad. Un libro escrito por un hombre que hacía teoría política desde la sociología política. Siguiendo a Shklar, podemos decir que se trata de una obra que articula tres propósitos: filosóficos, históricos y polémicos. En términos filosóficos, su propósito es definir la estructura de la ley dentro de un esquema coherente e inteligible. En términos históricos, la obra pretende mostrar cómo los fenómenos políticos en el tiempo demuestran la “naturaleza de las cosas,” una de las expresiones favoritas de Montesquieu. Y finalmente se trataba de una doctrina eminentemente práctica: busca advertir a sus compatriotas los peligros del despotismo y las bondades del liberalismo. “La política del miedo permanece como su enemigo supremo.”
Como puede advertirse de la lectura de su obra, el liberalismo de Montesquieu es liberal desde el tono. Moderación intelectual, serenidad filosófica. Ajeno a los absolutos y los radicalismos, el autor de El espíritu de las leyes habló de la política con la ecuanimidad de la tolerancia.[4] No es un filósofo sistemático ni un pensador deductivo. Es más bien un aforista que de la observación brinca a la conclusión. En este sentido, es notable que se haya desprendido de la noción de soberanía sobre la cual discutían ardientemente los teóricos de su tiempo.
El enfoque sociológico de Montesquieu lo conduce a la observación de las particularidades climatológicas, territoriales y morales que acompañan las formas políticas. “El imperio del clima es el primero de todos los imperios,” apunta Montesquieu. Sin embargo, esa preocupación por la circunstancia no lo condujo a desechar de plano la noción de la ley natural. Esta es una de las nociones básicas de su obra. Las leyes, dice al principio de su tratado, significan “las relaciones necesarias que surgen de la naturaleza de las cosas.” Una fórmula sin duda vaga que no hace distingo entre la ley física y la ley social.
Montesquieu reformula la teoría de los tipos de gobierno. Cada uno de estos gobiernos está definido por su naturaleza y su principio. La naturaleza del gobierno es su forma: el número de individuos que ejercen soberanía. Montesquieu habla de repúblicas (el pueblo ejerce soberanía), monarquías (una persona gobierna mediante leyes) y despotismo (una persona gobierna sin ley). El principio de gobierno es el sentimiento que debe animar a los hombres en un tipo específico de gobierno para que éste funcione armónicamente.
De esta forma se concluye que la naturaleza del gobierno no depende meramente del número de personas sino, por decirlo de alguna manera, de las pasiones de la sociedad. Así, hay tres tipos de sentimientos que determinan la estabilidad de los gobiernos. La virtud de la república es el respeto a la ley, el amor a la sencillez y la igualdad y la dedicación del individuo al bienestar del grupo. El honor es el respeto que debe cada indidivuo por el rango que ocupa y es la virtud propia de las monarquías. Es un resorte que empuja a los hombres a conseguir favores y privilegios. El miedo es esa emoción subpolítica que afirma la estabilidad del despotismo. Apunta Montesquieu:
Si el príncipe que gobierna despóticamente se olvida un solo momento de levantar su brazo amenazador, si no puede destruir sin dilación a todos los grandes, todo está perdido, pues se habría roto el resorte del sistema de gobierno, el temor, y el pueblo ya no tendría protector alguno.
Estos principios gubernamentales integran el resto de las instituciones sociales de un tipo específico de régimen político de manera perfectamente coherente. La educación está vinculada a la justicia, la familia está ligada a la forma de gobierno, las costumbres se acoplan necesariamente con las leyes. De igual manera los principios políticos muestran la dinámica de los regímenes. Cuando aumenta la desigualdad en la república, ésta se ve amenazada; cuando desaparece la veneración por los nobles y los privilegiados puede entrar en crisis la aristocracia y si se desvanece el temor al déspota, el despotismo se disuelve.
La clasificación de las formas de gobierno que expone Montesquieu sería ordinaria si no hiciera tanto hincapié en el despotismo. La autocracia sin ley no es una mera posibilidad política. Se trata de la forma extrema de la corrupción política. Se vuelve así un poco la medida de todos los gobiernos. En el despotismo no existe ninguna posibilidad de controlar el poder. El castigo es la única expresión educativa, los miembros del estado son reducidos a bestias que buscan solamente su sobrevivencia. El miedo, como en Hobbes, es la fibra esencial de la política. Pero es una fibra que puede ser domesticada con la moderación de las formas políticas. La libertad es tranquilidad, es la certeza de que la propiedad y la vida no son caprichosamente vulnerables.
