Max Weber (1864-1920) puede ser un escritor oscuro. Su vida lo es también: un hombre con constantes disturbios psicológicos, depresivo, casado con una pariente suya y, según algunos biógrafos, con un muy evidente complejo de Edipo. Su amplísima bibliografía representa un reto de interpretación. Sus cartas revelan una caligrafía difícilmente descifrable. Es, sin embargo, una de las cumbres del pensamiento sociológico moderno. De él parte, en buena medida, la reformulación de la sociología luego del sacudimiento intelectual del marxismo.[1]
Roberto Michels, el autor de un clásico trabajo sobre las tendencias oligárquicas de los partidos políticos y hombre cercano a Weber, decía de él a un mes de su muerte:
Max Weber era una persona muy compleja: un hombre de ciencia estricta y exacta, un académico de la cabeza a los pies que amó la ciencia con la pasión de una joven novia, un economista político, especialista en derecho público, sociólogo, historiador de la religión, pero también un político práctico, organizador, y no menos poseido por una naturaleza verdaderamente demoníaca.
La inmensa producción de Weber puede acomodarse en cuatro categorías: 1) estudios metodológicos; 2) investigaciones históricas, 3) análisis de sociología de la religión y 4) estudios de sociología general. Es importante concentrarnos en primer lugar en sus textos sobre el método en las ciencias sociales. Max Weber se preocupa seriamente por estos asuntos. Atestigua lo que se ha dado en llamar la “batalla por el método” en Alemania. Los positivistas están convencidos de la posibilidad de construir una ciencia social equiparable en su exactitud y generalidad a las ciencias de la naturaleza. Los subjetivistas por el contrario, señalan que tal proyecto es imposible en tanto que las ciencias “culturales” no pueden alejarse de los valores y las significaciones personales. De alguna manera Max Weber trata de lograr una síntesis de estos dos polos. Las ciencias de la cultura no pueden asir la realidad tal cual es. El conocimiento del material cultural es siempre parcial de acuerdo a los intereses del espectador. Desde la formulación de la pregunta del sociólogo se aprecia la subjetividad irremovible en el trabajo intelectual.
El peso de la ciencia social está entonces, más en las preguntas que en las respuestas. Un sociólogo podrá escribir un libro documentado, riguroso, estricto y sin ningún tipo de error factual o metodológico. Podrá ser, sin embargo, un libro irrelevante por el tipo de pregunta que formula.
A pesar de los obstáculos irremontables de la parcialidad, las ciencias de la cultura pueden acceder a la generalidad y validez universal que les otorgue estatura científica. Conclusiones que podrían ser verificadas y contrastadas por otros. Las ciencias sociales tratarán de interpretar y comprender la vida social y de explicar las relaciones causales que se desarrollan en su interior. Todo conocimiento de la realidad cultural parte, pues, de un punto de vista. Igualmente, es importante renunciar a la pretensión de capturar mediante el conocimiento “la realidad total.” Se requiere siempre escoger ámbitos de reflexión, seleccionar problemas y fenómenos los cuales, sin duda, exhiben la parcialidad del observador. Las ciencias históricas parten de un procedimiento que expone la personalidad y la ubicación social del observador, sus referencias, la forma en que organiza su material.
El trabajo de conceptualización es el punto de partida. De ahí la importancia de la noción weberiana del tipo ideal. Explica Weber el sentido de esta construcción que permite el “ordenamiento conceptual de la realidad”:
Es una construcción conceptual que no es la realidad histórica, ni siquiera la “verdadera realidad.” (...) Tiene el significado de un concepto puramente limitativo a través del cual la situación o acción real es comparada y analizada mediante la explicación de algunos de sus componentes significativos.[2]
El tipo ideal no debe ser confundido con una prescripción moral, ni con una medida que promedia diversos acontecimientos, no es siquiera una abstracción. Puede haber un tipo ideal de Burdel de la misma manera que hay un tipo ideal de Catolicismo, dice Weber. La función del tipo ideal es puramente lógica: es un artificio conceptual que permite analizar fenómenos mediante la exposición de sus atributos en su máxima realización. Regreso la palabra a Weber
En su pureza conceptual, no se puede encontrar empíricamente en la realidad, es una utopía que plantea a la labor historiográfica la tarea de comprobar, en cada caso singular, en qué medida la realidad se acerca o se aleja de este cuadro ideal
Constituye éste un cuadro conceptual que no es la realidad histórica, al menos no la “verdadera” y que mucho menos está destinado a servir como esquema bajo el cual debiera subsumirse la realidad como especimen, sino que, en cambio, tiene el significado de concepto límite puramente ideal, respecto del cual la realidad es medida y comparada a fin de esclarecer determinados elementos significativos de su contenido empírico.[3]
Weber distingue las ciencias naturales de las culturales. En las ciencias de la naturaleza las leyes son importantes en la medida en que son universalmente válidas. Pero en las disciplinas históricas sucede exactamente lo contrario: las leyes más generales tienen menor contenido y, por lo tanto, son menos valiosas.
Mientras más abarca el término, más nos aleja de la riqueza de la realidad, puesto que, para incluir en él los elementos comunes del mayor número de fenómenos, debemos abstraer lo más posible y vaciarlo de contenido.
Las ciencias sociales son, por lo tanto, “eternamente jóvenes.” Su biografía es la construcción y disolución de aparatos conceptuales. La riqueza de estas disciplinas radica en la definición y redefinición de sus problemas.
De la misma manera en que el artificio del tipo ideal no revela la realidad, las relaciones de causalidad sociológica se expresan en términos de probabilidad. Por ello, de acuerdo a la sociología weberiana, no existe una cadena con un férreo sentido de determinación. Concibe las relaciones causales como parciales y probables. Parciales porque se entiende que un fragmento de la realidad hace probable cierta consecuencia en otro fragmento de la realidad. Probables porque no existe una certeza absoluta que la consecuencia se presentará.
Toda la obra de Max Weber es un largo diálogo con Karl Marx. Weber sentía una enorme admiración por el filósofo alemán. Pero la rigidez del marxismo le incomoda. Creía que había coronado la economía, que es un segmento del mundo social, como la clave única de ese universo. La filosofía marxista para Weber era enormemente sugerente pero, en el fondo, falsa porque era incompatible con el conocimiento propiamente científico y con la naturaleza de la existencia humana. Ello no niega, sin embargo, la posibilidad de releer la teoría marxista bajo coordenadas weberianas.
Por cierto, se cuenta que, luego de la Revolución Rusa, Weber discutía con el economista Schumpeter sobre su significado histórico. “Es un gran laboratorio de la historia,” argumentaba Schumpeter. Sí, responde Weber, un laboratorio lleno de cadáveres.
Para Weber, ya lo hemos visto, el Estado es una agrupación que debe entenderse a partir de los medios que usa, es decir, la violencia.
No es posible definir a una agrupación política a través de la indicación del fin de sus acciones como agrupación. (..) Por ello sólo se puede definir el carácter político de una agrupación solamente a través de los medios que son únicamente propios de ella, pero que sí son específicos e imprescindibles para su ser: la fuerza.
El Estado, en este sentido, se debe entender como estructura de dominación, como relación entre gobernantes y gobernados, como relación de poder. En el análisis de la dominación, definida por Weber como la “posibilidad de encontrar obediencia a un mandato o una orden de contenido determinado en unas personas determinadas,” pueden encontrarse tres motivos por los que el hombre acepta el sometimiento. Tres fuentes de la legitimidad.
La legitimidad tradicional se basa en la fe, en el carácter venerable de un poder ancestral. La persona obedece a quien manda de acuerdo a una larga tradición. La legitimidad carismática se funda en la devoción que se tiene a quien manda, debido a sus capacidades mágicas, a su heroismo o a su fuerza espiritual. Los ejemplos que da Weber de esta dominación son el héroe, el profeta y el demagogo. El hombre carismático genera discípulos. Finalmente, la legitimdad racional funda la obediencia política en el acatamiento de normas. Se obedecen mandatos, leyes, reglamentos, no a una persona en particular. El ejemplo más claro de esta forma de dominación es, según Weber, la dominación burocrática.
En los escritos de Weber es perceptible el constante impulso nacionalista. Por la grandeza de Alemania, por la restitución de su antigua gloria, no tendría duda, dijo Weber, de aliarme con cualquier poder en la Tierra, incluso con el mismo diablo; pero nunca me aliaría con el poder de la estupidez. Ello expone claramente que la pasión política de Weber estaba solamente mediada por su rigor intelectual. Por Alemania puede asociarse con los malos pero no con los tontos. En esta frase se muestran las tensiones psicológicas de Weber: el científico y el político. Lo jala la política activa pero lo detienen las dudas del sabio.