Los principios políticos de los que habla Montesquieu no son inermes sustancias morales. Se trata de mecanismos actuantes de la organización social. La virtud republicana, por ejemplo, supone un amor por la ley, la dedicación al grupo, el patriotismo. Pero tal virtud exige una estructura igualitaria. En contraste, el honor que sostiene la monarquía supone la aceptación gustosa de la desigualdad, la admiración por los superiores, el gusto por la formas de la corte.
La monarquía se basa en la desigualdad, la república en la igualdad. Pero ambas tienen un elemento en común: la moderación. Nadie gobierna de manera caprichosa o arbitraria. Hay ley. La tercera forma de gobierno, en cambio, es el gobierno desequilibrado.
De esta manera, concluye Raymond Aron, la contribución más importante de Montesquieu es apuntar las conexiones entre la forma de gobierno y el estilo de relaciones interpersonales. La vida social depende del gobierno, pero el gobierno depende también de la sociedad. Es así que se ata la realidad histórica, la circunstancia social, al régimen político.
Se escribe así la palabra eje de la obra de Montesquieu: circunstancia. Circunstancia moral y circunstancia física. No puede elaborarse una teoría política si se desconocen las condiciones culturales y climatológicas en las que se asienta el poder. Este es un espacio de necesidad. La geografía, la historia, el comercio definen la estrucura social y polítca. Los pueblos tienen su identidad. “Un inglés, un francés, un italiano: tres espíritus.”[5] Por la complejidad de esas particularidades, el legislador es un artista. No puede actuar nunca de manera dogmática, siguiendo la misma receta para casos distintos.
La circunstancia no es una cadena esclavizante pero sí un condicionante. Impone al legislador y al estadista una serie de restricciones para el diseño institucional. Conocer la naturaleza física es el primer paso para controlarla inteligentemente. Así podremos ser agentes de la política, no víctimas de la naturaleza. Dentro de esta estructura de circunstancia vale la pena detenerse en el análisis de Montesquieu de la cultura. Aunque la mayor parte de los estudios a la obra de Montesquieu se han concentrado en los condicionamientos físicos del orden político, el autor de El espíritu de las leyes presta mucho mayor atención a los condicionamientos socioculturales. Lo que hoy llamaríamos “cultura política” constituye una preocupación central en Montesquieu. El legislador debe atender las costumbres, los valores y las tradiciones de los pueblos. El gobierno moderado ha de considerar la “cultura política.”
El tiempo que Montesquieu pasó en Inglaterra le hizo acercarse a la libertad política moderna. En la isla encontró las bases para oponerse al despotismo con razones. Así, en el más famoso de sus escritos (el capítulo xi del Espíritu) señaló que la libertad inglesa se debía a la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial y el mecanismo de los pesos y contrapesos. La idea era vieja. Recordamos bien los señalamientos sobre el gobierno mixto de Polibio, una noción familiar en el pensamiento político medieval. Pero a fin de cuentas este esquema se ubicaba como una fórmula de estabilidad, no de libertad. Ese es el ingrediente que aporta Montesquieu.
John Locke pretendía limitar el poder monárquico. Sin embargo, señalaba que el ejecutivo habría de subordinarse al Parlamento. A la soberanía del monarca opuso la soberanía popular. En caso de que el monarca rompiera el pacto de confianza quedaba el recurso revolucionario. Montesquieu rechaza esta vía porque ignora la noción de soberanía. La idea de soberanía es un concepto que al sociólogo francés le es ajena. Montesquieu trataba de lograr un equilibrio de poderes como condición de la libertad política.
Cuando el poder legislativo y el poder ejecutivo se reúnen en la misma persona o el mismo cuerpo, no hay libertad; falta la confianza, porque puede temerse que el monarca o el Senado hagan leyes tiránicas y las ejecuten ellos tiránicamente.
No hay libertad si el poder de juzgar no está bien deslindado del poder legislativo y del poder ejecutivo. Si no está separado del poder legislativo, se podría disponer arbitrariamente de la libertad y la vida de los ciudadanos; como que el juez sería legislador. Si no está separado del poder ejecutivo, el juez podría tener la fuerza de un opresor.[6]
Montesquieu modifica la antigua teoría de las formas mixtas de gobierno para convertir la idea de la separación de los poderes en un “sistema de frenos y contrapesos jurídicos.”[7] La única vía para controlar el poder es oponerle otro poder en frente. Que el poder controle al poder es su divisa. La divisa del constitucionalismo.
Así se llega a concretar el objetivo de un régimen moderado.