Escribe Wolfgang Mommsen en su libro sobre Weber y la política alemana:
A pesar de que su naturaleza volcánica lo empujaba hacia la política activa, no se sintió en casa en el campo táctico de la estrategia política diaria. Su capacidad de analizar críticamente los fenómenos políticos fue demasiado grande para concentrarlo en la angostura de lo inmediatamente practicable --una necesidad para el político activo. (...) No era un luchador tal que pudiera hacer que un objetivo excluyera los otros; su vocación real era la de un observador de la política, no un político activo que tendría que ver el asunto más inmediato como el más importante.[4]
El nacionalismo de Weber era instintivo. Era un deseo innato por encontrar un asidero de la fortaleza que nunca tuvo en su cuerpo y de la legitimidad que su padre nunca ganó. Y la idea de nación está vinculada estrechamente a la noción de poder. La nación no es una realidad meramente cultural. Se trata de una estructura política. Los suizos no conforman una verdadera nación, argumenta, porque han renunciado concientemente al poder. Al consagrar su neutralidad internacional han sellado la inexistencia de la nación. La idea de la política de Weber determina su concepción de la nación como una entidad de poder más que de cultura. La nación está en el trono, no en el tono.
Max Weber construye una idea de la democracia que rompe de alguna manera con la tradición iusnaturalista. Las condiciones de la sociedad moderna hacen absurda la noción de un sistema político basado en la noción de los derechos naturales y los viejos principios individualistas. En este terreno se enfrenta a la retórica democrática basada en nociones rusonianas. En una carta a Michels, por ejemplo, le pide que abandone de una vez por todas expresiones vacías como “voluntad del pueblo.” Si ante la democracia no hay escapatoria, como advirtió Tocqueville, es necesario levantarla sobre los piés del realismo. La ciencia --le dice a Michels en la misma carta-- no es una labor que distribuye luces y sombras. Aquí no hay justicia. Sólo hechos y causas.
Max Weber ve la política en términos de relaciones de poder. No hay rastros del culturalismo o moralismo a lo John Stuart Mill: el gobierno es una técnica, una máquina que procesa fuerza. De esta manera, debemos ver la democracia con otros ojos. No el espacio de la virtud ciudadana, no la arena protectora de los derechos naturales: la maquinaria necesaria para la proyección política de la fuerza nacional. Así, Weber acentúa la segunda mitad de la palabra democracia: cratos. Se trata de un sistema de gobierno, una estructura de poder. Por eso hay que combatir la democracia sin liderazgos. Si el valor supremo es la nación y ella requiere un poder firme, la democracia es el medio para alcanzarlo. La democracia parlamentaria no es, como intuía John Stuart Mill un obstáculo para el liderazgo, es, por el contrario, el caldo de cultivo de liderazgos compententes. El parlamento: escuela de liderazgos. Por ello admiraba a los parlamentarios ingleses. En el debate, en la oratoria, en la formación de coaliciones, en el combate legislativo había un gimnasio que hacía fuertes y ágiles a los políticos.
La política como vocación
La conferencia titulada “la política como vocación” fue pronunciada por Max Weber en la Universidad de Munich en el año de 1918. Advierte Weber que no se trata de una toma de partido por los asuntos quemantes del día. Se trata de una reflexión sobre la figura del hombre político.
En la conferencia Weber retoma su definición del Estado. El Estado no puede definirse sociológicamente en términos de sus fines. Difícilmente puede haber tarea que la asociación política estatal no haya tomado en sus manos. Sólo puede definirse al Estado haciendo referencia a los medios específicos que tiene en manos: la fuerza física. Define Weber:
Un Estado es una comunidad humana que (exitosamente) reclama para sí el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en un territorio determinado. (...) El Estado es considerado la única fuente del ‘derecho’ de usar violencia.[5]
Es una institución política porque supone una relación de dominación. La obediencia es parte central de su existencia. ¿Por qué obedecen los hombres? Porque existe algún criterio de legitimación. Así recupera Weber su tipología de las formas de dominación legítima que había expuesto en su Economía y sociedad. Dominación tradicional: la autoridad del ayer eterno; dominación carismática: la autoridad del personaje extraordinario; dominación racional: la autoridad de la ley y sus reglas. Se trata de tipos ideales: rara vez, por no decir nunca, se encuentran en la realidad en estado puro.
Weber se concentra en la dominación carismática, pues en ella se expresa la idea del llamado político. Debe distinguirse claramente ese llamado --palabra que sugiere un ingrediente religioso-- de la mera ocupación ocasional en la política. La vocación política puede expresarse de dos maneras: uno puede vivir para la política o bien uno puede vivir de la política.
El político no es un funcionario. Weber contrasta de manera enfática las inclinaciones del político y del burócrata. El político pelea, el burócrata administra con frialdad los asuntos públicos. De ahí su contraste entre el abogado y el servidor público. Si la política moderna se conduce esencialmente ante el público, es el abogado el profesional mejor preparado para valorar el peso de las palabras, si los intereses pesan tanto, es el abogado quien puede hacer técnicamente el mejor uso de los argumentos para defender un caso. Tomar posición apasionadamente es el elemento del lider político. La responsabilidad del burócrata es opuesta a la del político. El burócrata debe ejecutar el orden de sus autoridades superiores como si esas órdenes empataran justamente con sus convicciones profundas. Pero la responsabilidad del político, del estadista consiste justamente en la responsabilidad personal exclusiva de lo que hace, una responsabilidad que no se puede rebotar a otra instancia. La contraposición entre burócrata y político se clarísima: el servidor público debe ser un mal político, debe ser, en el fondo, un político irresponsable. Lo que es virtud en el funcionario es vicio en el político.
El espacio de la política moderna exige organización. Y la organización es necesariamente controlada por hombres interesados en la cosa política. Esto implica la división de los ciudadanos en los políticamente activos y los políticamente pasivos.
Solamente hay una opción entre la democracia de liderazgo con una maquinaria y una democracia sin liderazgo, es decir, el gobierno de los políticos profesionales sin un llamado, sin las cualidades carismáticas interiores que hacen un lider.
En su conferencia, Weber resalta tres cualidades del hombre político: pasión, responsabilidad y proporción. La pasión es la devoción a una causa. No es la excitación estéril. La pasión en sí misma es vana. Por ello requiere proporción. Esa es “la cualidad psicológica determinante” en un político. Le da calma y concentración, lo distancia prudentemente de las cosas y los hombres. La política se hace con la cabeza, pero no con la cabeza solamente.
El conferencista ataca entonces lo que ha sido considerado como la médula de su argumento en este texto: la relación entre ética y política. La política, insiste, se centra en los instrumentos de su acción: la violencia. La intención del político es simplemente irrelevante. Se contrasta aquí la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.
En los agitados tiempos que vive Weber, la pregunta medular regresa: ¿tienen algo que ver la política y la ética? El sociólogo rechaza la existencia de una ética absoluta que tuviera que aplicarse a la política como a cualquier otro espacio de la vida social. Pero al mismo tiempo expone que la política no pertenece a un territorio de indiferencia moral. Precisamente por la sustancia que conforma lo político, esto es, la fuerza, es indispensable una sólida orientación ética. Frente a la ética de los fines últimos se levanta la ética de la responsabilidad, la ética política.
La ética del Sermón de la Montaña, argumenta Weber, es cosa seria. Es una moral del todo o nada. Sus mandatos son incondicionales. El deber de la verdad, por ejemplo, simboliza esta rigidez. Nunca se puede justificar la mentira en esta moralidad de fines últimos. El cristiano que sigue esta ética se basa por el siguiente aserto: “El cristiano actúa bien y deja los resultados a Dios.” Quien se mueve dentro de la órbita de la ética basada en las convicciones es movido por la persecución de determinados valores que no aceptan condición; se le exige , en consecuencia, que actúe sin considerar las ventajas o desventajas que le puedan ocasionar o, incluso, independientemente de las consecuencias sociales de sus actos. La ética de la convicción justificaría el autosacrificio: sólo le importa la “llama de las convicciones puras.”
Pero un político debe medirse por otro rasero. La ética de la responsabilidad mueve al actor a evaluar las consecuencias queridas y también las consecuencias no queridas de sus actos. Un político tiene un compromiso que va más allá de sus convicciones y sus intenciones. Ha de ver la consecuencia de sus actos. En política del bien no siempre sale el bien, el mal no reproduce necesariamente el mal. Quien decide involucrarse en la política debe darse cuenta de estas paradojas éticas. Debe saber que es responsable de lo que pueda suceder por sus decisiones. El político, a fin de cuentas, se involucra con lo que llama “las fuerzas diabólicas” involucradas en toda forma de violencia. Sumergirse en la política es hacer un pacto con el diablo.
[1] Acaba de ser publicada en español una biografía importantísima del sociólogo alemán escrita por su esposa: Marianne Weber, Biografía de Max Weber, México, Fondo de Cultura Económica, 1995.
[2] Max Weber, The Methodology of Social Sciences, p. 93.
[3] Weber, citado por Luis F. Aguilar Villanueva. Weber: la idea de ciencia social. Volumen Segundo, La innovación, Miguel Angel Porrúa, 1989.
[4] Wolfgang J. Mommsen, Max Weber and German Politics. 1890-1920, Chicago University Press, p. 417.
[5] "Politics as a Vocation, en Gerth y Mills, ed., From Max Weber. Essays in Sociology. Nueva York, Oxford University Press, 1946.
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