La moderación es una forma política de la inteligencia, la capacidad de calcular correctamente la consecuencia social más probable de nuestras acciones y actuar en consecuencia. Porque el poder político ofrece toda las oportunidades y las tentaciones para expulsar nuestras inhibiciones, la moderación sólo puede ser instaurada mediante una serie de reglas y resticciones. Es, pues, una virtud pública en lugar de privada. (...) Sin restricciones institucionalmente impuestas, la política moderada no es siquiera imaginable.[8]
La institución más importante para la moderación de todo el régimen político es un sistema judicial sostenido por jueces imparciales y predecibles. Los protectores de la libertad.
La moderación del autor de El espíritu de las leyes es también conceptual. Montesquieu, observador, relativista, geógrafo, ha dejado un problema de lado: la legitimidad, las fuentes de justificación del poder.
En lugar de comenzar con el derecho que funda la libertad, comienza con el poder que la amenaza; en lugar de ponderar el origen del poder, pondera sus efectos. Es, sin duda, el primer autor que habla del poder como una cosa, separable en derecho y hecho de su origen y su finalidad, el hombre.[9]
Decíamos que Montesquieu no vuela dentro de las nubes teológicas de la soberanía. Estudia el poder, lo observa. No se preocupa por el fundamento del poder político, por la legitimidad o el surgimiento de la autoridad. Abre los ojos al poder y sus consecuencias. Y ello lo conduce a una sencilla afirmación. El poder es amenaza. Quien lo tiene podrá abusar de él. Así lo pone nuestro autor: “Es una experiencia eterna que todo hombre dotado de poder tiende a abusar de él.” A fin de cuentas, hasta el poder legítimo es una amenaza. Pero el poder no es, como lo veía Hobbes, una potencia física que le viene de la naturaleza. Se trata de un fenómeno institucional. Por ello el remedio ha de ser igualmente institucional: “Para evitar tal abuso, es necesario por la misma naturaleza de las cosas que el poder sea un límite al poder.”[10] Conclusión: “no hay libertad sin contrapoderes.”[11]
Hay un pasaje de las Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos que parece recordar un texto de Maquiavelo:
Cuando encontramos a todos en paz en un Estado que se llama una Repúbica, podemos estar seguros que ahí no existe libertad. Lo que llamamos unión en un cuerpo político es una cosa muy ambigua. La verdadera unión es una unión de armonía que hace que todos los grupos, por muy hostiles que sean entre sí, contribuyan al bien general de la sociedad, como las disonancias en la música contribuyen a la armonía del todo. Puede haber unión en un Estado en el que no vemos nada más que disenso, esto es, una armonía que produce felicidad, que por sí sola es la verdadera paz. Es como con los miembros del universo, atados eternamente por la acción de algunos y la reacción de otros.[12]
La legitimidad del conflicto
La moderación en el tono y en los conceptos significa también moderación de propuesta: no puede hablarse de un gobierno ideal válido para toda sociedad y todo momento histórico. El buen gobierno es aquel que está en sintonía con su circunstancia y ha logrado, por medio de un sólido armazón institucional, la moderación del poder. Tal civilización no puede levantarse facilmente. Los hombres se resignan con mucha frecuencia a la represión:
A pesar del amor de los hombres a la libertad y de su odio a la violencia, la mayor parte de los pueblos se han resignado al despotismo. Esta sumisión es fácil de comprender: para fundar un gobierno moderado es preciso combinar la fuerzas, ordenarlas, templarlas, ponerlas en acción; darles, por así decirlo, un contrapeso, un lastre que las equilibre para ponerlas en estado de resistir unas a otras. Es una obra maestra de la legislación que el azar produce rara vez, y que rara vez dirige la prudencia. El gobierno despótico, al contrario, salta a la vista, es simple, es uniforme en todas partes: como para establecerlo basta la pasión, cualquiera sirve para eso.[13]
[1] Judith N. Shklar, Montesquieu, Oxford University Press, 1987, p. 21.
[2] Me he basado para este apartado en Raymond Aron, Main Currents in Sociological Thought, Anchor Books.
[3] Shklar, p. 67.
[4] Manent, p. 53.
[5] Montesquieu, Pensamientos y fragmentos inéditos en Bernard Groethuysen, Filosofía de la Revolución Francesa, Fondo de Cultura Económica, p. 55.
[6] El espíritu de las leyes, Libro XI, cap. VI, p. 104.
[7] Sabine, p. 412.
[8] Shklar, p. 85.
[9] Manent, p. 55.
[10] El espíritu de las leyes ii, 4.
[11] Ehrard, ensayo citado, p. 70.
[12] Citado por Aron, p. 31.
[13] El espíritu de las leyes, Libro V, cap. xiv, p. 44

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Publicado por: pepa | 5 de octubre de 2010 en 13:43